El año de las tormentas, de Manuel Pérez-Petit

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Sólo una cosa no hay. Es el olvido”. Este verso de Borges me acompañó durante la lectura de El año de las tormentas. Un verso con la cualidad de ser una sentencia, un infierno, una cualidad terrible, como la de ‘Funes’, también de Borges. Es dolor y compañía, tormento en su pureza de torno y retorno, giros al cuello, al alma. Uno logra evadirse un poco de los recuerdos, pero no es posible hacerlo del todo con aquellos recuerdos que nos constituyen. Porque si uno es constructo, los materiales del cuerpo y el alma tienen que ver con los ingenieros espirituales detrás de las arrugas dejadas por las expresiones a lo largo de la vida. Esto parece el sino de lo humano, de lo humano elevado a creador de su propio infierno, pero no destino.

Hay, sin embargo, una estrategia capaz de ocultar de la memoria la persistencia de aquellos seres terribles como ángeles o estrellas, según las apreciaciones de Manuel Pérez-Petit, siguiendo las bondades de esa pléyade de remansos creativos, según el Rilke que he leído, según el Rilke que Pérez-Petit ha leído. Es sencillo, se trata de convertir en fantasmas los recuerdos, de hacer de las caricias, los besos y los desprecios el material de una fantasía con que no reñimos cuando estamos a punto de perder, nuevamente, el ser-de-uno-mismo, para convertirnos en el ser-para-otro-aunque-ese-otro-no-lo-quiera. Una manera de conjurar esos fantasmas es escribiendo sobre ellos, escribiendo como si se tratara de una misiva hecha sólo para sus ojos pero tan pública como las lágrimas soltadas en una estación de tren. Se escribe para enviar lo escrito en forma de relato y al desnudar lo que uno es se logra cobijarse con un dispositivo de remisión hacia los otros, todos aquellos desconocidos con capacidad para suspirar con la tragedia ajena, por pequeña que sea. Al publicar, al hacer pública la historia de un amor, se supone, se sabe, que dicho amor desembocó en desamor.

Giorgio Agamben entiende bien la relación caso simbiótica ente el fantasma, la melancolía y la capacidad creadora del dolorido, me permito citar en extenso:
La asociación tradicional de la melancolía con la actividad artística encuentra aquí su justificación [pensemos que ese “aquí” es el ahora que nos convoca, este Año de las tormentas] precisamente en la exacerbada práctica fantasmática que constituye su rasgo común. Ambas se colocan bajo el signo de Spiritus phantasticus, el cuerpo sutil que no sólo proporciona el vehículo de los sueños, del amor y de los influjos mágicos, sino que aparece también estrecha y enigmáticamente unido a las creaciones más nobles de la cultura humana.

Creación. Crear con la destrucción propia, la que sólo puede realizar un ser amado. El año de las tormentas me colocó en una sintonía tan mágica, tan fantástica que, en un hojear cualquier libro (uno de poesía, cuando es el género menos abundante en mi colección) saltó una nota sobre mi propia tendencia a lidiar con fantasmas y conjurarlos con la creación: “escribir para exorcizarme, para enviar afuero aquello torturando dentro. Habrá que hacerlo”.

Para aliviarse de eso es preciso hacer esto realizado por Manuel Pérez-Petit, abrirse al mundo para cauterizar una herida. Para lograrlo pueden pasar veintisiete años, pero al conseguirlo, el recuerdo queda empaquetado, hecho novela, lanzado fuera como recurso mnemotécnico. Dentro está la posibilidad de abrir el libro, pero todo está volcado en las páginas. Eso mismo he hecho yo y he sentido el alivio. No todo está para olvidarse, en el año de las tormentas hay un juego que también me recordó a Joaquín Sabina, no como creador de versos, sino como coleccionista de sensaciones ofrecidas por la historia de amores literarios. En esas páginas donde Manuel Pérez-Petit hace recuento de referencias a ritmo musical, como letanía de salvamento, una ametralladora defensiva contra el fantasma terrible del recuerdo, una ametralladora que busca derribar la memoria y acceder al olvido mediante la saturación de satisfacciones artísticas. Podría ser un rap o un reguetón, asuntos seguramente imposibles en el imaginario de Manuel Pérez-Petit, pero me sonaron, me levantaron después de párrafos abrumadores. Sin embargo, la voz narrativa no es la de una víctima. Sí, le duele el desamor, el juego cruel de la mujer, esa crueldad natural, absoluta, pero no se victimiza más allá de los hechos y sentires, no se cae, sigue el viaje, con el fardo de ella arrastrando, pero sigue, no sólo el viaje donde el recuerdo se regodea, sino el viaje de esos veintisiete años de espera para conjurar al fantasma.

Por otro lado, la víctima del desamor tiene el semblante de cualquiera. No a todos nos toca una mujer evasiva, tremenda, pero sí nos toca esa maldad de añorar lo imposible, de saber perfectamente que no somos el objetivo, sino la máquina fabricante del fantasma que nos atosigará toda la vida. El problema con los fantasmas como recurso de evasión es que se aparecen sin avisar. En una foto, en la boca de un amigo o en los rostros de quienes, se supone, deberían conjurar el estropicio. Las dos partes de El año de las tormentas hablan de ella, pero ella es también plataforma de lanzamiento, invento de valentía en el cuerpo sufriente, como se ve en la segunda parte, Ora CUASIÁRTICA.

No importa si el recuerdo es fiel. El recuerdo siempre es ficción porque siempre es fantasía, porque es melancolía, porque de eso se alimenta el espíritu y por ello mismo muere y es mejor recordar, para hacer literatura, cuando la memoria sufre de otra manera, cuando el estómago no se encoge y el corazón duele de manera inexplicable, recordar los recuerdos, recordar cómo se recordaba justo después del accidente, meses después, años después para escribir sobre esos estratos de recuerdos una posibilidad de literatura que convierta al recuerdo en vehículo para la creación.

Pérez-Petit, Manuel. El año de las tormentas. México, Librosampleados, colección Arrebatada, 2016.