La felicidad es un arma caliente, de Víctor Ruiz Velazco

Un hilo amargo pasa por debajo del escenario que conforman los ocho cuentos de La felicidad es un arma caliente, de Víctor Ruiz Velazco. Se trata de una mancha silenciosa que aparece de pronto para enturbiar la normalidad de quienes habitan esos textos, normalidad que de tan larga y calma, parece eterna. Así, inmersos en dicha ignorancia, los personajes esperan una clase de manejo por parte de su padre, viajan debido al trabajo o a ese paseo aplazado que se realiza al fin, comparten un departamento mientras asisten a la universidad. Transcurren, despreocupadamente, bajo el velo de lo cotidiano.

Sin embargo, en este volumen tal cotidianidad no es sino un caldo de cultivo para las separaciones, como el autor lo refleja en los relatos Una lección de manejo o No todos los pájaros vuelan al sur, por ejemplo.

En el caso de Una lección de manejo, la voz en primera persona de Antonio Jesús recuerda el tiempo durante el que tiene doce años y el divorcio, tres años antes, no cambia la relación con su padre, quien sigue recogiéndolo en la escuela. Aquí el autor plasma la época que muchos vivimos, a mediados de los noventa, cuando interrumpíamos alguna clase o corríamos a la cafetería de la escuela para ver cómo iban los partidos del mundial. Es 1994 y a ‘Antonio’ sólo deben decirle que la escolta tiene práctica para que interrumpa, incluso, un examen de matemáticas.
Pero pronto el escenario será otro, y al adolescente le quedarán unas cartas nada más: las devueltas por el correo, que en el extranjero ya no encuentran ni a su abuela ni a su padre, y el trozo de papel quemado que es la nota de ‘Blanquita’, una tímida niña de su salón. Ambos, la niña y el hombre, han de desaparecer, más que irse, éste cuando viaja a Canadá para cuidar de su padre moribundo, y aquella cuando la cambian de escuela y después, cuando un domingo muestran fotografías suyas en un reportaje, a su madre, pidiéndole a su ex marido, entre lágrimas, que devuelva a la niña.

En No todos los pájaros vuelan al sur la separación se da entre un niño de siete años, ‘Humberto’, y la mujer que ha cuidado de él, ‘Aleida’, o ‘Ali’. El narrador en segunda persona entrega al papel dos vidas difíciles, la primera dedicada al cuidado de familiares que no saben agradecer ningún esfuerzo, y la segunda, también al abrigo de aquella, rodeada de frío, de voces que la hacen sentir ajena y la humillan, obligándola a permanecer de bruces para saborear un poder ilusorio, a un tiempo real, y para darle cuerpo a la certeza de que siempre habrá seres inferiores, susceptibles de ser pisoteados por cualquiera, incluso por quienes carecen del poder económico o social que hace creer que la categoría de los demás está por debajo de la propia.

Lo que llama la atención aquí es que el escape de ‘Humberto’ no es un alivio, sino una punzada en el pecho, algo doloroso, pues su madre llegará a separarlo, sí, de un lugar inhóspito, pero también del único cobijo que el niño ha conocido, de la amiga que también fuera nana de esa extraña que vuelve de los Estados Unidos para llevárselo.

Otra separación padre–hijo se nos entrega en el cuento que cierra el libro, This Land Is Your Land. De nuevo tenemos la cotidianidad, aunque aquí se trata de una un poco distinta debido a las ausencias del padre, las cuales, de tan frecuentes, se han hecho normales. El personaje, ‘Manuel’, entonces niño, no pregunta nada y en cambio prefiere pensar en su padre como en el mejor espía del mundo, alguien lejano a los aburridos padres de sus amigos.

La vida de ‘Manuel’ es similar a la del ya mencionado ‘Antonio’: tiene actividades con su padre, e incluso hay una ‘Blanquita’ –quizá la misma que antes cambiara de escuela–, destinataria de un casete que ‘Manuel’ ha grabado y escucha para asegurarse de que en esas canciones están sus sentimientos, completos, antes de entregárselo a la niña, como ‘Antonio’ hiciera al inicio del libro con una carta.
Sin embargo hay diferencias con el cuento inaugural. This Land Is Your Land está narrado en segunda persona, esa conciencia que le habla al adulto, recordándole su alejamiento con respecto a su padre, la muerte de éste y sus repentinas llamadas telefónicas. Además, queda la sensación de que muchas ocasiones es preferible la duda sobre el conocimiento, y más tratándose de la vuelta de tuerca con la que cierra este texto, detalle que, si bien está inmerso en el título, es inesperado para el lector.

La conclusión de otro tipo de relaciones la tenemos en La edad perfecta y Tres amigos. Aquí se trata de parejas, también de un amigo que debe mudarse. En el caso de Tres amigos, la presencia de ‘Mariana’ en el departamento que comparten Lalo’ y ‘Felipe’ es la que detona la partida de este último. Al principio más una visita, la novia de ‘Felipe’ que se convierte en ex para luego ser pareja de ‘Lalo’, ‘Mariana’ va entrando poco a poco en la cotidianidad del departamento como si fuera tomándolo para ella sin que ninguno de los jóvenes lo perciban. “De pronto, sin que Felipe pudiera darse cuenta en qué momento exactamente, Mariana ya vivía en su casa”, nos dice el narrador en tercera persona para luego hacer un recuento de las acciones de la invasora: va de la sugerencia al aviso de una compra, de un cambio en la decoración, con lo cual el departamento pasa de ser el sitio que comparten ‘Lalo’ y ‘Felipe’ al ideal de casa que ‘Mariana’ aspira tener.

El cuento, como otros, cierra con una escena en proceso, con la nostalgia de un atardecer que transita hacia la noche y tres personas que no se levantan a presionar el interruptor de la luz. Parece como si, a fin de cuentas, no quisieran separarse, aun habiéndolo decidido.

La despedida en La edad perfecta da la impresión de ser más definitiva, aunque, como en Tres amigos, se quede más en algo por llegar. Esto se debe, quizás, a que Ana y Héctor hablan diferentes idiomas en cuanto al significado del amor, al hecho de permanecer juntos. “El amor, pensaba Héctor, era una enfermedad que podía evitarse cuando se hallaba algo bueno, y lo que tenía con Ana lo era”, escribe el autor, en contraposición con los sentimientos de ‘Ana’, quien durante ese viaje de tres días a Ica le dice a su pareja: “Necesito que me ames, Héctor. Y tú no puedes hacerlo, eso ya lo entendí”.
Lo anterior, libera a ‘Héctor’ de sus obligaciones laborales como redactor de un periódico y en la soledad de un autobús, en la calma que regala un tiempo de asueto, se hace más evidente, y entonces no queda nada más que el silencio, un silencio plagado de frases no dichas, de “hubieras” que esperan las palabras del otro, las de ‘Ana’ en este caso.

Dos cuentos a contracorriente son El lugar más horrible y Mujer con perro. Aquí la cotidianidad trae consigo no una separación sino un reencuentro que podría volverse un regreso. En Mujer con perro el encuentro es presencial: después de casi cuatro meses de separación, ‘Raquel’ está en el umbral de la puerta de ‘Harry’, con un pequeño perro en brazos, al que escuchó llorar en una caja donde yacían otros dos cachorros, muertos.

En el caso de El lugar más horrible se da por medio de un correo electrónico y de una llamada a punto de realizarse cuando el autor coloca el punto final. Aquí el entorno parece conspirar contra un personaje sin nombre, viajero por asuntos de trabajo, quien con sólo recibir el golpe del bochorno fuera del aeropuerto siente que odia el lugar. No le dará oportunidad a ese sitio, lo sabe, y a cambio la ciudad le responderá con lluvias e insectos, con un aire acondicionado descompuesto y una reunión que se pospone. Tiene suerte, le dice su asistente a través de un correo electrónico, al disponer de más tiempo puede ir a distraerse al muelle. Pero no habrá tal diversión, ya que este viajero es más una especie de ermitaño que no sale de los hoteles ni entabla conversación con nadie, fuera de la absolutamente necesaria. A lo anterior se suma el odio por un trabajo que, además de obligarlo a empacar y desempacar, termina dejándolo solo.

Hasta este sitio llega el largo mensaje de ‘Yerma’, quien pide a su ex pareja que hablen por la noche, alrededor de las once (llama la atención el nombre de ella, pues remite a un lugar desolado, y en el cuento de Víctor Ruiz Velazco parece ser más el reflejo del personaje masculino que la palabra que designa a quien trae un poco de luz). ‘Yerma’ estuvo más de seis años junto a él, lo dejó como consecuencia de la falta de comunicación, y ahora vuelve para ser algo parecido a una esperanza, el contrapeso de lo que rodea al hombre, tal y como ocurre muchas veces fuera de la ficción, porque no todo, por fuerza, debe ser adioses u oscuridad.

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Ruiz Velazco, Víctor. La felicidad es un arma caliente. México: Librosampleados, 2016.

_____. Perú: Animal de Invierno, 2014.