Ojos en la sombra, de Jaime Muñoz Vargas

Por Hugo César Moreno Hernández.

Aquello de lo que nos apoderamos, en el sentido más simbólico de la acción de apoderarse, tiene un juego circular en la constitución de nuestro ser. Por un lado, nos apoderamos de aquello que nos habrá de constituir, por el otro, es según nuestra constitución el carácter de aquello que nos apoderamos. Nos hace y lo hacemos. Así pasa con las ciudades, con las literaturas, con los empleos y oficios. Somos lo que somos, parece decirnos en cada cuento de Jaime Muñoz Vargas. Nos definimos en positivo y negativo. El amor a las letras, un amor aparentemente absurdo, algo más parecido a una vieja pose de personaje de autor obsesionado con personajes escritores que no escriben porque, a la postre, todo escritor quisiera no escribir para no derramarse sobre las páginas, decía, el amor a las letras se desdobla en la necesidad de supervivencia. Ese amor está presente en cada cuento. En cada uno, muy a su manera, las letras circulan en la subjetividad de los personajes en ese doble juego constituido-constituyente. Los títulos de las tres secciones que dividen el libro (frustraciones, apetencias y puentes) sirven de advertencia para indicar ese juego.

Cuando nos apoderamos de una obra, de una ciudad, de un oficio, decidimos no hacerlo con aquello opuesto o que está viajando en sentido contrario y nos creamos también en esa ausencia. El filósofo precoz, el doctor en literatura, el aspirante a escritor, el escritor de bar, el poeta de barrio, comunicadores sin voz, exiliados y viajeros, todos ellos se definen en función de aquello que les fascina y aquello ausente.

ojos

Ojos en la sombra es el mejor título para expresar ese lado ciego del ser. El lado no visto, el lado oscurecido por nuestra disposición para desbarrancarnos sólo por una dirección, incapacitados para estallar en un infinito de puntos hacia el infinito de posibilidades. Y sin embargo, capaces de trasladar nuestras frustraciones y apetencias hacia otros. Siempre hay puentes en estos cuentos de Jaime Muñoz: el investigador y la secretaria, Socorro, ‘Socorrito’, en mis malos viajes de vida oficinesca Socorro ha sido el mejor nombre para una secretaria cuarentona y soltera. Así se llamaba aquella secretaria de mi primer trabajo de oficina: ‘Socorrito’. Sin embargo, lejos estuve de una affaire con ella, pues la relación fue más maternal que sexual. ‘Zaratustra’ es el personaje al que viajamos gracias al buen amigo, ‘Carmelita’ es la imagen de un depredador de historias. Salvador Allende el puente más bello entre dos amigos separados por el tiempo y el espacio, apegados a sí mismos por un discurso, una fecha, un anhelo, la posibilidad del reencuentro.

La última sección de Ojos en la sombra, Puentes, vincula los amoríos literarios de Jaime Muñoz Vargas con personajes sudamericanos inscritos en el drama de las dictaduras militares, un boxeador que admira a un pugilista argentino ‘Oscar Natalio Ringo Bonavena’ porque sabía perder con dignidad frente a los grandes, y un turista que de manera vergonzosa se entera de las cualidades genéticas de las grandes urbes. Esos puentes son largos y llevan a la presencia de la diferencia con tersa amabilidad, son el puente que desnuda al autor, resultan en una clara declaración de principios estéticos, una aceptación sobre el cómo Jaime Muñoz Vargas entiende y crea literatura. No son altivos, no son arrogantes. Son potentes y verdaderamente honestos. Ahí el autor describe aquello de lo que se ha apoderado, aquello que lo ha hecho lo que es. Por eso mismo, más que una especie de curriculum, es una postura ética.

Ojos en la sombra, según lo confirma el mismo Jaime Muñoz, es una especie de recorrido escritural, un mapa o radiografía o excavación sobre lo que es un autor, sobre quién es este autor, un ejemplo de la producción de un estilo y una obra. Un portal que necesariamente torna en invitación para explorar lo escrito entre los tiempos de estos cuentos.

Muñoz, Vargas Jaime. Ojos en la sombra. México, Conaculta, 2015.