Palabras sin tamaño. Distribución y reconocimiento literario de la nueva narrativa mexicana

Por Miguel Ángel Hernández Acosta y Nahum Torres.

A un año de que la Ciudad de México fuese invitada de honor en la Feria del Libro de Buenos Aires (y a ocho meses de publicarse la antología Palabras mayores. Nueva narrativa mexicana, más conocida como ‘México 20’) es notoria la ausencia de literatura ya no sólo capitalina, sino mexicana en la FILBs. En librerías bonarenses se puede encontrar alguna novedad singular, pero básicamente la literatura mexicana contemporánea está representada de manera internacional por un quinteto: Alberto Chimal, Yuri Herrera, Valeria Luiselli, Guadalupe Nettel y Antonio Ortuño.

Si ampliamos el mapa y nos extendemos por Sudamérica, en librerías argentinas, uruguayas y colombianas pueden descubrise a bote pronto algunos títulos de autores mexicanos: en la librería Homo Sapiens, de Rosario, se localiza a Ortuño y Nettel. En Más Puro Verso, en Ciudad Vieja de Montevideo, es identificable la trilogía de Yuri Herrera vía Periférica. El dueño de esta formidable librería refiere que Eduardo A. Parra es su narrador mexicano favorito -en Uruguay ha sido publicado por el sello Trilce-, de quien prefiere Nadie los vio salir (2001). Al llegar a Eterna Cadencia destaca en la vitrina One Hit Wonder, de Joselo Rangel, highlight en Zona Futuro, el espacio de nuevas tendencias de la 42ª FILBs. Por su parte, en algunas librerías de Bogotá se encuentran ejemplares de Carlos Fuentes y Octavio Paz, mientras en la representación colombiana del Fondo de Cultura Económica dentro de la amplia sección dedicada a la crónica se ubica Aquí no es Miami, de Fernanda Melchor.

Los anteriores ejemplos, ¿qué dicen de la literatura mexicana? ¿Son éstos los autores más representativos de nuestra narrativa actual? Los escritores que han propuesta listas de los mejores narradores, ¿estarían de acuerdo con esta síntesis bastante somera? Creemos que no, pero este hecho nos habla de un fenómeno que tiene que ver con la distribución continental de literatura mexicana (acorde al comercio formal) y su posibilidad de lectura en el extranjero.

Mercado editorial y reconocimiento literario
El presente texto no apunta a establecer quiénes son los autores mexicanos contemporáneos más destacados, sino a perfilar una serie de factores y conexiones que han creado un gusto literario permeado por cuestiones mercadológicas, de contexto social y que, al igual que en otras épocas, son las que terminan influyendo en la creación de un canon literario. Además, busca apuntar hechos para presentar de forma menos reduccionista la complejidad del espacio público/literario en donde se inscriben nuestros narradores. ¿En qué sentido? A partir de cuestionamientos sobre qué y cómo estamos leyendo a estos autores. Por ejemplo, de la lista antes enunciada, destaca que Ortuño y Nettel han sido publicados por la editorial española Anagrama; Herrera, por su parte, obtuvo su reconocimiento internacional a partir de publicar en la editorial española Periférica. Ambas casas editoriales tienen distribución en Hispanoamérica y al igual que ocurre en México, influyen en el gusto literario al considerárseles editoriales con un buen catálogo de publicaciones. Pero, ¿es España un factor importante para influir en el gusto literario de Latinoamérica y de México? Un dato al respecto puede dar luces. En 2009 la industria editorial española facturaba la mayor parte de sus ganancias en nuestro país, lo que significa que una gran cantidad de lectores mexicanos tenían acceso a esos libros y los estaban comprando/leyendo (60% del catálogo de distribución en México era de importación).

A ello habrá de agregarse que gran parte de las reseñas, críticas y comentarios en suplementos culturales son precisamente sobre libros editados en estas editoriales o en alguno de los otros grandes corporativos editoriales: Planeta, Santillana y Random House Mondadori. De estos grupos, preguntemos al azar, ¿últimamente ha comprado un libro de alguno de estos sellos: Ariel, Destino, Diana, Emecé, Joaquín Mortiz, Espasa Calpe, Aguilar, Alfaguara, Seix-Barral, Taurus, Alianza, Cátedra, Siruela, Círculo de Lectores, Sudamericana, Plaza & Janés, Mondadori (hoy Literatura Random House), Debolsillo? Si su respuesta es afirmativa, su compra/lectura probablemente tuvo como detonante la exposición del libro en una mesa de novedades; a que escuchó o leyó un comentario en radio, prensa, internet o tele, o a que vio un anuncio espectacular donde se le promovía.

Pero, ¿dos meses después aún era viable encontrar un anuncio sobre ese título, seguía en las mesas de novedades, se hablaba de él en los suplementos literarios? No, porque los grandes corporativos apuestan a una promoción rápida de sus ejemplares y a tirajes mayores que ponen frente al lector sólo por un tiempo reducido. La idea es acercar a lectores ocasionales por medio de un sistema de publicidad en donde el autor se promociona de forma exhaustiva un par de semanas en los diferentes medios a los que puede tener acceso.

Una forma de contrastar esta idea sería preguntando cuántas personas ajenas al autor llegan a una presentación editorial. De ese total, ¿la editorial logra “buenas ventas” tras la presentación del título? ¿Qué tanto del porcentaje de ventas se consigue de forma directa: editorial-lector? Muy poca. Debe considerarse al respecto que en México sólo 10% del mercado editorial no tiene como objetivo el sistema educativo y que, de ese porcentaje, la mitad son libros de autoayuda, superación personal y espiritualidad. Es decir, de 100 libros que se compran en México, 90 tienen como fin una cuestión escolar, y sólo cinco son comprados por lectores que llegan a ellos por el sistema de promoción editorial: mercadotecnia, reseñas y comentarios, entre otros modos. A ese porcentaje de población habría que reducirlo al que está interesado a acercarse a un autor aún sin la promoción de una gran editorial. ¿Quién es ese lector y qué lee?

Es común la creencia de que los propios escritores son los primolectores de las obras de sus contemporáneos: “internet ha permitido que nos conozcamos unos a otros”, sentenció Pablo Raphael en La fábrica del lenguaje, S. A., pero después de que se conocen, de que probablemente se leen, qué tanto se promueven entre ellos.

El reconocimiento vía España
¿Qué tan importante es que exista un aval previo para contemplar a un autor como parte de lo más destacado de una promoción? Eduardo Rabasa, cofundador de la editorial Sexto Piso, señaló en el Congreso Internacional del Mundo del Libro que “la gran mayoría de los autores mexicanos importantes o con alguna trayectoria son representados por agencias editoriales españolas y muchas veces son publicados por editoriales de ese país. Entonces, al parecer, los autores mexicanos tienen que pasar por el filtro de una agencia o una editorial española para llegar, para volver a México”.

Como se mostró anteriormente, este filtro también ocurre en cuanto a su distribución continental. No necesariamente porque España les otorgue estatus, sino porque permite que sus obras se distribuyan (cosa que no ocurre con las pequeñas o las llamadas editoriales independientes mexicanas).

De esta manera, la publicación en una editorial española permite que el autor mexicano sea vendido en muchas más partes, pero también que los medios habituales de difusión de un libro hablen sobre él. La sola marca que representa un sello como Anagrama, Mondadori o Alfaguara da notoriedad a sus autores por encima de otros que publican en editoriales con menor interés o recursos para su promoción. Esto no significa que la calidad de la obra sea mayor o menor, sino que puede llegar a un mayor número de lectores y éstos hacer eco de la obra. ¿Cómo constatar este fenómeno? Una forma sería recurriendo a las listas de libros más vendidos o a las listas de los mejores narradores.

En 2009, Jaime Mesa listó a autores setenteros que él consideraba destacados (su lista es una de las pocas publicadas en medios tradicionales; otras más se han hecho en Facebook o Twitter, pero han desparecido por la misma dinámica de su plataforma). Cuatro de esos escritores habían publicado en Joaquín Mortiz y otros cuatro en Tusquets; dos en Alfaguara y dos más en Anagrama, y uno en Random House-Mondadori, uno en Sudamericana/Random House-Mondadori, uno en ERA, uno en Fondo de Cultura Económica, uno en Sudamericana y uno en Sexto Piso. Los tres restantes habían publicado dos en el Fondo Editorial Tierra Adentro (Federico Vite, conocido en ese momento por una novela escrita al amparo de la Fundación para las Letras Mexicanas y en la que se mofaba de Octavio Paz, y Geney Beltrán, renombrado crítico) y uno en Arlequín-UdeG-Conaculta (Mariño González, quien un año antes había sido seleccionado por Diego Trelles Paz como uno de los representantes mexicanos en la antología virtual El futuro no es nuestro. Narradores de Latinoamérica).

En 2016, en su lista de 21 autores para continuar el siglo XXI, mencionaba tres libros publicados en el Fondo Editorial Tierra Adentro (dos de ellos reditados: uno en Periférica y otro en Sexto Piso) y uno más publicado por 27 Editores/UANL. El resto eran libros de casas editoriales comerciales o pertenecientes a grandes corporativos.
Ahora bien, en cuanto a las listas de libros más vendidos, en las librerías del Fondo de Cultura Económica no aparece ningún autor setentero en 2015, y esa tendencia se mantuvo, según la librería El Sótano, para septiembre de 2016.

¿Qué indica lo anterior? Que el gusto literario que impera al revisar a estos autores está circunscrito a libros de editoriales comerciales, que tienen detrás un equipo de marketing y cuya relevancia depende de estar presentes de forma destacada en librerías al ser novedades editoriales, además de que se cuelan a los medios de comunicación vía relacionistas públicas de las editoriales. ¿Es esto un problema? No si se entiende que es parte de un campo literario en desarrollo, donde algunos autores empiezan a despegarse del resto y cuya obra permanece visible de forma más amplia. Sin embargo, este fenómeno crea una falsa idea cuando se asume que esta visibilidad y exposición está relacionada directamente con la calidad de sus autores.

Un autor como Bernardo Fernández BEF es conocido en España, pero en México se le menciona como alguien que recurrió a la literatura comercial para sobrevivir (véase el artículo “La generación Z”, de Alberto Chimal). Antonio Ortuño, uno de los autores más mencionados como vanguardia entre los setenteros, no ha publicado libros en editoriales independientes. Yuri Herrera, publicó Trabajos del reino, en Tierra Adentro en el primer lustro del siglo XXI, pero la novela adquirió notoriedad entre los lectores tras su reedición en España, en 2008.

La visibilidad del escritor
Por el otro lado, ¿cuántos autores setenteros cuentan con muchos libros publicados en editoriales independientes o no comerciales y aún no dan el salto al plano nacional? ¿Quiénes de ellos son reconocidos siquiera por sus pares? Un ejemplo ilustrativo se encuentra en el libro de Pablo Raphael antes mencionado. En él se menciona el volumen Cena entre chacales, de Said Javier Estrella, como descendiente estético de Jorge Volpi, Ignacio Padilla y Javier Cercas: “Está sucediendo que el postrauma analizado por las novelas En busca de Klingsor, Amphytrion y Soldados de Salamina a finales de la década de los noventa y los inicios del nuevo siglo se ha convertido en una de las líneas estéticas de la siguiente generación […] sucede en el caso de la literatura catalana con La decisión de Brandes y el caso americano de Los informantes, Evocación de Matthias Stimmberg y algunos de los cuentos de Cena entre chacales”. En este sentido destacan dos puntos: 1) el libro del narrador hidalguense está publicado en el Fondo Editorial Cecultah. ¿En qué librería se consigue el ejemplar?, Al menos no en Gandhi, Fondo de Cultura Económica, El Sótano, Porrúa, El Péndulo. ¿Cómo explicar dicha referencia: posiblemente por una amistad. A) Los ejemplos que retoma Raphael son de autores que cuentan con reconocimiento dentro del campo literario iberoamericano: Eduard Márquez (catalán con ocho libros publicados en ese momento), Juan Gabriel Vázquez (quien había publicado siete libros y ese año ganaría el Premio Alfaguara) y Alain-Paul Mallard (autor de culto cuyo único libro ha sido reeditado en México y publicado también en Argentina y en Francia). ¿Estrella estaba a ese nivel? ¿Raphael, consciente o inconscientemente intentó establecer un canon de los autores setenteros?

Lo significativo de la mención de un autor dentro de un libro publicado en Anagrama es que éste cobra relevancia o visibilidad. De este modo, ya no es necesario leer al autor, sino que su simple referencia lo hace atractivo para sus pares.

En otro sentido, existen autores que no se mueven dentro del campo literario, pero sus publicaciones les proporcionan cierta visibilidad, “al menos” para los lectores. Eduardo Montagner, por ejemplo, publicó Toda esa gran verdad en Alfaguara en 2006, y para 2009 ya se editaba en Punto de lectura. ¿Cuántos autores setenteros han llegado con esa velocidad a una editorial de grandes ventas y gran distribución? Existen otros autores que con una decena de libros en editoriales independientes o pequeñas no son siquiera reconocidos entre sus contemporáneos. ¿Qué tanto influye entonces la calidad de un libro para que su autor cuente con un renombre? ¿Qué tan importante es que se le ubique como escritor, aunque no sea leído por un sector amplio?

La figura del escritor
El “escritor” es alguien que debe vivir como escritor, sonar como escritor y verse como escritor, más allá de si escribe o no. Su reconocimiento se da por múltiples factores más allá (y no únicamente) de por la calidad de sus obras, y muchas veces éste llega a través de una edición en el extranjero. Ésta, a su vez, lo hace visible en su propio país y en otros donde las grandes editoriales distribuyen su obra. Esta cadena se complementa cuando las editoriales comerciales afincadas en México publican más obras del mismo autor y cuando, a través de una estrategia de mercado, logran que sus ejemplares estén en mesas de novedades de librerías, que aparezcan reseñas en periódicos y suplementos literarios y que el autor aparezca en medios de comunicación hablando de su libro.

Una vez implantado el autor como un producto, existe un público lector que lo consume como simple mercancía, otro segmento que al oír hablar de él adquiere sus libros y otro que lo consume por encontrarlo de forma visible en las librerías a las que acude habitualmente a comprar.

Pensar el fenómeno de otra forma implicaría que las editoriales independientes o pequeñas no publicaran autores valiosos y sólo los grandes corporativos lo hicieran. O, ¿cómo explicar que en las listas de los mejores libros no aparezcan aquellos editados por editoriales estatales o de poca distribución comercial?

El sistema literario mexicano (en donde también tienen injerencia los premios, los reconocimientos, la distribución de la obra), funciona de modo que los autores con mayor exposición son los primeros en alcanzar el estatus de “escritores”. A su vez, esta fama es validada por los lectores “especializados” o “lectores habituales”, quienes nutren sus libreros con novedades editoriales.

En este sentido, ¿para un autor vale la pena publicar en una editorial pequeña, independiente? ¿Es necesario ser partícipe de la llamada “vida de escritor” para integrarse al sistema literario mexicano? ¿Es recomendable dedicarse a la autopromoción para después recoger la cosecha de esta práctica? ¿Basta con publicar en el extranjero para ser reconocido en México?