Entrevista a Rodrigo Hasbún

Por Miguel Ángel Hernández Acosta.

Existen familias que permiten conocer la historia de un país y las luchas internas que después habrá de recuperar la memoria; los Ertl (los protagonistas de Los afectos, de Rodrigo Hasbún) son una de ellas. Alemanes llegados a Bolivia tras la Segunda Guerra Mundial, inician su paso por el país sudamericano encabezados por ‘Hans’, el padre, un explorador que quiere encontrar el Paitití, la ciudad perdida de los incas. A su lado está su esposa, un ser fantasmal que hereda a la menor de sus hijas, ‘Trixi’, el hábito (¿vicio?) de fumar y con ello la parte sentimental de la familia, la que genera el recuerdo de una madre que habrá de morir de cáncer. Por otro lado, está ‘Monika’, la hija mayor: espejo y alter ego de ‘Hans’: luchadora, inconforme, aventurera, quien termina casándose con un hombre rico a quien no excita en la cama. Y está Heidi, la hermana que vislumbra el caos al que se dirige la familia entera y decide huir de vuelta a Alemania. En medio de estos caracteres está Bolivia: el país que se debate entre guerrillas, comunismo, movimientos estudiantiles, una aristocracia que no quiere perder sus privilegios y unos extranjeros que hacen todo porque el país que los ha recibido se sienta orgulloso de ellos (sea desde la lucha armada en favor del pueblo, desde el ámbito filantrópico o desde el trabajo por engrandecer a una patria).

Con una prosa breve, donde se exige al lector completar muchas de las pinceladas que da el autor, Los afectos es un libro lleno de emociones en medio tono que sólo a través de su lectura se pueden comprender y valorar. Por ejemplo, cuando la madre ‘Ertl’, ya enferma, decide heredar a su hija la manía por fumar, se niega a darle a probar también el vino: “No me dio a probar, para eso todavía tendría que esperar un poco. Me dijo que la vida era más larga de lo que decían y que a veces incluso se sentía interminable”.
Contada en voz de cada una de las ‘Ertl’, y uno de los personajes masculinos (‘Reinhard’), Los afectos deja grandes huecos temporales que resultan prescindibles tras armar el rompecabezas que propone Hasbún. Basta adentrarse en la trama para comprender cómo avanza la historia y descubrir que todo cuanto el lector necesita lo dejan escapar cada una de las hijas ‘Ertl’. El argumento se anuncia desde un principio (la historia de una familia a quien llevará a la ruina la mayor de las hijas), pero eso no impide que cada personaje vaya dejando en el lector un regusto a nostalgia. Esto se debe a que cuando se atisba una esperanza, se sabe que ésta será inútil, pues al igual que las promesas de Hans Ertl, nunca llegará a concretarse.

Esta novela es una mirada nostálgica y triste a un pasado que no se puede cambiar. Sin embargo, Hasbún no se decanta por el melodrama, sino que la imparcialidad con que se enfrenta a su historia produce una lectura entrañable. No hay en su escritura juegos retóricos ni una búsqueda por un lenguaje esteticista, y su limpieza a veces raya en la asepsia, pero esto se transforma en una virtud que, junto a la brevedad, muestran a un autor con el olfato para hacer de una trama mínima una gran historia.

Los afectos está inspirada en la familia Ertl, y aunque se atiene a personajes y hechos históricos, Hasbún se encarga de aclarar que es una obra de ficción. De pronto aparece el Che Guevara y políticos bolivianos, pero cada una de estas figuras tiene un motivo para infiltrarse en la historia. Es decir, no hay un dato que sea inútil. Al igual que en el volumen de cuentos Los días más felices, los protagonistas de Hasbún están condenados a la derrota y si bien pueden experimentar momentos de felicidad, estos no permanecerán.

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Para quien aún desconozca quién es Rodrigo Hasbún (Bolivia, 1981), se trata de uno de los escritores latinoamericanos con mayor proyección. En 2007 fue electo como parte de los 39 escritores menores de 39 años más importantes de este continente -tenía en ese entonces 26 años. Asimismo, en 2010, la revista Granta lo seleccionó como uno de los 22 mejores escritores jóvenes en español. Con esta novela, además, se inserta dentro de una tradición en donde se puede conocer la historia de un país a través de un microcosmos.

Recientemente Hasbún visitó México y através de la oficina de prensa de Random House le hicimos llegar algunas preguntas:

¿A qué atribuye que los personajes de Los afectos y Los días más felices no tengan salvación, que a pesar de que pueden vivir un buen momento, siempre están condenados al fracaso?
Me gustaría creer que no todos los personajes están condenados al fracaso, y que incluso aquellos a los que no les va bien cuando me acerco a ellos (los que han perdido algo que les era necesario, los que no han encontrado lo que buscaban, los que se han quedado solos), tienen al menos el refugio de la memoria y la imaginación, el consuelo de las pequeñas cosas. La verdad es que no creo que una vida pueda estar signada por el fracaso absoluto. Hay días buenos y malos, semanas mejores que otras, momentos luminosos y horas horribles, y los personajes los atraviesan como pueden, enfrentándose en el camino a sus circunstancias y a sí mismos, a lo que tienen alrededor y a lo que tienen dentro. En esa escala de horas y días y semanas me muevo como escritor, esa es la escala que más sentido tiene para mí. Incluso en una novela como Los afectos, que termina abarcando un buen trecho de tiempo.

En estos dos libros hay una obsesión por los extranjeros. ¿Para Ud. qué representan esos otros, esos migrantes?
Me intrigan las historias de los que se han ido y de los que han llegado, de los que están fuera de lugar. Esos desplazamientos, aunque sean voluntarios, necesariamente tienen un núcleo dramático: te fuerzan a cuestionar algunos viejos aprendizajes y a emprender otros nuevos, te obligan a ocupar posiciones que no te eran familiares, desacomodan tus nociones de pertenencia y te vinculan de manera distinta con tu pasado. Por lo demás, la migración es una de las experiencias decisivas de nuestra época, ¿no?, una experiencia cada vez más expandida que, a veces a costa de mucho sufrimiento, sigue desordenando para bien algunos mapas y algunas certidumbres. Más allá de todo esto, para aterrizar en la cuestión narrativa, me interesa la percepción del recién llegado, que presta atención a asuntos que los demás pasan por alto. Siento que eso mismo intentamos hacer los escritores: mirar desde una distancia necesaria mientras intentamos entender eso que miramos.

Estos libros tienen estructuras mínimas, donde sólo aporta ciertos elementos al lector y es este último quien debe completar las historias. ¿Cree que las novelas totales y/o los cuentos tradicionales han dejado de ser eficientes o resultan “pesados” para el lector contemporáneo?
Creo en el lector y en su capacidad de involucrarse y jugar, de completar los vacíos que pueda haber en un libro, de armarlo y desarmarlo a su gusto. Creo también en los libros que no se conforman con seguir modelos predecibles, y que invitan a los lectores a participar activamente. Esto no tiene una correspondencia con la extensión de los libros, ni con su voluntad totalizadora. Tiene que ver con la escritura de cada oración, con el misterio o la ambigüedad que contiene, y con las posibilidades que ofrece un escritor a sus lectores, con los riesgos que asume y los desafíos que propicia, con la noción de lector que inscribe en el texto mismo.

Publica su narrativa en sellos de proyección local (El Cuervo, Santuario) y las novelas ya en sellos trasnacionales: ¿hay una intención autoral al establecer esa selección?
Los libros de cuentos suelen ser más difíciles de publicar. Aparte de eso, no hay una intención detrás de la deriva editorial, solo una enorme dosis de azar, y la generosidad de algunos editores, a los que agradezco mucho la posibilidad de que mis libros circulen en distintos circuitos, algunos locales o nacionales, otros transnacionales. Son circuitos que a menudo no se tocan, y que por lo tanto permiten que los libros lleguen a lectores muy diferentes entre sí. A mi parecer, Aira y Bellatín fueron los pioneros en eso de mover los libros por igual en editoriales chicas y grandes, en propiciar que un mismo libro tenga ediciones en distintos países, etc. Han abierto el camino para los que vinimos luego, y han ayudado a que algunos editores asuman sus limitaciones, a que no boicoteen a sus propios autores con contratos asfixiantes que exigen la exclusividad.

¿El que su última novela haya salido en tantos países lo ha condicionado en su actual proceso de escritura?
Espero que no. Al momento de escribir estoy solo en un cuarto, tecleando en mi portátil con un café sobre la mesa, y así mismo estaba hace diez o quince años (cuando solo me leían dos o tres amigos), y así mismo me gustaría estar dentro diez o quince años. Es a lo que me aferro día a día. Estar ahí, solo, juntando palabras durante algunas horas. Sin pensar en nada que no sean esas palabras, y en lo que pueden y no pueden hacer.

¿Por qué sus personajes (‘Ladislao’, ‘Heidi’, ‘Monika’) fracasan cuando intentan diferenciarse de sus padres?
Me resulta curioso que tengas esa impresión. Yo diría que los personajes que mencionas salen bastante bien librados de la guerra generacional entre hijos y padres que todos enfrentamos tarde o temprano. ‘Heidi’ se aleja de la familia y de la sombra opresiva de ‘Hans’, ‘Monika’ lo confronta ideológica y afectivamente. Ninguna de las dos sigue el camino que él hubiera querido para ellas, y esa es una forma de diferenciarse, de imponerse. ‘Ladislao’, por su parte, se enfrenta no a la sombra excesiva, sino a la relativa desaparición de sus padres. Él lo agradece, claro, mientras juega a buscarse.

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Hasbún, Rodrigo. Los afectos. México: Random House Mondadori, 2016.

_____. Los días más felices. España: Duomo ediciones, 2011 / Perú: Santuario Editorial, 2015.