Oser Serón, de Fernando de León

Hay una compulsión natural entre los escritores: hacer historias sobre escritores que no escriben. Es una tentación de la cual casi nadie escapa. Creo que se debe a una especie de “salvación interna”, como si el autor se salvara de no ser autor al inventar un escritor que no escribe pero sigue siendo escritor, ya sea como título o anhelo, ya sea como profesión o devoción. El síndrome de la página en blanco se alivia escribiendo una especie de había una vez un escritor con bloqueo de escritor y no podía escribir, entonces escribió que no podía escribir; de ahí se desemboca la historia y el autor escribe y se cura en salud diciendo a los lectores y colegas que lo escrito, en realidad, se trata de una autobiografía ficcionada. Pues bien, Fernando de León toma el sentido contrario y escribe sobre un escritor con compulsión por la escritura, un escritor que, incluso, escribe por otro, reformula lo escrito por otros con estilos novedosos pero asequibles para el investigador que puede decir, con la verdad científica como soporte, que tal o cual cuento o fragmento o artículo es de Rulfo, Arreola o Tario.

Captura de pantalla 2016-08-23 a las 4.26.30 p.m.

El resultado de este contrasentido al sentido común es Oser Serón, que es, como el título, la presentación de un autor enfermo de escritura. No es novela, no es ensayo, no es cuento, no es queja, no es dolor. Es la conjunción de esos elementos engarzados por una voz de autor adolorido de las manos y los ojos, imposibilitado para dejar de escribir e hipercrítico consigo mismo a niveles de fuego. Arden sus letras al terminar de ser escritas. Sin embargo, como todo autor es soberbio. Soberbio como sólo puede serlo aquel que finge humildad. Al rogar como terapéutica se quemen sus textos, ruega por convertirlos en algo inmortal. Por eso recurre a quienes considera grandes e inmortales para ser su escritor fantasma. Un plagio inverso, si eso es posible. Plagia el nombre, pero escribe en original. Es tan soberbio como para suponer sus recursos superiores a sus dioses literarios. Los reinventa y después se queja, llora, quiere matarse y su infame humildad se cae como el disfraz mal acabado que es.

‘Oser Serón’ es tan embustero y genial, que mientras dice que sus letras mueren justo después de ser paridas mientras se deja leer y advierte sobre lo horrible que es la lectura de sus palabras. Habla de fuego, pero también de abandonos. Escribe oculto y en esa secrecía, deja por todos lados páginas sin firma. Es un bribón, mentiroso, plagiario y creador. Su propio dios innoble.

Fernando de León se regodea con este monstruo, fascinante, cansino, digno de lástima y del destierro. Quién podría aguantarle sus constantes quejas, su aburrida letanía sobre lo malo que es y sus argucias para demostrar su genialidad. Fernando de León se presenta con este alter ego y se cura en salud. Se desprende de la monserga ontológica del escritor con este escritor y entonces puede quejarse con la voz de Serón para que de León quede un tanto incólume y, sobre todo, como una autor con una sensibilidad literaria muy interesante, con una capacidad enorme para movilizar su erudición sobre literatura mexicana, con una capacidad inmejorable para hacer homenajes exactos a través de ese personaje-libro Oser Serón que no es novela, ni cuento, ni ensayo, sino una voz capaz de ser novela, cuento, ensayo y diario de lamentaciones.

de León, Fernando. Oser Serón. México, Cuadrivio-CONACULTA, 2015.