FIL Zócalo

De libros:

Ah, la Feria del libro del Zócalo ha vuelto. Cientos y cientos (exagero, pero es que me gusta llamar la atención) de stands ofrecen cientos y cientos (aquí sí no exagero) de libros, y uno se pregunta, si es que va a comprar de impulso, cuál debería llevarse. La oferta es amplia, los precios varían y la cabeza se revuelve. ¿Se debe apostar por el autor consagrado o, por el contrario, por las voces “nuevas” y no tan “nuevas”? La decisión es difícil, y el presupuesto limitado. Sin embargo, aquí sirve como guía el dicho aquel de “no todo lo que brilla es oro”; o su contraparte “no todo lo que es oro brilla”, si es que hay alguna diferencia en ellas. Para los que somos de presupuesto limitado, creo tener algunos consejos:

1.- Leer el libro antes de comprarlo. Poco ético (si repites “poco ético muchas veces, en voz alta, suena como “poético”; qué coincidencia) para algunos, quizás, pero muy efectivo para conocer la obra de alguien que nos es desconocido o, también, revisar el nuevo libro de aquel autor que hemos seguido durante cierto tiempo. Si se habla de que los primeros segundos del primer track de un disco son vitales para atrapar al público, quizás lo mismo aplica en el caso de los libros, y las primeras líneas (o páginas) sepan para identificar un libro que nos guste. Dañino para el cuello y la economía del vendedor, pero bueno para la salud lectora. Se requiere un poco de cinismo para quedarse ahí de pie, junto al stand, con el libro en las manos, pero vale la pena (lo digo por experiencia).

2.-Prestar atención a las lecturas en voz alta. Si queremos conocer la obra de alguien, ¿por qué no escucharlo un poco mientras lee en voz alta en alguna de las carpas de la feria? Algunos hablarán de cómo un cisne de níveo plumaje chocó contra la ventana de su estudio y eso los inspiró a hacer sus poemas que siempre rematan entre las piernas de la amante añorada, pero otros se limitarán a leer su obra y ahí podemos conocer si el libro suena interesante o no. Esto también es útil para descansar en una silla (siempre sobran en estas lecturas).

3.-Acudir a los stands de trueque. Sí, claro, es probable que los libros que ahí encontremos sean las memorias de la primera esposa del que tradujo “Chin chin el teporocho” al rumano, o un manual de matemáticas con el nombre del primer propietario en el costado del libro, pero a veces se encuentran cosas agradables ahí. Eso sí, habrá que dejar un libro a cambio, pero se puede recurrir a los que en la misma feria regalan (casi siempre las obras de un autor cuyo mérito más reciente fue fallecer, o textos de alguien que cumple cien años de muerto en ese preciso año). Además, siempre se puede echar mano a Hermenéutica y poiesis en la obra de Paz, editado por alguna universidad y escrito por un profesor destacado de dicha institución, que ha llevado el mismo traje a clases por 30 años y presume su amistad con algún club de escritores.

4.-Estar pendiente de las redes sociales de algunas editoriales. En ocasiones basta con responder una sencilla trivia y, así, nos haremos acreedores a un ejemplar del más reciente lanzamiento de dicha casa editorial, que podremos reclamar en alguna de las lecturas de la misma, y de paso saludar al autor, tomarnos una foto con él, pedirle que cargue a nuestro bebé (algunas editoriales llevan sus propios bebés para este efecto) y bese en la mejilla a nuestra abuela.
5.-No echar en saco roto las librerías de viejo. Muchos de los libros que más he disfrutado leer, y a los que vuelvo constantemente, los he adquirido en librerías de viejo. En Biblioteca básica Salvat, por ejemplo, está La tierra de nadie y otros relatos, de Ignacio Aldecoa, Algunos muchachos, de Ana María Matute, Juyungo, de Adalberto Ortiz, Doña Berta y otros relatos, de Leopoldo “Alas” Clarín, entre muchos otros, por precios que oscilan entre los 5 y 15 pesos. Claro, es poco probable que hallemos al autor para pedirle que nos firme el ejemplar (a menos que tengamos una Ouija a la mano) pero eso qué importa. (Para mi gran amigo Aldo, desde el más allá. ¿Le puedes decir a mi esposa que sí supe lo de su romance con mi editor? Con afecto: Guy de Maupassant). No tiene que ver con la feria en sí, pero estos locales quedan cerca de la misma.

6.-Aquí no cobran roaming. Carajo, si vamos a gastar en libros, que sea en alguno que no podremos encontrar más que en la feria del libro; ir a un evento como éste a comprar Quién se robó mi queso es como ir a un hotel con jacuzzi a ver la tele, como viajar a otro país y pedir comida tradicional del tuyo, como conocer a tu artista favorito y preguntarle qué tal le ha ido, como… bueno, creo que ya quedó claro. Buscar autores de otros países, y que no son tan conocidos, me parece la mejor idea. No sé, de pronto usted se encuentra algún verraco que escriba bien, a un weón que tenga un par de cuentos buenos.

7.-Robarse el libro en cuestión. (Pero eso no lo leyeron aquí). Puede incluir una estancia en prisión, aunque en ellas hay bibliotecas.

De lobos:

Tres ventajas de la Feria del libro del Zócalo de la Ciudad de México

1.-Para toda la familia. La feria del libro es el lugar ideal para ir al baño de forma gratuita, sentarse a descansar un momento y lograr que nos cuiden a los niños dos horas seguidas sin pagar un solo peso (benditos talleres infantiles para acercar a los niños al slam poético). Ah, y creo que venden libros.

2.-Otras disciplinas. En el área de los sanitarios se ha colocado un retrete portátil que, en realidad, no es un retrete: es una intervención artística: hay 43 papeles de baño usados (que simbolizan que nos faltan 43, y la fragilidad de la materia y la vida) y el agua no es azul, es roja. Una de las manchas marrones en la pared en realidad es un poema visual y lo que se escucha en el retrete de al lado no es algo gástrico: es un poema en MP3. Además, el código de barras de un libro (no diré cuál) es otro poema visual, y quien lo encuentre gana. Al ganador se le hace entrega de una bolsa de mandado.

3.-Desmitificar. Vaya, dese una vuelta, compruebe que las ferias del libro venden libros (valga la tautología) y que los autores no son distintos a usted o a mí. Aproveche los conciertos gratuitos, los eventos culturales (¡qué bien suena ese término!) y distráigase un momento. Además de que convivir, charlar, conocer y cuestionar es otra forma de hacer protesta, y con eso de que ya no se puede tan fácil en el Zócalo pues, aproveche, ahora que hasta pusieron lonas.

No olvide probar las tlayudas que venden a un costado de la catedral, de verdad.