El genio de la familia, de Raúl Aníbal Sánchez

La condición juvenil se desparrama sobre el tiempo con aires soberbios. Quizá esa sea una de sus principales características: estirar el tiempo hasta el presente sin atisbar los linderos del futuro. La tarea de las instituciones (incluyendo ahí a la familia) es hacer de la juventud un momento transicional para devenir futuro. Es una impronta pesada. Pero los jóvenes viven, son, están, no van a ningún lado, el cuerpo y el territorio están saturados de presente, de estar ahí, hacer ahí y discurrir sin intención de futuro. Y cuando la voz paterna, la del maestro o la de cualquier institución bien intencionada (con esa intención de convertir a todos los seres humanos en algo funcional) exigen prospectiva, hacer planes, diferenciar el presente como mero tránsito para el futuro, sólo se ladea el rostro, se toma un refresco, se enciende el televisor o la consola de videojuego o, a escondidas o de plano con cinismo, se le prende fuego a la punta de un porro grueso, si es la primera vez, la tos acusa acontecimiento.

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Raúl Aníbal Sánchez no escribe sobre la condición juvenil, básicamente le vale madre cualquier acercamiento conceptual. No se pregunta o, al menos, no obliga a sus personajes a preguntarse sobre su condición como objeto de observación, sino a cuestionarse sobre la manera cómo se sostienen en el presente. El genio de la familia se territorializa en la ciudad de Chihuahua y se desvanece en la búsqueda de otros lugares, pero es sólo desvanecimiento, no preguntas sobre el futuro. Raúl Aníbal escribe desde ese momento-acontecimiento, los niños reconocen aquel momento de cambio con naturalidad, con el espanto necesario para sonreírle al ayer y ponerse más buzos en el mar del estar ahí, como advierte uno de los personajes “no éramos tan grandes para quedarnos solos mientras las rejas de la colonia seguían creciendo, cada vez más alto, y las hermanas se marchaban una a una con hombres hasta hacía poco tiempo desconocidos”. Los jóvenes de preparatoria quieren ser por aquello rodeándoles, no para trascender, sino para ser. Los jóvenes universitarios han descubierto la imbecilidad en el rostro de los adultos y la estupidez en la mayoría de sus coetáneos y todos los días, con el rostro demacrado por la cruda, en el espejo. La estupidez humana les aplasta y no se acongojan por ello, lo toman como se respira el oxígeno viciado de la época donde viven.

Vivir es el verbo atravesando cada cuento. Por supuesto, los personajes de El genio de la familia están un poco descolocados, vaya, tienen una visión más aguda aunque ésta no aprecie el futuro. Hay uno que se masturba leyendo a Anaïs Nin, al parecer no por la falta de pornografía hardcore sino como transgresión a sí mismo y como guiño procaz al futuro (está convencido en imitar a su hermano mayor con eso de ser escritor) y porque sabe bien que “la pornografía se inventó para ser descubierta por las madres de todo el mundo en los trémulos escondites de sus hijos”. El universo chihuahuense de Aníbal Raúl es, por momentos, una existencia juvenil un tanto desexualizada. Existe, sí. Aparece, sí. Los chicos cogen, incluso el efebo en extremo delgado, friki y asexual coge. Pero el sexo tiene un regusto desmitificado, se descubre la inanidad de algo supuestamente definidor de la juventud: las hormonas alocadas. No, acá la locura sucede por existir el presente, de ahí la observación “no puedo evitar pensar en la inmensa tristeza que habita en la lujuria”. El genio de la familia no es un compendio de historias asexuadas, sus historias parecen huir de la sobrevaloración de lo sexual.

Incluso en el relato de cierre La comida está en el refrigerador, donde se aborda el momento del amor de secundaria, el sexo es tangencial. Esta historia es quizá donde la técnica narrativa es de menor calidad, pero es demasiado bella como para dedicarle tiempo a ese detalle. Quiero creer que esa construcción es a propósito. Quiero creerlo debido al efecto, a la conmoción provocada en mí como lector y no como pseudoanalista de narrativas (nunca crítico en acepción de comentarista). A pesar de un lenguaje un tanto extraño para jóvenes de secundaria, la historia, contada a dos escurrimientos de conciencia, él y ella, convierte en espeso fluido la construcción de una relación amorosa. Amorosa es la palabra, casi inocente, casi pura, casi radiante o quizá deba prescindir de los “casis”, pero siempre la distancia permite posicionarnos. En ese posicionar(me), la historia, su discurrir me atrapó en la espesura de la miel. Es probable (me incluyo) que a los escritores de esta generación narrar sobre la hermosura del presente, sin crítica ni mayor búsqueda por el estrépito, nos cueste trabajo como si se tratara de una reacción a las exigencias de lo políticamente correcto. No lo sé, sólo me parece probable. Siento, en este cuento de Raúl Aníbal Sánchez tanta honestidad que me atrevo a aplaudirlo. Por supuesto, el libro vale por todo el volumen narrativo, sin embargo, éste cuento lo convierte en algo entrañable.

Sánchez, Aníbal Raúl. El genio de la familia. México, Fondo Editorial Tierra Adentro-CONACULTA, 2014.