Sobre El retorno de Casanova

Debería existir un género literario denominado el de los destinos imposibles. Me refiero a ese tipo de vidas llevadas al terreno de lo literario que retrató Marcel Schwob en su libro Vidas imaginarias, relatos entre lo fantástico vivido y lo real imaginado. Si hay una vida así y que a Schwob no le interesó, quizá por ser poco fantástica y demasiado mundana fue la de Giacomo Casanova, de inventado título nobiliario “Caballero de Seingalt”.

Casanova nos legó sus memorias en doce tomos y en algún pasaje -recuerdo haber leído un fragmento. Habría tenido unos dieciocho años cuando ya le daba lecciones y consejos sexuales a un amigo suyo que tenía unos ochenta. Quien se ocupó de esta vida siempre en fuga –de cama en cama, de ventana a balcón, de ciudad en ciudad o de la cárcel a la ruta de escape- fue Arthur Schnitzler, retratista del Imperio Austro-Húngaro, esa construcción también imposible brotada de la noche a la mañana del corazón de las tinieblas centroeuropeas para brillar brevemente con inusitado esplendor. La obra de Schnitzler abunda en grandes descubrimientos de su propia contemporaneidad, como el psicoanálisis, por ejemplo, la confusión del sueño y la vigilia, o los inicios de un mundo mecanizado que todavía convive con los duelos a espada. Erotismo, sexo y tortura por la memoria constituyen las constantes de la obra schnitzleriana, la impregnan y hasta la vertebran, elementos muy notorios en su obra más visible gracias al cine de Stanley Kubrick que trasladó a la pantalla esa odisea urbana que es Relato soñado con el título de Ojos bien cerrados.

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En la intensa narración que Schnitzler dedicó a Casanova con el título de El retorno de Casanova leemos sobre el legendario seductor que ha llegado ya a los cincuenta y tres años y permanece exiliado, sufriendo la añoranza por su amada Venecia. Las personas lo recuerdan como a un mito viviente, pero su naturaleza es la misma que tendría una pieza de museo o un ser arrumbado digno de ser expuesto en una vitrina como un fenómeno de feria. Casanova no se percata de esto o no desea darse cuenta. Y, para los jóvenes o, mejor dicho, para las jóvenes, que siempre están viviendo en el ahora, en presente continuo, el viejo seductor es un desconocido y sus dotes y su bagaje de trucos tienen el mismo efecto que un vino avinagrado.

Si las lecturas que hacemos a lo largo de nuestras vidas tienen algo de parecido con nuestro propio recuerdo (parafraseo a Eduardo Mallea), es porque esos libros delimitan las situaciones vitales que más nos han marcado. Recuerdo cómo recibí este libro, hacia el año 2008. Me lo obsequió, junto con otros libros más inocuos, la novia que tenía por aquél entonces, pero no leí en su momento. Y en ese entonces no sabía que no era su momento para leerlo. Pasaron algunos meses y tuve otra novia, al mismo tiempo que continuaba con la otra, a quien conocí vía internet, gracias a un editor. Pasé una semana de desenfreno con ella en la Ciudad de México, saliendo, citándonos en hoteles, quedándome en su departamento, conociendo gente. Volví a la costa del Golfo y terminé con la otra chica. El día 13 de agosto de 2009 regresé a la Ciudad de México para quedarme a vivir con la citadina. Lo sé con exactitud porque guardo un boleto de autobús entre las hojas de la novela, a modo de separador de páginas, ya que el libro que llevé a bordo del autobús para irlo leyendo por el camino fue ese, precisamente. La novela, pues, cumpliría una doble función: la de advertencia y regla de conducta para mis avatares y así se lo hice saber a mi nueva pareja que acogió el hecho con una sonrisa. El día 13 de agosto de 2016 me pregunté qué libro podría comentar, de qué título debería escribir para mis colaboraciones culturales. Cogí “El retorno de casanova”. Vi el boleto no sin asombro. Mediaban siete años entre su primera lectura y la más reciente. ¿Será cierto eso de la “comezón del séptimo años”? No en mi caso como no lo fue jamás para el Chevalier de Seingalt. Casanova había vuelto, no cabía duda.

En la novela, ‘Casanova’ reconoce en su camino de regreso a un viejo amigo, OIivo, un sirviente leal y agradecido que le presenta a sus tres hijas, una niña, una púbera y una adolescente, es decir, ninguna en edad digna de caer en sus redes. En cambio, tiene fantasías sexuales cuando conoce a Marcolina, la hija del difunto hermanastro de Olivo, que permanece ajena a los ridículos escarceos de Casanova. Le ruega a Amalia, la mujer de su amigo y una de sus antiguas amantes, cuya madre ha sido su amante a la vez, que interceda por él ante la muchacha pero Marcolina está más interesada en las artes, la filosofía y la ciencia que en cualquier muchacho y mucho menos en avejentados seductores.

Cuando descubre, al espiarla bajo su balcón, que la casta muchacha tiene como amante al joven oficial Lorenzi, tan apuesto como él lo había sido sufre su primer desencanto. Durante un juego de cartas Lorenzi contrae una enorme deuda con Casanova quien le propone cobrarla con el cuerpo de su dulce amante. La escena en la alcoba es estremecedora, cuando Casanova desnudo y Marcolina, cubriéndose con tan sólo un camisón, se miran mutuamente, en los ojos de él “había rabia y vergüenza, en los de ella vergüenza y horror.” Lo que lee en los ojos de la muchacha es “la palabra más terrible de todas para él, porque expresaba la sentencia definitiva: viejo.” Huye hacia el jardín, envuelto en una capa y se enfrenta a su oponente, que no su rival, Lorenzi, quien, caballerosamente, se desnuda como él para no parecer en ventaja. Casanova lo mira desnudo y radiante como a un dios. De manera inesperada mata a Lorenzi. Parte aprisa hacia Venecia, dónde el Consejo de los Diez ha revocado su sentencia de exilio. Tras veinticinco años el viejo aventurero puede dormir por fin en su patria, de forma pesada y sin sueños.

Edouard Niermans trasladó al cine la novela en 1992 pero Alain Delon y compañía se decantan por la comedia y no por el desasosiego que sostiene la andadura del Casanova de Schnitzler. Por fortuna, en sus últimos momentos el Casanova de la vida real optó por sublimar el erotismo que tan sólo constituía un recuerdo a través de sus memorias. Nos legó asombro. Si Schnitzler hubiera llevado la novela más allá de Venecia, la única amante que jamás abandonó el corazón de Casanova ¿hacia dónde hubiera conducido sus pasos, sus acciones?

Los griegos tenían la “Kairotanasia” como una forma de acabar digna y estéticamente una vida que se ha llevado con dignidad, una “muerte oportuna”, un retiro a tiempo. Acaso lo habría hecho, acaso lo habría evitado. ¿Quién lo sabe? Tenemos, sin embargo El retorno de Casanova con sus luces y sombras largas.