Textitlán: un triple salto mortal

Por Jonás “Eveready” Dominguez.

No se trata de un colectivo. Acaso sea un trío de escritores (muy) disímiles entre sí, con obra publicada en diferentes editoriales pero con la intrepidez de presentar un libro/texto fuera de toda convención. De allí su invitación a ‘Textitlán’, la nueva colección de librosampleados dedicada a las letras mexicanas.

‘Textitlán’ no busca remitir a la toponimia náhuatl, en su sentido geográfico ni literal. Su significado en este caso sería más literario, referente a un giro lingüístico que equivaldría a “Aquí en el lugar del texto”. O mejor dicho, al territorio de escrituras. El lanzamiento se anuncia con una triada singular: Alfredo Lèal, Luis Bugarini y César Cortés Vega.

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Lèal ha publicado alrededor de cinco libros de narrativa (novela y cuento). Se define a sí mismo como “un proletario de las letras” impulsado por “el odio y la lucha de clases; aunque mi literatura, a veces, me contradiga“. Para Textitlán entregó La vida escondida aún, del que dice: “Me gusta definirlo como una novela sobre la situación de la escritura en general (libros, modos de producción y recepción, teoría y crítica literaria incluso) y la situación de mi escritura en particular (mis libros, mis obstáculos al escribir y mis proyectos, mis conceptos y categorías). La novela se estructura a partir del diálogo con tres autores, cuyas citas están en el corpus del relato, a manera de capítulos, como lo hace Sylvie Germain en Magnus al dialogar con Rulfo. Estos tres autores son: Romain Gary, Salvador Elizondo y Ricardo Piglia. Hay tres personajes: ‘Ernesto Adriano’, ‘Luisa Emilia Rossi Aranda‘ y ‘Alfredo Lèal’. Traté de hacer un balance entre la parodia de la escritura retacera y la dialéctica de la inter y la intratextualidad“.

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Bugarini, por su parte, conocido como crítico puntual a la vez que un escritor multifacético, asegura que su escritura está impulsada principalmente por la curiosidad: “Escribir es una manera de explicarme lo que sucede a mi alrededor. O de volverlo un enigma“, comparte. En ‘Textitlán’ aparece su undécimo libro, de carácter conceptual, el cual se caracteriza por la hibridación de narrativa, ensayo y poesía a través “de un registro libre de emociones“, el cual se logró, dice, “a partir de acciones a realizar para tantear una posible refundación en el uso del tiempo, lejos de la imposición que intenta obligarnos a darle una ‘utilidad’. El editor se refirió a este registro como ‘narracciones’ y me parece ajustado. Al escribirlo, igualmente pensé en el action painting de Jackson Pollock, llevado al formato breve“, afirma.

Más identificado como ensayista, poeta y productor visual, César Cortés Vega también es editor de revistas y narrador. Para él, escribir es “dudar con certeza“. En ‘Textitlán’ aparece su tercera novela Tanuki y las ranas. Cuenta que su construcción tuvo como detonante “una video-instalación real llamada La convocatoria, de la artista mexicana Laura Castro, que consistía en solicitar sexo mediante una serie de cláusulas que invitaban a hombres a tener relaciones con ella, bajo el argumento de que sería sometida a una operación en la cadera, lo cual le impediría volver a practicar ciertas posiciones. Cuando finalmente la cita se concertaba, ella lo que hacía era entrevistarles“. El resultado fue expuesto en la VII Bienal Monterrey-FEMSA en el 2005. “A mi me llegó la invitación, así que aparezco en aquel video“, confiesa. Y aunque la trama del libro no tiene nada qué ver con lo que en realidad sucedió, Cortés Vega asegura que, en aquel momento “atravesaba un momento delirante en mis relaciones, aquello me hizo darle vueltas al tema de los límites del deseo como regulación del carácter, y a sus extremos en la animalidad no moral que opera mediante pulsiones e instinto”. En esta breve “novela residual” hay vertidas también otras obsesiones del autor, “como la referencia al antiguo y hoy desaparecido Hotel de México que yo alcancé a ver en mi infancia como un esqueleto omnipresente y sin sentido, los territorios relacionales en el arte, o los comportamientos acéfalos como contraparte de la razón“, aclara.

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Previo a la presentación de los tres libros en el marco de la XVI FIL Zócalo, la tarde del próximo 19 de octubre en el Foro Luis Cardoza y Aragón, los tres narradores contestaron vía electrónica a SuplementodeLibros un cuestionario en torno a su escritura en el contexto actual:

¿Qué significa para Uds. escribir en/desde México?
Lèal: Piglia dice que escribir desde Argentina es escribir desde la periferia del mundo. Lo dice porque en Argentina no hubo una colonización como acá. Escribir en México es escribir desde la periferia de la periferia del mundo.
César Cortés Vega: Hoy México es una fantasía; por eso puede ser un buen lugar para escribir. Imagino a esto que todavía llamamos país como un sistema de referencias que establecen islotes ‘mexicanos’ de sentido, más allá de la política fraudulenta que ha simulado a duras penas una nacionalidad que se desbarata día a día. Creo que en realidad lo nuestro es un acto de prestidigitación a-lógico, un ‘postmexicanismo’ desde el cual somos capaces de recordar con nostalgia algo que raras veces —si no es que nunca—, tuvo lugar. Porque lo que termina por explicar mejor un territorio es declarando lo que éste ‘no es’. O aquello que en él está en constante desplazamiento, y que a toda institución se le escapa. Por eso creo que sólo se puede escribir desde la idea de un país como México, partiendo de lo que le sobra a su conformación estatal, y que en realidad determinará a la vez lo que se ha dejado afuera de su ‘versión’. Creo que la mejor manera de defender un pedazo de tierra es cuando eres capaz de apoyarte en las minucias entrañables que ocurren en su opacidad. En todo caso, si le debemos respeto a una familia de escritores nacionales, por ejemplo, es gracias a aquello que realizaron como lectores de nuestra tragicomedia inacabada. Porque ninguna literatura ‘nacional’ puede conformar un todo que integre una diversidad desbordante. Y es que la literatura se hace en la disidencia de sentido. Por eso hay un trabajo político no directo en la labor de ficcionalizar la realidad, que tiene que ver con la búsqueda de significantes que confronten significados ya establecidos. Por ejemplo, afrontar las contradicciones cuando se usa una palabra que va más allá de su definición inmediata, implica escribir para un futuro incierto que tiene como horizonte la muerte de lo ya conocido. Quizás, incluso, la mutación de un lugar que a duras penas estamos pudiendo defender.
Bugarini: Nada, especialmente. Nunca pienso en un lugar específico para la escritura, sino en el espacio que se genera a partir de ella. Los pliegues que se forman me interesan más que México, mismo que entrego al historiador y al sociólogo. Ahora bien, es una realidad colectiva que existe y me alimenta en un sentido fenomenológico aunque no deriva en una preocupación determinante.

Queda claro que, entonces, Uds. prefieren la literatura o la ficción sobre la realidad…
Bugarini: Prefiero la ficción. No me entiendo bien con la realidad. Me abruma. Nos repelemos. Sucede lejos de mí. No la entiendo. Las palabras me dan el refugio que se pierde en la infancia.
Cortés Vega: Prefiero los territorios de la ficción, en tanto en ellos se negocia lo que pronto podrá ser nombrado como realidad. Y más aún, prefiero en tanto sea posible hacerlo, romper el cerco que limita lo no aprobado como realidad, utilizando las herramientas que en una cierta autonomía creativa se puede realizar desde el arte, para hacer que aquello a lo que se le llama literatura, pueda abandonar su espacio de mera representación, quizá para convertirse en algo más.
Lèal: Prefiero el punto en donde ambas se encuentran, copulan, se alejan y, luego, se cobran pensión alimenticia recíprocamente.

¿Consideran que las nuevas tecnologías cambian realmente la escritura?
Bugarini: Me parece indudable. Cambian los hábitos de lectura y de escritura. El lector actual se relaciona de una manera específica con el lenguaje. Opta por el lenguaje funcional, tiene poco tiempo y menos paciencia aún. Por otra parte, la televisión ha ganado el control de las historias de largo aliento. Una serie de televisión se digiere mejor que una novela de mil 200 páginas, que ya nadie leería, por lo demás, a menos que fuera académico y su labor fuera leerla. En el momento actual nadie leería el neobarroco cubano, por ejemplo. Lezama Lima encaja menos que Pascal Quignard.
César Cortés Vega: Claro. La escritura es, por supuesto, una tecnología. Sin embargo no se trata del mismo tipo de tecnología que la actual. En el desarrollo de la tecnociencia moderna hay una obsesión por hacer de la realidad abstracta de los conceptos, algo reproducible en lo material. Lo que la filosofía llama ‘hipóstasis’. De esta manera las herramientas contemporáneas modifican el sentido anterior de la noción de técnica, que no había aún desvinculado los ‘qués’, de la naturaleza de los ‘porqués’ y los ‘paraqués’ en su hacer. El problema está entonces en los valores éticos de distintas latitudes, a los cuales se les está forzando para que se unifiquen según conceptos centrales como el de literatura, sobre todo pensada para el mercado. Pero imaginar que la escritura es mera técnica a reproducir según cánones de otras épocas que validen lo presente, es cometer el mismo error de instrumentalización formal que ocurre hoy con la tecnología. Porque las mediaciones entre personas mutan según la época, lo que por supuesto afecta también la percepción del espacio y el tiempo, conceptos esenciales para la ficción.
Lèal: Creo que sí, aunque no exactamente el proceso de escritura como tal sino más bien el otro extremo: la recepción. Hace diez años, por ejemplo, hubiera sido impensable un premio como el de Amazon para “autores indie”, sencillamente porque las plataformas que había para leer los blogs (que es lo que escribíamos en ese momento) aún eran domésticas. Al pasar al formato móvil, en cualquiera de sus variables, los textos pasaron a sumarse a otros modos de entretenimiento o alienación, una forma “culta” del juego de video. Por supuesto que eso ha modificado lo que se escribe y, sobre todo, lo que se publica. Más de una vez me negué al hecho de publicar un libro sólo en formato electrónico y lo seguiré haciendo, pero no sé por cuánto tiempo más podamos contar con que haya editoriales que publiquen libros de papel.