Sobre Madame Edwarda (Bataille)

Madame Edwarda es la breve, pero densa en materia, exposición literaria de que está hecha la filosofía de Bataille. En poco más de 30 páginas resume los preceptos de su pensamiento: dolor y placer, muerte y erotismo. Un mexicano, Salvador Elizondo, a través de una novela, Farabeuf o la crónica de un instante, indaga en las nociones de las que Bataille se valió para la exposición de sus ideas.

Farabeuf, 50 años de un instante

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En Farabeuf…, verdadera obra-isla de Elizondo en el ámbito del quehacer literario mexicano, el análisis convertido en novela o la novelización de un fragmento arrancado al tiempo y al espacio que los chinos dedicaron a la ejecución de un criminal, a través del atroz suplicio del ‘Leng-Tch´e’ o Muerte por los mil cortes y de cuyo proceso existen varias imágenes fotográficas que dan cuenta de esto, es fundamental como núcleo central de su obra, desde que Elizondo escribiera en su introducción a Madame Edwarda:

imagen en la que Bataille advierte todas las características esenciales del erotismo: la crueldad, la violencia, la violación de la interioridad del cuerpo humano, la profanación de las estructuras vitales, el atentado contra la interdicción, la fascinación del suplicio y el éxtasis místico

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En 2008 el cineasta francés Pascal Laugier en su extraordinaria como impactante película Mártires, explora los conceptos caros a Bataille a través de la historia de una secta que busca, mediante la refinación de algunos procedimientos de la tortura como son la privación de la libertad, la humillación, la violencia carnal, el hambre y finalmente el desollar el cuerpo de una adolescente viva, la conexión mental de aquél que es torturado con lo que denominamos divino.

La teoría del filme es que, basándose en evidencias como aquellas fotografías de la Muerte por los mil cortes (que cubren las paredes del pasillo que conduce a la celda dónde se condena a la jovencita), un torturado llega a convertirse en mártir; es decir, en testigo de lo divino en un éxtasis que priva misericordiosamente al cuerpo de todo dolor, situándolo, por supuesto, más allá de todo rastro de sensibilidad cuando ha sido sometido al extremo de su destrucción y es capaz de narrar lo que, de otra forma, sería inefable. La secta protagonista de esta película indaga así en el enigma de la experiencia extática que sólo a algunos elegidos es dable alcanzar.

Con la frase el placer es la misma cosa que el dolor, lo mismo que la muerte, alude Bataille a su relato, que escribió bajo el seudónimo de Pierre Angélique, en el prólogo que él mismo formuló ya como Bataille, en forma de breve ensayo filosófico para desvelar su texto literario.

Para ir al fondo del éxtasis en el que nos perdemos por el goce debemos siempre oponerle su límite inmediato: el horror. No solamente el dolor de los otros o el mío propio, que se me aproxima desde el momento en que el horror habrá de fascinarme, me pueden hacer acceder al estado de placer delirante, sino que además, no existe ninguna forma de la repugnancia en la que no pueda discernir la afinidad con el deseo.

Bataille, como Jean Genet, es un explorador de las regiones extremas del dolor que puede experimentar el ser humano resignificándolo en el marco de un erotismo que ya anunció y ya cubrió en su totalidad el Marqués de Sade. ¿Quién se les parece hoy? Acaso –salvando la amplísima distancia-, el autor de terror americano Clive Barker con sus mundos poblados por humanos entregados a la búsqueda y forzamiento de lo prohibido y las dimensiones demoníacas, unidas a través de puentes que se estrechan en la equidistancia del placer y el dolor.

Así –apunta Bataille-, en la perspectiva de Sade la muerte está desviada hacia el otro y el otro es primordialmente una expresión deliciosa de la vida.

Y continúa:

El ser nos es dado por un desbordamiento “intolerable” del ser, no menos intolerable que la muerte (…) porque el ser ya no está en nosotros más que por exceso, cuando la plenitud del horror y del placer coinciden.

En Madame Edwarda el angustiado protagonista recorre calles, bares y burdeles hasta dar con la prostituta del título. La estrecha en sus brazos, una especie de silencio cae sobre él y siente una tristeza y un abandono como cuando se está ante la presencia de Dios. La prostituta enseña su sexo, lo abre y hace una súbita y extasiada revelación: Soy Dios.

La desnudez en el burdel invoca siempre la idea del cuchillo del carnicero, reflexiona el protagonista. Se van por las calles dónde el narrador descubre silencios atroces, horrores cósmicos, angustias existenciales, siempre atraído, jalonado por el cuerpo obsceno de la puta-dios. Detienen un taxi y pronto Madame Edwarda está ya provocando al taxista para que tenga sexo con ella.

Y todo estaba contenido dentro de esta mirada de sueño: los cuerpos desnudos, los dedos que abrían la carne, mi angustia y el recuerdo de la baba en los labios, no había nada que no contribuyera a este deslizamiento ciego hacia la muerte.

Del sueño que nos dejó algún tiempo dormidos en el interior del taxi, fui el primero en despertar, enfermo… El resto es ironía, larga espera de la muerte

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De esta manera, si la prostituta es dios a este se lo intuye en y desde el cuerpo entregado, en su amplia fisicidad, al placer y al dolor, como finaliza Bataille en su prólogo:

…el ser abierto -a la muerte, al suplicio, al goce- sin reservas, el ser abierto y muriente, doloroso y feliz, aparece ya en su luz velada: esta luz es divina. Y el grito que, con la boca torcida el ser retuerce tal vez pero profiere, es un inmenso “aleluya” perdido en el silencio sin fin

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Bien señaló Salvador Elizondo que la filosofía de Bataille es inabarcable y la profunda experiencia, en la brevedad del texto que conforma Madame Edwarda, sólo debe ser experimentada en carne propia, debe pues, y como el resto de la obra de este autor francés, de ser leída.