Aquiles o El guerrillero y el asesino, de Carlos Fuentes

Por Guillermo Fajardo.

Con la intensidad del fervor adolescente por encontrar ídolos me encaminé hacia Carlos Fuentes (1928) con la naturalidad del que descubre que los abismos no son necesariamente sitios peligrosos para los que poseen paracaídas. Con Fuentes, hasta hace algún tiempo, no era necesario tenerlos y ni siquiera pensar en ellos porque la caída era suave. Después vinieron novelas como Adán en Edén, la densa pero alambicada La voluntad y la fortuna, el extraño caso de Federico en su balcón, Carolina Grau y ahora la incompleta Aquiles o El guerrillero y el asesino. Se entra a casa ajena de puntillas y con los modales bien puestos. Yo entraba a las narraciones de Fuentes emocionado por encontrar lo que hallé en tesoros como Aura, El espejo enterrado o La región más transparente. Ahora, sin embargo, no sé cómo entrar a sus recintos.

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Aquiles o El guerrillero y el asesino posee la imaginación del escritor puesta en la mirada de los personajes que siempre quieren tener el poder suficiente como para imponerse, el apuro por compartir lo que sabe y una prosa pulida que rescata lo que le falta a la narración. Los mejores momentos de la historia que vuela entre la novela y la memoria son aquellos en los que Fuentes rescata a ‘Filópater’ -el cura que en La voluntad y la fortuna instruye a ‘Josué’ y ‘Jericó’, más adelante ‘Cástor’ y ‘Pólux’- quizá porque ya tenía perfectamente bien delimitados todos los elementos del personaje. Esta novela no interioriza sus postulados -el de contar la historia del guerrillero Carlos Pizarro- y más bien luce nerviosa e inconexa. Solamente agarramos las migajas.

Es claro lo que Fuentes quería hacer. El problema no es la falta de dirección sino que la hibridez de la historia -ningún defecto si se sabe manejar ¡y estoy seguro que Fuentes sabía!- obstruye continuamente la narración. El capítulo 3 es sintomático de lo que le sucede a la historia: una especie de collage en donde entran referencias al presente indígena –“Amar en abstracto a la indianidad, despreciarla en concreto: ésta es la cruz del racismos criollo y mestizo mexicano”- algún recuerdo de Alfonso Reyes, frases que se antojan epígrafes -“…al morir no perdemos el futuro: perdemos el pasado”-y conexiones con Colombia a través de personas y lugares. No hay mucho más. El lector no posee ninguna guía de supervivencia para entrar a la historia colombiana, al pasado de los personajes, a la humanización de los conflictos.

La historia avanza confusa, con las sombras de los protagonistas que Fuentes imaginó pero no con la huella definitiva de una novela terminada. Son los ladrillos, se asoma a veces la construcción pero nunca se avizora por completo la casa. Tenemos a un Fuentes incompleto. Cuando la novela parece arrancar a partir de la intervención del padre Filópater de pronto vuelve a caer porque Aquiles no aparece como cruzado, mártir, guerrillero o amante. Aquiles se encuentra tras los biombos de la imaginación de Fuentes y ahí está atascado, queriendo salir, de pronto sacando la cabeza pero escondiéndola de nuevo. No se le ve el fusil, tampoco las ideas. Al igual que la historia, su personaje principal resulta displicente con el lector. Está y no está ahí.

La obra de Carlos Fuentes es un compendio y un carnaval tan vasto que las montañas que se distinguen contrastan con las honduras y los abismos a los que hay que entrar con paracaídas ante la exigencia de un brusco aterrizaje. La experiencia de un lector y el gusto que nos genera leer a ciertos autores tiene que ver con los contrapesos que les ponemos: no es ningún acto de injusticia -a menos que nos guíe un apetito voraz o la tarea necesaria de la crítica- no volver a los libros que nos entusiasmaron debido al temor de encontrarlos inferiores. La nostalgia por las historias que nos enfebrecieron funge en ocasiones como un contrato cerrado. Con algunos autores, sin embargo, nunca pasará esto y el lector tendrá su lista de sospechosos. La literatura es tan generosa que ya es lugar común pensar en los clásicos como materia que se reinventa. Gracias a Carlos Fuentes yo crecí imaginando historias y espero hacerlo durante mucho tiempo.

Esta deuda eterna, personal e intransferible no implica claudicar ante sus libros.

Fuentes, Carlos. Aquiles o El guerrillero y el asesino. México: Alfaguara/Fondo de Cultura Económica, 2016.