La voz de las abejas, de Bruno Ríos

La derrota es asunto pasajero, es un momento, no llega a convertirse en situación, mucho menos en condición. La derrota es un resultado, es un punto en la alocada progresión de un proceso. La derrota es un punto, un pinchazo, una herida, a veces leve, a veces brutal, casi fatal, puede dejar marca y sólo las grandes derrotas dejan marca como situando el momento, una huella en sentido derridiano, es decir, una marca que dice, que cuenta, que travesía el tiempo entre el momento de la derrota y el momento en que se ve, lee o recita la cicatriz, huella o marca. La derrota, al igual que su antónimo, el triunfo, tienen la misma naturaleza. Sin embargo, pareciera que el segundo no deja marcas tan profundas y pueden ser enterradas por una derrota. Es por ello que la derrota, a pesar de no serlo, se convierte en una condición: ser derrotado, no simplemente estar derrotado, sino serlo, ontológicamente derrotado. Bruno Ríos nos cuenta esta condición en un personaje incapaz de situarse en una progresión adecuada o siquiera lógica de los acontecimientos. La voz de las abejas habla sobre la derrota.

brios
Se trata de un derrotado en un ambiente derrotado donde parece no existir la posibilidad para alcanzar somero triunfo. Las gallinas feas apenas ponen huevos, la aventura en la ciudad de México deyecta a un sujeto capaz de saborear su derrota. Un tipo que aprendió a vérselas con ella y seguir, seguir. Su regreso a Hermosillo, Sonora, no se convierte en la huella que cuenta su devenir aplastante, sino el lugar donde puede, en un momento, mirar hacia atrás e intentar presente con la marca de páginas, como si quisiera dejar su huella, la propia huella intentando conjurar las líneas desastrosas de sus cicatrices, de sus fracasos y desamores, todo resultado de decisiones sin sustento. La huella está ahí, en un presente contado por una voz en apariencia fantasmal, esa voz incapacitada para leer a Hamlet, la historia de fantasmagorías donde se implican el pasado con el presente para fastidiar el futuro. Esa voz que narra de manera omnisciente no puede ser más que la de un fantasma, una especie de tercero excluido observador, a veces juez. Y como en Hamlet, esa voz fantasmal está contaminada por la idea de paternidad. El juego padre-hijo, “la sensación terrible de ser hijo” que intenta curarse con la sensación grotesca de ser padre.

La voz fantasmal es la de un segundo hijo. Resabio de la primera paternidad fracasada. Aviso de nueva derrota. La voz fantasmal es una voz apagada del personaje central, voz enamorada de la misma mujer. Mujer que ha padecido un periplo de derrotas ligadas a la historia del derrotado. Un círculo que hace del proceso una ensalada de sinsabores.

Ante tantos desaguisados, La voz de las abejas se dibuja como salvamento envuelto en lo único capaz de extraer al sujeto de su desvencijado estar en el mundo: la dulce locura. Locura engarce, locura de paternidad, locura para nombrar a las abejas, para escucharlas, para convertirlas en oráculo. No podía ser de otra forma ¿cuándo un oráculo fue capaz de dar buenas noticias? El presagio, por muy críptico, siempre es presagio de malevolencias. La muerte, a pesar de ser señora en los parajes y colonias de ese Hermosillo pintado a cubetadas de realidad fatal,

Bruno Ríos logra maquillarla de acontecimiento. Sucede como vibración o aleteo de abejas. Sucede con la lentitud necesaria pero con el estruendo adecuado. Sucede fuera de las casas, sucede a un costado del camino, sucede en el trabajo, sucede en la guardería. Sucede y como suceso acompaña a la derrota para convertirse en la segunda dimensión que da volumen a esta obra, la paternidad en clave amor es el tercer eje con el que el volumen alcanza calidad tridimensional.

Bruno Ríos presenta a un Hermosillo anclado en su carácter desértico, donde los acontecimientos se endurecen en las marcas, cicatrices o huellas desde las cuales se cuenta una historia que, a pesar de ofrecer la sensación de quietud, nos brinda un panorama que excede la localidad para hablarnos de nuestro tiempo sin abusar de nuestros terrores y angustias.

Ríos, Bruno. La voz de las abejas. México, Sediento, 2016.