“El dueño de Finca Abbado” (frag.)

(objetos que existen, fuera de nosotros o dentro de nosotros, da lo mismo, se fingen despreocupados y saltan las fronteras, observan desde las nubes, en la circunstancia y en el terremoto de las emociones, en la prefectura del aliento que nos confirma la muerte de un ser querido, las imágenes me llevan a Claudia, a la blancura de su piel, cada uno de los momentos que compartimos para engañar al tiempo, luego aparecen los pañuelos, desperdigados y conformes, ateridos y sepulcrales, siempre hay una voz dentro de nosotros, más aún cuando nos resistimos a oírla, prevenciones para salir y para entrar de nuevo, manos que aplauden, que rezan, que son el martillo y el clavo, pistolas que ya no disparan por la humedad y el maltrato, en los corredores puede escucharse la risa de los muertos, entiendo que esta zona es un interregno y que no habrá tregua, que es una construcción y lo mejor es entregarse a la tarea interior antes que protestar, ya no siento temores, ya no duermo y tampoco descanso, las llamadas del plenilunio no son mías aunque sirven para consolidar mi perplejidad, vueltas a una ciudad de ceniza, fogatas encendidas, nueve cetros para los reyes sin reino, que persiguen su trono y no claudican, labores inconclusas, periódicos en blanco, mi acompañante se ausenta con una libertad que asombra, se pierde durante minutos que parecen eones y durante horas que en realidad fueron meses, la cuenta del tiempo se fractura a cada momento, también las construcciones imaginarias del espacio, todo es arriba porque todo es abajo o a un lado y al otro, ofuscarse no ayuda, menos aún permanecer inmutable, cualquier forma de reacción es innecesaria, siete notas musicales son suficientes para generar las sinfonías, los cadáveres flotan en el río y a nadie parece importarle, todos boca abajo, quizá los volteas y ya no tienen rostro humano o quizá nunca lo tuvieron, desiertos, lagos, montañas sin nombre, todas cubiertas de nieve, intocadas desde hace milenios, se reinicia la cuenta del tiempo y la destruye una intemperie portentosa de palabra suelta y ánimo desabrido, se amanece a la sorpresa, se batalla contra la fluorescencia de la murmuración que brota de los pasillos, en donde parece que se arma y desarma el mundo, cuando no es sino un placebo para atenuar las críticas, hitos que a nadie importan, ilusiones al borde de un abismo, manos que apenas ayudan al enfermo y al santo, privilegio de los caprichosos, de los resentidos y de los continuadores de una arquitectura que se forra de intermitencias para deslumbrar a los incautos, intranquilidad para decorar el paraíso, ventajas en la compra de boletos para cruzar el Atlántico, el Índico y cualquier otro océano que sea susceptible de cruzarse por algún medio imaginable, desórdenes en el andurrial, en la zona fronteriza y en donde se junta la muchedumbre para festejar una victoria contra un pueblo extranjero, notas de piano, crema para los labios, agujetas para zapatos, la vergüenza es un instante que puede durar un siglo, aquí lo tratamos como si fuese un familiar porque llega, se instala, come y bebe y eructa con estridencia para celebrar que no habrá fuerza capaz de ajustarle los tornillos en un entorno de crisis, noticias, malas, siempre, en el café, la cantina, el trabajo, el comedor del centro de readaptación social, privilegios para quienes pueden hacer frente a los pagos que se exigen, los laberintos no tienen puertas salvo que tú puedas construirlas, pintarlas, decorarlas y ofrecerlas a los cuervos, bostezar es una protección contra el maullido de los gatos, el ladrido de los perros, la insistencia del vecino que nos pide mover el auto porque no puede entrar con el suyo, diez servilletas para el festín de muertos, treinta sepelios para despedir a quienes se adelantan, nadie puede decir a dónde viajan salvo que no se quedan, son incapaces de permanecer quietos, en la espesura, la bruma, la niebla desolada que se posa en las carreteras de una zona boscosa, para eso sirve la música, reflexiona el anciano, para olvidarse del encierro, las ventanas sin vidrio, el canto dulce de los prefectos que se asoman para ir tras los alumnos que lloran, estudian, se fracturan las piernas para llegar a la escuela antes que nadie y luego rezar cuando los exámenes son inminentes, escenas de pudrición en las noticias, es el punto de quiebre, a partir de donde se sobrevive o despejan todas las dudas que sofocan a los inconstantes y a los inmortales que dan vueltas en el rodeo para identificar quién es quién y porqué deben empeñarse en la construcción de su infelicidad, árboles sin fruto para los hambrientos, bebidas que embriagan o relajan y hacen perder el equilibrio que jamás se tuvo, las manos aplauden en las fiestas y los pies sirven para que los calcetines protejan durante las caminatas, tríos de sombras, desencantada virtud de una parálisis que se desborda y entrega sus frutos antes de la terminación del contrato, las formas del mundo son llamas que suben al cielo para reafirmarse como miembros de un fuego que nunca se extingue, de lo demás apenas es posible subrayar aspectos que ayuden a la comprensión de un fenómeno que no deja de pelearse consigo mismo para lograr un entendimiento del entorno capaz de vincularnos con el frontispicio en el cual habremos de quedar como un segmento de clarividencia y desahogo, sucede la emergencia, el desvarío, infortunios al azar para perpetuarnos como una posibilidad antes que como un acto consumado, tos, diarrea, sal y pimienta para la carne, puré de papas, sopa de tortilla, abrazos en la mesa del café, al filo de un hemistiquio que se revuelca en el lodo para llamar la atención, desaparece el teclado y entonces ya no hay manera de revertir la perversión de los menores, los adictos, el compromiso de la fuentes alternativas para ganar juventud cuando ya se fueron los años, cada torbellino es una cadencia de orden que nos implica hasta el punto de la carnalidad, separar un elemento del otro se vuelve un acto quirúrgico, quién lo hubiera pensado, nadie podría desearlo en la mañana, cuando las invocaciones del paraíso nos llevan hacia un terreno desconocido, en el cual no basta con tener cuidado porque las amenazas nos acechan, saltan de un lado a otro y se vacunan mutuamente con una sustancia para lograr la invisibilidad, que termina por ser permanente, desde los paraísos a los que se acude por la acción de algún fenómeno atmosférico o por la inconsistencia de un seguro que pagamos y no cubre nada más que las fisuras de la angustia, se estremecen las variables que teníamos por inmóviles y nos entregan su belleza y compañía, piezas desperdigadas que es necesario armar para la integración de un mosaico con aspiraciones universales, ojos en la pared, dispuestos a registrar lo que se necesita para ser libre y lo que sobra para dejar de serlo, luego la pausa, el desdén, las columnas de una arquitectura que no se estremecen ante un temblor, el que sea, así fuera el más drástico tras décadas de actividad sísmica, desaliento, sueño, perplejidad que no se resuelve, en el centro del mundo es posible encontrarse con la madre de los sueños, que es gigantesca y tiene las manos largas y tersas para acariciar a sus hijos y a los hijos de sus hijos, que a su vez serán gentiles con los sueños de los hijos de sus hijos de sus hijos, porque la actividad onírica es más importante que la familia, pero no tanto como las posibilidades que ofrece un viaje en yate, hamburguesa con queso sin papas a la francesa y un refresco sin gas, a temperatura ambiente, con moscas alrededor para revelar su estado de olvido, en una mesa, en la sala o en el cuarto que se dispone para los objetos que no tienen un uso en el presente aunque podrían tenerlo en un futuro cercano, la marcha fúnebre inicia sus primeras notas y los dolientes bajan el rostro en señal de respeto, porque saben que ahí termina lo conocido y se avizora la frontera que la mayoría teme, a pesar de que digan lo contrario y reten a la muerte, la confronten, le escriban para acercarla o ganar su voluntad con la intención de que el tránsito resulte más gentil, las ironías son otra forma de novedad en el periódico de hace diez años, o veinte o treinta, porque las variantes en la experiencia humana apenas cambian con el tiempo, que es caprichoso y no escucha ni súplicas ni consejos, tal es su naturaleza y lo mejor es acostumbrarse a su canto y a las fórmulas desoladas del olvido que no compete a las cajeras de los supermercados, especialistas en devolver calderilla a los clientes para sacarlos de sus casillas, será que no tienen otro medio para divertirse o que hay tantas monedas en el universo que ellas tienen por misión dispersar esa superabundancia y la estrategia, asignada desde el cubículo de una universidad extranjera, es guardar el mayor número de billetes para que se genere la necesidad de las monedas de baja denominación, las notas de música no se detienen, no tendrían por qué hacerlo, marchan a un tiempo que es inviolable, sonríe una mujer, desde una imagen del pasado, se levanta el vestido y es posible vislumbrar que no lleva ropa interior, la invitación no es tal, ya que tiene calor y sólo desea ventilar el espacio íntimo y no atraer a personas del sexo opuesto, fuman los desprevenidos, los licenciados, el taxista que no abandona la zona sur de la ciudad, el organillero, cada uno de los personajes de la obra de teatro que se estrena en contra de la voluntad de su autor, que reniega de los parlamentos al juzgarlos, pasados los años, fuera de foco, como si los hubiera escrito otro autor o una voz que no se deja gobernar, entonces los parques se unen a las quejas comunitarias, al igual que los pájaros que habitan en la copa de los árboles y mueren sin que nadie lo registre debido a la contaminación, el hartazgo del transporte público, las horas perdidas en la estación del metro, los accidentes carreteros, los carriles huecos, el espejo que se utiliza para fintar al tiempo, las vueltas del carrusel, el brillo atemorizado de un pasado que se filtra por las rendijas de la memoria, como tantos otros objetos que existen)+