¿Desaparecerá la literatura?

Autores de la talla de G. García Márquez reconocen que del periodismo pueden utilizar ciertos recursos que legitiman la verosimilitud de la historia que se narra: «A un escritor le está permitido todo, siempre que sea capaz de hacerlo creer. Eso, en general, se logra mejor con el auxilio de ciertas técnicas periodísticas, mediante el apoyo en elementos de la realidad inmediata». La emoción de lo real impregna la obra literaria, que de presentar una historia verosímil pasa a ofrecer un hecho real con todos su detalles, potenciando inevitablemente el interés del lector. La idea de unir periodismo y literatura no es nueva. Daniel Defoe en su Diario del año de la peste (1722) construye un impresionante relato a partir de entrevistas a supervivientes, datos y encuestas reales de la epidemia de peste que asoló Londres en 1665, aunando de este modo la exactitud y rigor informativo con el conseguido valor literario. El otro gran ejemplo clásico de novela reconstruida retrospectivamente a modo de reportaje es la Historia de la columna infame (1842) de Alessandro Manzoni, que narra un memorable caso judicial. En ambos casos, la invención está excluida.
(Encarnación García de León: Literatura periodística o periodismo literario).

No es la verdad; no la contiene, pero abre las puertas a visiones más completas que las visiones que habitan al alcance de los ojos. Ejercicio de la mentira en la tarea de generar mentiras que llevan al momento en que cualquiera puede encontrarse y que permiten descubrir y reconocer algunas pocas verdades inmutables. No se hace necesaria para el ser humano, de igual modo que éste no necesita construir casas para habitar o vestirse para ser. Acerca de ella, Luis Rosales escribió en un artículo que es “una mentira que nos permite aproximarnos a la verdad” (Un cuadro profético, diario ABC de Sevilla, 20/02/1989, p. 3). No puede definirse, es paradigmática polisemia –y por esta razón tiene mucho de denominador común a muchas disciplinas– y aun así tiene en su acepción más plena una condición de posibilidad: la ficción, vía de acceso a esa verdad o verdades que son capaces de hacer más grande el mundo, de romper con lo establecido o de generar un universo nuevo. En sus orígenes, estuvo ligada al uso de la palabra en las coordenadas culturales sometidas al ars de la escritura: la gramática, la retórica y la estilística, la competencia que dimana de la posesión y el dominio de ciertas reglas. No fue hasta el siglo XVIII en que su significación como “saber” se transformó en una actividad específica, y, en consecuencia, en la producción resultante de la misma, como Vítor Manuel Aguiar e Silva nos aclara en su Teoría de la literatura (Madrid, Gredos, 1975, pp. 12-15). En efecto, literatura es la palabra, y el elemento fundamental que la diferencia de otros medios de la escritura es la connotación, que para Todorov es un concepto en el que cabe todo, que engloba “todas las significaciones no referenciales”. Sin embargo, esto resulta impreciso, aunque puede completarse con la observación de niveles semánticos. Así, a partir de Saussure, que a comienzos del siglo XX afirmó que puede “concebirse una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social; formaría una parte de la psicología social, y, por consiguiente, de la psicología general; la denominaremos semiología (del griego sameîon, signo). Ella nos enseñaría en que consisten los signos, qué leyes los rigen” (Curso de lingüística general, Madrid, Akal, 1994, pp. 42-43), la glosemática hjelmsleviana, que establece los límites del concepto en una relación entre el plano de la expresión y el plano del contenido que, cuando llega a funcionar como plano de la expresión o significante de un segundo sistema hace que el primer sistema constituya el plano de denotación y el segundo el plano de connotación, que es la definición que asume como suya Barthes, así como un buen número de críticos literarios, aunque no ha sido acogida por todos los lingüistas. El caso es que la literatura no es comunicación. Informa de lo informe de forma semántica. En palabras de Alfonso Reyes, es un “suceder imaginario” (La experiencia literaria, Barcelona, Bruguera, 1985, p. 85). Un sistema modelizador secundario compuesto de signos icónicos, figurativos, no convencionales, como podemos confrontar con Lotman. Contiene una enorme información en la “superficie” de un texto reducido, que ofrece a cada uno una información nueva, pues su connotación es múltiple y multiforme. El descubrimiento de su naturaleza comunicativa puede producir una y otra vez la revolución de los métodos de conservación y transmisión de la información. A la vez tiene otras naturalezas, como el lenguaje, al que retuerce y sublima. Y para ello el elemento fundamental es lo que se podría denominar como grado de penetración, dado que hay todo un universo de subcódigos histórico-culturales que aunque sea negado por la propia obra literaria tampoco lo puede negar por su evidencia.

Literatura y periodismo eran la misma cosa, pero éste se desgajó por diversos motivos del tronco del arte: lo efímero, la actualidad, la trascendencia práctica. En cierto modo, ambos, literatura y periodismo, son sistemas de aproximación a lo real, pero sistemas opuestos. El lenguaje del periodismo es denotativo, aunque tiende a la connotación por naturaleza; es más directo y simple que el de la literatura. Ésta es inútil en el sentido de la vida práctica, pero aquel no. Ambas disciplinas de la palabra se establecen en la retórica –el periodismo, menos, eso sí–. De forma esencial, el periodismo no es ideológico. Barthes lo aclara: “La ideología sería, en suma, la forma (en el sentido de Hjelmslev) de los significados de connotación, en tanto que la retórica sería la forma de los connotadores” (La aventura semiológica, Barcelona, Paidós, 1990, p. 77). No hay que olvidar que toda actividad retórica es también pragmática. Volviendo a Todorov, lo que distingue al relato literario del que no lo es es la literariedad, esto es, la propiedad por la que un discurso verbal entra a formar parte de la literatura o no, elemento a través del cual se distingue, pues, el relato literario del que no lo es, como también afirma Jakobson en su Lingüística y poética (Madrid, Cátedra, 1988, pp. 14 y 16). La noticia, elemento esencial del periodismo y su lenguaje, no es una ficción: es el relato de un punto de vista. Transmite lo visto y no lo sentido, o al menos en una medida apreciable. En ella no puede entrar en juego la imaginación, pues la noticia periodística es inviolable por su naturaleza, pese a lo cual se ve amenazada por múltiples peligros, el más notable de los cuales es el ruido, cuya principal característica es que anula la información, al punto de que no puede existir comunicación si el ruido se presenta. Sin embargo, ¿podría ser, como afirma Lotman, que el ruido, según qué tipo de cultura se observe, se pueda transformar en información artística? El reflejo en el espejo que es la información periodística no es insondable, al contrario que los múltiples espejos de múltiples resonancias que es el arte. Si se establecieran grados, el periodismo estaría en un primer nivel, y la literatura en un segundo, existiendo la posibilidad de que aquel pudiera alcanzar el nivel de ésta, lo cual siempre dependerá de la carga de información positiva: a mayor cantidad, más cercanía al primero; a menor, al segundo –aunque no siempre, pues también cabe la impostura–. En cualquier caso es comunicación, y la comunicación no es inherente al arte, dicho sea en el sentido periodístico. Es misión del periodismo expresar la realidad, y la realidad, aquello que es dado a la mirada cotidiana, se transforma en otra idea: la realidad es la intersección de diversos puntos de vista que permite superar las limitaciones de cada uno de ellos. El portador del significado no es un estrato estilístico determinado, sino la intersección de muchos estilos (puntos de vista) en contraste, intersección que produce un cierto significado “objetivo”, “supraestilístico”, como Lotman apunta y desarrolla en su Estructura del texto artístico (Madrid, Istmo, 1978, pp. 20, 34, 36, 60, 73, 101, 102, para ésta y otras referencias previas de este autor). Todo arte de la escritura se establece entre dos torres desde que en Platón se librara la batalla entre el logos de la poiesis y el logos del pensamiento filosófico, triunfando éste último sobre aquel, que quedó condenado al destierro en Occidente ya desde entonces, como nos cuenta como nadie María Zambrano en su Filosofía y poesía (México, FCE, pp. 9 y ss.). Y como, sin embargo, el lenguaje es un círculo, cuyo positivo y negativo se unen, es posible una filosofía poética, como lo es un periodismo literario. Solo ciertos niveles del relato periodístico podrían encuadrarse en la literatura. Que así sea depende del autor, de la carga connotativa, de la capacidad de sugerencia del texto. Mientras más cerca esté del logos de la poesía más cerca estará de la literatura. No es cuestión de forma ni de intenciones y ni tan siquiera de técnica, pero la pregunta se hace inevitable: ¿Sería posible un periodismo poético, llevando a sus últimas consecuencias la misión moral del periodista en la sociedad postrevolucionaria?, y queda para la reflexión. De cualquier modo, el periodismo que es o podría ser literatura no debería llamarse periodismo literario, puesto que es una cosa o la otra. El periodismo “poético” debería ser denominado de alguna otra forma y definirse aparte. No obstante, el lenguaje periodístico –o en apariencia periodístico, que es el predominante– actual puede tener en sus manos cargarse la literatura, fagocitarla. La actitud y la repercusión de los modos generales de comunicarse hoy –en lo que influyen de manera decisiva las redes sociales– están en condiciones de aportar de forma decisiva a la consecución práctica de uno de los peores augurios de Nietzsche: que en el futuro solo veía la existencia de una veintena de libros. ¿Podría evitarse esto, que desapareciera el lenguaje de la literatura por simple aplastamiento por parte del lenguaje informativo? Teniendo en cuenta que el periodista –o el supuesto nuevo periodista que aprovecha las dominantes redes sociales para hacerse pasar por tal– no es en sentido estricto un escritor literario, dado que debe expresar la realidad que ve en los justos términos de su punto de vista, que la sociedad Occidental tiende cada vez más a la sobreinformación, que incluso el habla de las personas está cada vez más influenciado por todo ello, que se tiende a escribir como se habla, que la capacidad de generar ficción va en retroceso general, que se estereotipan los modelos, las conductas y el lenguaje –desterrándose de forma progresiva con cada vez mayor generalidad el rigor, la autoexigencia y la disciplina–, el paisaje resultante resulta desalentador.

La literatura, que anda en las antípodas del periodismo, podría ser destruida, o cuanto menos rebajada a un arte menor que unos pocos cultivarían con exquisitez de coleccionista, con lo que se perdería la gran oportunidad que la literatura brinda de creer, crecer y crear a las personas. Tan solo quedaría la esperanza de saber que la literatura ha salido ilesa de todas las destrucciones y tormentas de que ha sido objeto desde siempre. Sin ella, el lenguaje periodístico no hubiera crecido tanto. La prensa literaria y la literatura en la prensa han sido en buena medida espejo del desarrollo de la sociedad, y viceversa, aunque este desarrollo se ha debido más a emprendimientos personales que a un estado de pensamiento general.

Sería obvio recordar, sin ir más lejos, en el caso español a Larra, Bécquer, Ortega y Gasset o Azorín, pero en otros casos, no se puede prescindir de referenciar a Milton, Defoe, Swift, Schiller, los hermanos Schlegel, Tieck, Sartre, Camus o Faulkner, que pusieron –todos ellos– su granito de arena fundamental para el desarrollo de la prensa moderna. Y sin embargo la prensa literaria fue siempre cosa de minorías, como seguirá siendo. Minoritaria, sí, pero de una trascendencia innegable.

Demasiado a menudo se encuentran personas que solo desean acumular información. Es un padecimiento de nuestros días, en que se olvida que si no hay vuelo no hay eso que tanto hoy se desdeña y aparta, literatura, el ejercicio de la mentira capaz de hacerse más verdad que la verdad que de forma individual cada uno conoce, sin la cual, se quiera o no, la vida se agota, se termina desvaneciendo y corre hasta el peligro de desaparecer.