Entre la duda y la soledad: apuntes generales entre Don Quijote, Descartes y el mundo moderno.

Muchos años después de que ‘Don Quijote’ arremetiera contra los molinos de viento a pesar de las advertencias de ‘Sancho’, sentado frente al fuego, quizá perplejo, Descartes inauguraría un nuevo tipo de duda para el hombre. Y de no ser porque podemos tocarnos, quizá esa duda cartesiana ya nos hubiera envuelto en la misma soledad del filósofo: Descartes, el primer y único sujeto realmente solo que se preguntó por primera vez si él mismo y sus extensiones no eran sino una ilusión.

La relación entre Cervantes y Descartes no solo se encuentra en su coincidencia temporal -el siglo 17[1]- sino acaso en la vena anti autoritaria, anti hegemónica y anti tradicional de ambas obras[2]. Si Descartes, en sus Meditaciones, decide dudar de todo, ‘Don Quijote’, en su novela-mundo, decide creer en todo: si el primero se nos revela auténtico porque su soledad le permite aislarse y repensarse no solo como sujeto que duda sino que, gracias a esa duda, que existe; el segundo se nos revela genuino porque en su locura de los libros de caballerías reside su soledad: la de aquel que ha descubierto un mundo abierto a los ojos de los que creen, es decir, acaso ‘Don Quijote’ mismo. Dice Julio Jensen:

La analogía entre la autoconciencia cartesiana y la cervantina es completa: la conciencia reflexiona sobre su ser conciencia igual que la ficción reflexiona (tanto de forma explícita como narrativa) sobre su ser ficción[3].”

¿No es esta autoconciencia también una forma de soledad? Porque ambas narrativas –la que el sujeto cartesiano se dice a sí misma y esa de la novela autoconsciente- al reflexionar sobre lo que son se convierten, automáticamente, en meta experiencias que, de alguna forma, se deshacen del mundo para, en una operación posterior, entrar de lleno a él. Se deshacen de su entorno y después lo reconstruyen.

El escepticismo de los dos proviene de una nueva forma de ver el mundo y el pasado. En sus Meditaciones, Descartes se encuentra solo, no solo físicamente si creemos lo que dice, sino también, y más importante, intelectualmente. Descartes es él y nada más. No necesita mirar atrás ni citar a las autoridades para reconocerse uno en sí mismo y para dudar de la realidad que lo circunda. ‘Don Quijote’ es caballero andante pero es el primero de su tipo: no se sabe exactamente donde nació, no sabemos exactamente su apellido, no conocemos exactamente quién narra la historia. La desposesión del caballero es tal que el mismo acto de nombrarlo se presenta problemático. Esta ambigüedad no es otra cosa más que una forma de libertad: la de zafarse de los grilletes de la tradición para iniciar, él mismo, la suya. La ambigüedad geográfica al inicio de la novela -“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”[4]- aparece como una reacción contra esa genealogía de los héroes que aparecían en las novelas de caballerías pero también es la inauguración de una topografía que desde el principio de la novela se nos revela casi mágica, como un lugar en el cual solo ‘Don Quijote’ podría existir pero también en el cual el lector se reconocería:

Donde los mundos creados por Moro y Erasmo se mantienen claramente marcados como fantásticos y los personajes como meras parodias, Cervantes hace que su loco vague a través de un mundo que en cada momento aparece como real”[5].

Descartes utiliza la duda para tratar de llegar a la verdad; ‘Don Quijote’ cree en la verdad de los libros de caballería para así dudar de lo que le rodea. Ninguno de los dos, sin embargo, es un ingenuo: Descartes sabe que si es posible el pensar en una sustancia infinita -Dios- entonces no está solo; ‘Don Quijote’ sabe o parece saber la verdad de su situación pues de alguna forma es un loco racional, un loco que sabe que está loco pero que razona como un loco: solamente cuando habla de caballeros andantes y princesas ‘Don Quijote’ parece perder la razón pero no cuando habla del mundo -recuerde el lector el discurso sobre las armas y las letras. No solo eso, pues ‘Don Quijote’ parece consciente del papel que ‘Dulcinea’ juega para él:

“¿Piensas tu que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Filidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y, así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información del para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo[6].”

‘Dulcinea del Toboso’, princesa infinita, señora de sus pensamientos, emperatriz de cometas, parece admitir también una morfología diferente: la de ser una construcción puramente artificial para ‘Don Quijote’. Acaso es ella la única constante en ‘Don Quijote’, la que permanece como pilar y sueño; catedral elevadísima de un amor irreprochable pero, acaso, distante.

dq

El conocimiento de las cosas es distinto tanto en Descartes como en Cervantes[7]. Hay diferencias, sin embargo, que no trataré aquí extensamente y que Anthony J. Cascardi, en un artículo, ha construido maravillosamente. El argumento de Cascardi es que Descartes cree poder distinguir los sueños de la realidad, el problema, argumenta Cascardi, es que la premisa puede ser de inicio falsa: es decir, que un sueño, por ser sueño, no es necesariamente falso y, por lo tanto, es inútil para llegar a la premisa básica de si estamos despiertos o dormidos.

Si una situación imaginaria no puede ser verificada o refutada, entonces no puede darnos la evidencia que necesitamos para confirmar o contradecir lo que sabemos; es por ello que la suposición del soñar, como expuesto en las Meditaciones, es inválido como argumento epistemológico. Es este punto de vista, que sugiere el episodio de la cueva de Montesinos, por medio del cual el Quijote arroja dudas sobre los procedimientos y expectativas de la epistemología”.[8]

Curiosamente, ambas obra utilizan la figura de un “genio malvado” que de alguna forma retuerce la realidad o les muestra, tanto a Don Quijote como a Descartes, un mundo en el que no pueden confiar. Steven Nadler, en un artículo, dice:

Entonces, ¿cuál es el problema del Quijote? Él está, en su propia opinión, infectado por un genio maligno (o un grupo de ellos) y por lo tanto (desde su perspectiva) se encuentra en un mundo en el que los informes de sus facultades sensoriales ya no son dignos de confianza. Cualquiera de los objetos son literalmente (ontológicamente) impredeciblemente manipulados o transformados; o, lo que parece más a menudo ser el caso, las cosas no son lo que parecen ser. El genio malvado está causando estragos con las apariencias, haciendo que las cosas parezcan distintas de lo que realmente son. Lo que Don Quijote sabe que lo que son gigantes aparecen (para los demás, y tal vez incluso para él) como aspas de molino; lo que son ejércitos se ven como rebaños de ovejas; el casco de un héroe parece una bacía de barbero; y la mujer más bella y noble en el mundo se ve y actúa y huele como un arriero. Por lo tanto, el Quijote se encuentra la misma situación que el meditador de Descartes. El genio maligno de Descartes puede estar causando que aparezca un mundo externo poblado de una manera particular por cuerpos específicos cuando en realidad el mundo no es así en lo absoluto…[9].”

Me parece que lo que Nadler está diciendo es que el genio malvado puede llegar a tales extremos que el mundo de Don Quijote es en realidad el verdadero y que las objeciones, puestas en boca de otros personajes, no son una forma de mentira o de maldad, sino de engaño. Es decir: tanto Don Quijote como los incrédulos que los rodean están en lo correcto pero por las razones equivocadas: lo que ‘Don Quijote’ sabe que son gigantes aparecen como molinos de viento, aunque sea porque el genio malvado los ha cambiado así; lo que los demás saben -o al menos Sancho- que son molinos de viento son en realidad gigantes, aunque sea porque ellos no han leído los libros de caballerías que Don Quijote sí. ¿Son excluyentes estas dos posibilidades? Quizá, dependiendo si vemos en la novela una ficción que no es solo autoconsciente sino que a cada paso se desautoriza con posibilidades como esta o si en lugar de elucubrar tanto leemos el texto tomando literalmente lo que los personajes dicen y decidimos adoptar una postura. ¿Hasta dónde seguimos el juego de Cervantes: hasta el límite de lo ridículo o confiados en que no estamos siendo engañados como lectores? Qué curioso es hablar de la ficción de esta manera: hablando de la materialidad de una novela como si nos enfrentáramos a un problema epistemológico que está allá afuera, cuando en realidad estamos ante un trabajo de la imaginación que, sin demeritar su función como objeto de conocimiento, nos confina a cierto espacio irreductible: el propio territorio de la novela. Sin embargo, dentro del bucle de la narración, sí que es posible extender los límites de sus propias posibilidades, hasta cierto grado, al menos: el problema es que ‘Don Quijote’ parece estar loco a intervalos. ¿Cuál es el papel, entonces, del “genio malvado”? ¿Retorcer la realidad de ‘Don Quijote’ o la nuestra, como lectores? Tampoco llegaré al extremo de afirmar que ‘Don Quijote’ imaginó a Cervantes-un trabajo que mejor le dejo a Borges, donde sea que se encuentre[10].

Además, ¿qué nos pueden importar dos tipos cuya soledad primerísima aparece como hito pero también como pasado? Las dudas de ‘Don Quijote’ y de Descartes los llevaron a construir sistemas de pensamiento de los que todos somos herederos. Descartes, quizá, al inaugurar una duda extrema y ‘Don Quijote’ al inaugurar un idealismo sin límites. Ambas dudas pusieron los cimientos de algo nuevo.

En nuestro mundo, o al menos en una parte de él, la duda parece puesta al servicio de los charlatanes. El ambiente anti intelectual presente en las elecciones de Estados Unidos parece prueba suficiente para darnos cuenta que el privilegio de la duda puede traer consecuencias inesperadas, muchas veces imbricadas en organizaciones que, pensábamos, habían dejado atrás las más siniestras creencias. El Partido Republicano se ha convertido en la punta de lanza de un nuevo escepticismo que, en lugar de construir, destruye. El racismo, por ejemplo, es una forma de duda: pone en tela de juicio la humanidad del otro basado en su color de piel. El peligro más directo e inmediato para el planeta, el cambio climático, también es puesto en duda: resulta ser una farsa promovida por un grupo de científicos. Incluso los detalles que parecían más políticamente insulsos resultan ser tema de debate, como el poner en duda el lugar de nacimiento de Barack Obama. El heroísmo de ‘Don Quijote’ y de Descartes lo es porque, al no tener motivos para dudar, lo hicieron en un entorno intelectualmente aplacado por la Iglesia Católica[11] y el poder monárquico[12]. Su heroísmo lo es porque su soledad no apareció como tragedia sino como aspiración, nacimiento, reconstrucción. Nuestro mundo, tan interconectado, tan sabihondo, produce a velocidad relámpago a ignorantes que luchan por mantenerse así. El ataque a la universidad pública en Estados Unidos no es más que la manifestación más obvia de la defensa de la ignorancia. La función de la duda se ha pervertido.

Estamos más solos que nunca. La privacidad ha invadido tanto nuestras vidas que la proliferación de espacios electrónicos es síntoma de reclusión y de aislamiento. La vida pública se evapora frente a nuestros ojos mientras nuevas formas de poder privado –compañías tecnológicas, medios de comunicación, comercio, crimen, desigualdad, espectáculo- aniquilan poco a poco los vestigios de discusión pública. Estamos ante un capitalismo que ha dejado de ser salvaje y que se presenta como administrado. Es decir, la regla de reglas dentro del capitalismo y su amiga, la globalización, es mantener el status quo dando la apariencia de Revolución. La ironía de ironías es que cada nuevo producto, cada nueva mejora, aparece como subjetividad frente al consumidor objetivado, repetido, aburrido. Se añaden funciones a los teléfonos celulares pero no para identificar mejor al individuo que lo usa sino para personalizar mejor el producto que se vende. ‘Don Quijote’ se reinventa sin necesidad de cables; el capitalismo y sus productos se reinventan sin necesidad de humanos. Este ultra progreso de avances científicos milagrosos que nos llevarán a Marte, con el que podremos obtener teléfonos celulares avanzadísimos y poseer curas médicas que la Biblia no imaginó, esconde el hecho de que el progreso se encuentra en manos de unos pocos. Los tentáculos del poder privado, en detrimento del Estado tradicional, inaugurarán un nuevo tipo de soledad: la de sabernos cercanos sin podernos ver.

Miguel de Cervantes pasó varios años en cautiverio[13]. Recluido en el norte de África, el futuro creador del ‘Quijote’ tuvo que ser encerrado para imaginar la más libre de las novelas y de los géneros. Dice Spadaccini:

Si nos limitamos al nacimiento de la novela en la primera modernidad (…) se observa de inmediato que tanto la escritura de ficción como la de no ficción, en la Edad Media y en el primer Renacimiento, se organizaban desde un punto de vista estructural (…) Las formas discursivas (…) que pudieron haber sido orales o escritas, eran caracterizadas por su relativa rigidez y clausura. La preferencia notable por el verso durante esta época es el mejor ejemplo de esta tendencia, ya que el verso se articula alrededor de varias formas de indispensable clausura: rima, prosodia, forma estrófica, número de versos o estrofas, etcétera”[14].

Líneas más abajo Spadaccini cierra:

La novela se aleja de esta manera de narrar y, como consecuencia, parece no tener forma (…). Lo que más milita contra su aceptación como forma unívoca es su fundamental heterogeneidad: diferentes niveles de discursos, difusión de puntos de vista, ausencia de clausura en cuanto a los marcos de acción”…[15]

Nosotros, recluidos en el mundo, no hemos sido capaces de navegar en el laberinto que hemos construido. Hay que preguntarnos si el hombre, tal como lo conocemos ahora, es contemporáneo de la humanidad.

No conozco la respuesta. Cervantes y Descartes, en toda su genialidad, tampoco. Su soledad no es la nuestra acaso porque su rareza como pensadores tampoco lo es. Una de las ventajas de la revolución que ambos iniciaron es que mantenerlos cerca de mí, buscando que me susurren, contemplándonos en mi silencio y esperando que me consuelen no es de ninguna manera una forma de privilegio que se me otorga porque me mantengo en el monasterio académico norteamericano, sino la más radical de las actitudes y una que cualquier persona puede desplegar. Basta con leerlos. Nadie parece querer hacerlo.

Si ‘Don Quijote’ embistió contra los molinos de viento no es solo porque los haya confundido con gigantes o porque su función como caballero andante fuera deshacer agravios, sino acaso porque su soledad es la lección más clara de cómo una idea, puesta en la cabeza correcta, es la definición más palpable, más sencilla y más humana de lo que significa ser feliz aun cuando el mundo se empeñe en desmentirlo.

Vale.
—–

[1] “Si bien Descartes publica el Discurso del método en 1637 y las Meditaciones metafísicas en 1641, esto es, respectivamente 32 y 36 años después de la Primera parte del Quijote, ambos autores se pueden incluir en el mismo paradigma”. Jensen, Julio. “El Quijote, Descartes y la tradición de la novela autoconsciente.” Bulletin of Hispanic Studies 92.8 (2015): 861+. Research in Context. Web. 19 Sept. 2016.
http://go.galegroup.com.ezp1.lib.umn.edu/ps/i.do?p=MSIC&sw=w&u=mnaumntwin&v=2.1&it=r&id=GALE%7CA435718883&asid=f4fef1ec64cb402e3b625b2804a9c74c

[2] Ibid, “Según Alexandre Koyre, ‘el siglo XVII sufrió y llevo a cabo una revolución espiritual de la que la ciencia moderna es a la vez raíz y fruto’ (1979: 5). Uno de estos cambios es que el conocimiento pasa de estar basado en la autoridad de los antiguos a estar fundado en investigaciones y reflexiones sistemáticas”

[3] Ibid.

[4] De Cervantes, Miguel, Don Quijote de la Mancha, Edición del Instituto Cervantes, edición de Francisco Rico, RAE, Madrid, 2015, p. 37.

[5] Egginton, William, The man who invented fiction, How Cervantes ushered in the modern world, Bloomsbury, USA, 2016, pp. 25-25, Kindle Edition. “Where the worlds created by More and Erasmus remain clearly marked as fantastic and the characters mere parodies, Cervantes has his madman roam through a world that seems in every sense real”. La traducción es mía.

[6] De Cervantes, Miguel, Don Quijote de la Mancha, Edición del Instituto Cervantes, edición de Francisco Rico, RAE, Madrid, 2015, p. 312.

[7] Descartes teme la diferencia entre realidad y sueño, Cervantes la abraza. Esta es la principal lección que el lector podrá sacar, espero, del artículo de Cascardi. Básicamente, Cascardi apunta que Cervantes, con el episodio de la cueva de Montesinos, demuestra que es posible extraer conocimiento de los sueños. De hecho, me parece que la parodia que Cervantes hace del primo humanista, que parece tomar por cierto todo lo que Don Quijote dice que vio, es la manera de Cervantes de decirnos que los sueños contienen cierta relación con el conocimiento.

[8] From: J, Cascardi, Anthony. Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America 4.2 (1984): 109-22.
Copyright © 1984, The Cervantes Society of Americahttp://users.ipfw.edu/jehle/cervante/csa/articf84/cascardi.htm

“The deep difficulty with the dream argument, as I hope to have suggested, has to do with the expectations which the epistemologist brings to it. He expects that an imagined event, a projection, can provide a valid model for assessing the nature of our knowledge of reality, i.e. for making a general statement about what we can and cannot know. The question is not so much whether we are dreaming or not as whether an imagined situation is a good test of the conditions of knowledge; and that, at bottom, is what Don Quixote calls into question. If an imagined situation cannot be verified or disproved, then it cannot give us the evidence we need to confirm or contradict what we know; that is why the supposition of dreaming, as advanced in the Meditations, is invalid as an epistemological argument. It is this insight, which the Cave of Montesinos episode prompts, by which Don Quixote casts doubt over the procedures and expectations of epistemology as such”. La traducción es mía.

[9] Nadler, Steven, Journal of the History of Ideas. Vol. 58, No. 1 (Jan., 1997), pp. 53-54. “What, then, is Don Quixote’s problem? He is, he believes, plagued by an evil enchanter (or a team of them) and thus (from his own perspective) finds himself in a world in which the reports of his sensory faculties are no longer trustworthy. Either objects themselves are literally (ontologically) and unpre- dictably transformed or manipulated; or, what seems more often to be the case, things are not what they appear to be. The evil enchanter is wreaking havoc with appearances, causing things to look other than what they really are. What Don Quixote knows to be giants look (to others, and perhaps even to him) like windmills; what are armies look like flocks of sheep; a hero’s helmet looks like a barber’s basin; and the most beautiful and noble woman in the world looks and acts and smells like, well, a mule-driver. Don Quixote thus finds him the same predicament as Descartes’s meditator. Descartes’s evil genius may be causing it to appear as if there is an external world populated in a particular way by specific bodies when in fact the world is nothing at all like that…” La traducción es mía.

[10] Yo mismo, a lo largo de los años, he intentado contemplar y luego escribir esta posibilidad a través de la ficción. Todos mis intentos han sido en vano.

[11] “But I should point out yet another aspect of the greatest importance: the agency of ecclesiastical repression in the struggle against heresy, that is, the Inquisition, becomes transformed into an instrument of political repression, extremely adequate for the purpose of dominating consciousnesses (sic), of imposing conformity on the popular masses, and of producing effects trough psychological and moral intimidation”. Maravall, José Antonio, From the Renaissance to the Baroque: The diphasic schema of a social crisis. En Literature among discourses, the Spanish Golden Age. University of Minnesota Press, 1986, USA, p. 35.

[12] “Criticism against the government is severely prosecuted, at times with extreme cruelty. It is certain that the repressive action of the public agencies seldom results in violent deaths by strangulation or other methods, but some cases are known in which such methods are applied to personas previously imprisoned for having spoken badly of the government. (…). And Olivares, in the so called Gran Memorial that he addressed to the king in 1624, makes a tremendous and revealing observation which clarifies for us the new tint taken on by the theme of subordination: “the people, lord, occupy the third place, inferior because the individuals of this status are inferior, although one can and must consider the greatest power not only with respect to other strengths but also comparing it alone to the others together…It is infinitely advisable to keep them under the vigilance of justice, teaching with punishment and terrifying them so that they stop short of excess…”. Ibid, p. 33.

[13] Many critics have alluded to the marks left on Cervantes’s thoughts and works by his North African captivity. “Fue el más transcendental hecho en su Carrera spiritual, says Américo Castro, referring to this catastrophic experience, while Juan Bautista Avalle-Arce argues that the capture by Barbary pirates in 1575, “es el gozne sobre el que se articula fuertemente toda la vida de Cervantes”. Antonia Garcés María, Cervantes in Algiers, A captive’s tale, Vanderbilt University Press, 2003, USA, p.15.

[14] Spadaccini, N. (1986). Experiencia y novela: Del caballero al pícaro. In N. Spadaccini, & W. Godzich (Eds.), Homenaje a Don José Antonio Maravall. (p. 187). Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.

[15] Ibid.