Acerca del fuego (y 3)

(…) Son tiempos en los que todo lo artístico y especulativo se considera prescindible, y no son raras las frases del tipo: “Miren, no estamos para refinamientos”, oHay cosas más importantes que el teatro, el cine y la música, que acostumbran a necesitar subvenciones”, oDéjense de los recovecos del alma, que los cuerpos pasan hambre”. Quienes dicen estas cosas olvidan que la literatura y las artes ofrecen también, entre otras riquezas, lecciones para sobrellevar las adversidades, para no perder de vista a los semejantes, para saber cómo relacionarse con ellos en periodos de dificultades, a veces para vencer éstas. Que, cuanto más refinado y complejo el espíritu, cuanto más experimentado (y nada nos surte de experiencias, concentradas y bien explicadas, como las ficciones), de más recursos dispone para afrontar las desgracias y también las penurias. Que no es desdeñable verse reflejado y acompañadoverseinterpretado”– por quienes nos precedieron, aunque sean seres imaginarios, nacidos de las mentes más preclaras y expresivas que por el mundo han pasado. Casi todos los avatares posibles de una existencia están contenidos en las novelas; casi todos los sentimientos en las poesías; casi todos los pensamientos en la filosofía. Nuestros primitivistas políticos tachan de inútiles estos saberes, y hasta los destierran de la enseñanza. Y sin embargo constituyen el mejor aprendizaje de la vida, lo que nos permite “reconocer” a cada instante lo que nos está sucediendo y aquello por lo que atravesamos. Aunque sea no tener qué llevar a casa para alimentar a los hijos. También esa desesperación se entiende mejor si unos versos o un relato nos la han dado ya a conocer, y nos han preparado para ella. Sí, no se desprecie: sólo imaginativamente. O nada menos.
Javier Marías: Las lecciones de la imaginación. El País (26/04/2014).

Reflexionando acerca de filosofía y literatura, del fuego y del peso de las ideas en la palabra, la tempestad –que sería la literatura– es, y es evidente, diversa en esencia de la calma –la filosofía–. Que ésta ha pretendido históricamente usar de aquella, o ha visto en ella un modelo ideal de su propia expresión es una obviedad. Que, en cambio, aquella no se preocupa ni se ha preocupado en la historia demasiado de ésta también puede serlo, pese a lo cual se podría debatir con mayor amplitud. Que la crítica ha mezclado con frecuencia criterios literarios y filosóficos para el análisis de los textos literarios no es menos evidente, y, sin embargo, esto ameritaría también un análisis más profundo. Puede encontrarse la virtud en que es del César lo que es del César, sin obviar que a partir de tal axioma se abren muchas opciones para la reflexión. Y también en que hay claros puntos de convergencia entre ambas, dado que las artes de la palabra no son compartimentos estanco. Se habla, pues, de algo tan antiguo como la capacidad que tiene el ser humano de darle forma con palabras a su pensamiento, que tiene múltiples formas de expresión directas e indirectas pero que con el lenguaje se sintetiza y fija. Dicho de otro modo, en la calma siempre se habló de la tempestad, mientras que en la tempestad nunca se habló de la calma y solo se habló de la propia tempestad. Y quizá esa sea la relación entre filosofía y literatura.

Lo cierto es que esta relación se ha vertebrado y se articula de manera esencial en tres líneas: Filósofos que han escrito y escriben obras literarias, escritores que partieron y parten en su tarea creativa de una escuela filosófica y filósofos que hallaron y encontraron y hallan y encuentran en la literatura la fuente de su pensamiento. Son los casos, en el siglo XX, de Sartre, Camus y Heidegger. El primero, más filósofo que escritor, hace literatura con la intención de transmitir sus ideas a la mayor cantidad de público posible, el segundo crea literatura a partir de unas ideas filosóficas concretas y asumidas en su propia vida y el tercero parte de varias fuentes artísticas para establecer su sistema filosófico, entre las cuales es un pilar fundamental la poesía de Rilke. Se puede decir de algún modo que la filosofía y la literatura forman una pareja de enamorados en la que el conflicto es el modo de vida, pero en la que cuando tiene lugar el encuentro, éste es de gran fecundidad.

Literatura y filosofía se diferencian no por el objeto, pues ambas apuntan a lo esencial de las cosas, sino por el método. La filosofía es sistemática, racional o intuitiva si se quiere, pero tiende a conocer la realidad por sus causas. La literatura, por el contrario, está sometida a un estatuto enigmático, resultado de un proceso de otra naturaleza, en el que se completa la creación del mundo. Aquella se dedica al ser, enmarcándose en lo cognoscible, y ésta al deber ser, traspasando los límites de lo cognoscible. Ambas se interrelacionan en la medida en que sus sustancias pueden ser intercambiables, aunque nunca lo sea su planteamiento epistemológico. En las dos anteriores entregas de Acerca del fuego se reflexionaba en parte en torno a esto. En la primera de ellas, se indicaba: “El diccionario ideológico de Casares define la literatura como el Arte que tiene por objeto la expresión de las ideas y los sentimientos por medio de la palabra”. Ideas y sentimientos… El debate entre filosofía y literatura, sin menoscabo de que cada una pueda contener ideas y sentimientos, es tan antiguo como el conocimiento humano”. Está claro que cualquier obra literaria, y la poesía como la forma de expresión más pura de la creación literaria, refleja el estado de las ideas y los sentimientos de su autor. El problema estaría en precisar la frontera que la separa de la filosofía. Como reflexionaba en la segunda entrada de Acerca del fuego, “su universo sabe más de lo intangible y mágico que de tautologías, silogismos o entimemas”, y abundaba en la idea de que la obra artística es esencialmente libre, fruto de la individualidad, indiferente a que su autor pertenezca a una corriente de pensamiento o que obedezca a ideas heredadas. En el fondo, lo que todo artista representa es la rebeldía del hombre ante su esclavitud. El filósofo, el intento de comprenderla y sistematizarla. Porque, en un estado adánico, el hombre no necesitaría ni del arte ni de las palabras. (Cfr., Alfonso Reyes: La experiencia literaria, Barcelona, 1986, p. 13). Quedaba claro en los anteriores Acerca del fuego que la sociedad no reclama artistas, sino seres humanos libres que busquen su plenitud, a lo cual ayuda la obra de arte. Tener conciencia de que el arte no es la verdad es un avance, pues acaba con el fanatismo y la utopía del arte. Pero el arte abre las puertas de la verdad, y sin dejar de saber que la obra de arte, per se, no puede ser ni verdadera ni falsa, se sabe que debe ser auténtica. Se trata de una autenticidad que se percibe de forma intuitiva en un primer instante, aunque luego se pueda poner en duda mediante el análisis y el enfrentamiento a ella desde otras perspectivas. El asunto en que todos estarán de acuerdo es en que debe existir la obra de arte, en que no debería desaparecer, pues eso tendría consecuencias terribles, y lo que no sería deseable para un futuro es que existiera la necesidad de acudir a los memoriosos de la poesía, a los portadores no ya de la luz sino de la memoria de los poemas, ni siquiera como último recurso. En cuanto a los lenguajes de ambas principales formas de la palabra, el de la filosofía es denotativo: no deja nada por decir o sobreentendido u obviado. Se ocupa del ser, en sus justos términos, y esto ocurre sin tener en cuenta el método que use. La literatura, por su parte, se ocupa del deber ser, de lo inasible, incognoscible, imaginario, de aquello que, por el estatuto enigmático del arte, cobra vida propia en el contexto de las cosas que rodean al ser humano, y, por tanto, su lenguaje es connotativo.

El concepto y la práctica de la ficción, en el arte, en la literatura, mediante la cual una “mentira” se hace verdad y más verdad que la verdad que está al alcance de los ojos, es elemento clave sobre el que pivota buena parte del peso de la reflexión. En la filosofía no cabe la ficción, salvo cuando se incluye en una perífrasis, circunloquio o alguna otra figura retórica, y lo normal es hacerlo con carácter explicativo o ilustrativo. La hipótesis podría ser un tipo de ficción con bases y fines científicos, pero como ficción, pura ficción, no sirve. Y la verdad es que no existe tropo alguno que sea de utilidad real a la filosofía. La comunicación de la experiencia, de la vida vivida, es, en cualquier caso, común a ambas disciplinas. De hecho, la experiencia es la principal forma de conocimiento. En este sentido, la comunicación del conocimiento es una labor compartida por ambas. Sin embargo, esto es harina de otro costal, y ya habrá tiempo de dedicarse a ello. En dos ramas del mismo tronco, el de la palabra, valgan estas reflexiones acerca de filosofía y literatura. Porque el caso es que en la calma siempre se habló de la tempestad, y en la tempestad sólo hubo tiempo de hablar de la tempestad. Lo que al final queda en común a todo ello es el fuego. Desde que el ser humano es ser humano. Y como se podría reflexionar acerca del fuego –aquello que es común a todos– por una eternidad, me acuerdo de aquello de Goethe, “Escribir es un abuso de la palabra”, y tomo nota, y dado que cada día más amo el fuego y el silencio, por hoy ardo y me callo.