Cuentos y cachonderías, de Patricia Fernández Chávez

Por Judith Castañeda Suarí.

En el primer libro de Patricia Fernández Chávez el lector encontrará un entramado de textos cortos, variopintos en su tema pero con la característica en común de estar construidos, en su mayoría, con un lenguaje coloquial.
Sin embargo, y pese a su diversidad, en Cuentos y cachonderías podemos distinguir un par de rutas distintas. Por la primera de ellas transitan textos breves, extraídos de las vivencias de la propia Hernández Chávez, si hemos de atender al prólogo de Guillermo Mendoza, que escribe: “Por una parte se trata de un carrusel de historias que experimentan en diversos subgéneros del cuento y, por otra, de ciertas reflexiones y relatos autobiográficos de la autora”. Dichos textos dejan entrever a alguien que atravesó problemas de índole emocional, una persona cuya escritura es un medio para afirmar que dichas dificultades han quedado atrás, una herramienta de sanación, por así decirlo.

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Dentro de este conjunto podemos considerar Reencuentro conmigo, Reflexiones en una tarde de lluvia, Recomponiendo veredas, La brújula, Anhelo, De niña a mujer, Amores gatos o Estimada señora…, con los que la autora hace patente tanto su intención de superar los obstáculos como los sentimientos que le genera lidiar con esa problemática. “Nací, y de pronto me perdí en mí misma”, “se me ocurre que algo resuena dentro de mí, al visualizar a un imponente jerarca de los mares atrapado en un diminuto acuario dónde todo su poder se va perdiendo en cada uno de los inútiles giros que da perpetuamente, como buscando una salida”, “Así son las tormentas, me dije, y así debo ver los huracanes que a veces la vida desarrolla para mí, para ver qué tan fuertes son mis raíces”, confía la narradora al papel, y nosotros intuimos la sensación de vacío que muchas veces gobierna nuestras vidas, el hecho de no contar con un objetivo hacia el cual dirigirnos, pero también presentimos una puesta en marcha próxima, una no resignación a dar vueltas y vueltas en el mismo sitio, sin otra finalidad que seguir girando.

Sin embargo los cambios, en muchas ocasiones, se reciben más como la molestia que significa abandonar la zona confortable, con temor. Un ejemplo está en el cuento La peque: “–¿Qué me pasa? –se preguntó–, ¿dónde están mis lonjitas verdes tan suavecitas? ¿Por qué tengo patas largas y estas cosas grandes como abanicos que salen de mi cuerpo? ¡Ay!, si las extiendo me llevan por el aire y… ¡tengo miedo! ¡No me gustan! ¿Qué voy a hacer?”

En el segundo grupo tenemos una serie cuentos donde la autora refleja anécdotas cotidianas a través de un lenguaje que vuelve fluida la lectura, en la mayor parte de los casos. Y es aquí donde encontramos los textos más logrados del volumen.

En algunos de ellos, se muestran al lector situaciones en las que prevalece el deseo de aparentar y la ostentación. En Por la belleza, la autora plasma un momento cotidiano dentro de un salón de belleza, durante el que se recibe una llamada telefónica de Doña Altagracia, quien asistirá a la confirmación de su nieta Sofía y le urge que le peinen el chongo. A lo largo del intercambio con la que intuimos la dueña, Concha, Altagracia muestra la personalidad de aquel para quien las marcas lo son todo: su cabello debe ser digno de una de las damas que forman parte de la Congregación de Santa Rita, tiene las uñas de los pies tan largas que no le entran los zapatos que se compró en El Borceguí “hace apenas diez años”. Por otro lado, en el local de su interlocutora también se guardan las apariencias: los martes el salón de belleza está cerrado, pero Concha no limpia ni desinfecta los peines, como afirma al teléfono, sino que recibe a tres mujeres que trabajan en el “teibol” que está a la salida del pueblo. Así, Cuca, Gudelia y Laura –Yamilet, Amaranta y “la Princesa Xochilté”–, entran por la puerta trasera del establecimiento luego de anunciar su llegada con golpes leves. Es entonces cuando la autora nos muestra que el afán de aparentar no es exclusivo de Doña Altagracia: Concha soporta apenas a su clientela –Por poco y no puedo recibirlas, pues hay confirmación en la iglesia y todas las viejas querían venir, les dice a sus clientas de martes– y sus pensamientos finales, luego de limpiar y escombrar su local, son para los hombres del pueblo, “quienes gozarían con la belleza que ella produjo con sus manos…”

Esta doble moral también se hace presente en De los siete, siete y más. Aquí, Jacinta y Chole son dos beatas que llegan a la iglesia a preparar y ayudar en la misa de siete. Luego de la ceremonia, del semblante de decepción por lo exiguo de las limosnas y de una confesión que las hace sentirse “redimidas y limpiecitas”, se encuentran en el puesto de Doña Margarita, desayunan y ven pasar la mañana del pueblo con frases como: “¿Ya conoció usted a la nueva maestra?”, “Sí, ya la vi, está rete bonita la chamaca, tiene una cintura que va a volver loco a más de uno. Yo digo que con un cuerpo así no puede tener el alma limpia”, “¡Qué pan ni qué nada! Vaya a pedirle pan al borracho de su padre”, “Pero qué descaro de vieja, saludarnos a nosotras que despedimos olor a santidad, cuando la otra noche la vi con Francisco en lo oscurito de un zaguán besándose sus bocas y no dudo que frotándose sus partes…”.

Pretensiones de otro tipo, más de orden material que del espíritu, se hacen presentes en La boda, en donde Francisco recibe una invitación que en sí misma es “una muestra de buen gusto y elegancia”. Ésto es sólo el inicio: “reconoció el lugar del evento como uno de los más prestigiosos de la ciudad, precedido de una ceremonia en catedral, oficiada por el propio obispo de la entidad. Y ni hablar de la novia, ya que el apellido que iba a cambiar por el de Emilio, adornaba las etiquetas del tequila más buscado por los conocedores y que ya era exportado a casi todo el mundo”.

Lo anterior pone en marcha el deseo de quedar bien de Francisco; no, “súper bien”, ante unos conocidos, no amigos, que en tiempos de la Universidad Aztlán, campus Guadalajara, lo apodaron Tlaconete por lento y baboso. Pero ni esto ni la actual lejanía con esos antiguos compañeros importa; lo fundamental es la fachada que el personaje va a plantar delante de los otros. Y entonces vienen unos préstamos del sindicato y de sus padres, la tarjeta de crédito, la disposición de fondos destinados a las vacaciones en Puerto Vallarta; “una cantidad enorme para él, pero insignificante para afrontar el convivio”, un castillo de papel incapaz de sostenerse por mucho tiempo.

En la cotidianidad que la mayor parte de los cuentos refleja, resalta el escenario de Entre sangre y hierbas, donde castillos, monasterios y batallas con la finalidad de adueñarse de tierras vecinas hacen aparición, donde las únicas curas para las heridas de los soldados son el estiércol de vaca, las plegarias y la amputación de un miembro ya infectado; eso y la muerte sin remedio.

Aquí, Patricia Fernández retrata la soberbia de quienes se dicen los representantes de Dios, un grupo de monjes que atiende a los heridos en un monasterio de la Escocia rural. Hasta ahí llega ‘Adele’, madre de ‘Charles Stewart’, pidiendo llevarse a su hijo a cambio de una donación. El abad acepta y le ordena a ‘fray Mathew’ acompañarla para “velar por el bien del muchacho, orar por él y recoger el generoso donativo que recibirá el monasterio”.

Lo que llama la atención del cuento es la reacción de ‘fray Mathew’ estando ya en las afueras de la aldea, donde el soldado vive junto a su familia. Ahí descubrirá remedios distintos a los usados en el monasterio: para aliviar un estómago indispuesto, el corazón, el insomnio y para cicatrizar las heridas, evitando su putrefacción, caso del cataplasma de corteza de sauce; ahí, también, la sospecha de brujería ha de trenzarse con el deseo de poner en práctica dichos remedios: “Él quería ayudar a los enfermos a sanar… pero las mujeres eran el diablo y no sabían nada; sin embargo sus ojos no lo engañaban, ahí mismo podía mirar a varios soldados vivitos y coleando y él tenía que saber”.

Por lo regular, y dados el escaso conocimiento y la superchería de la época, este tipo de narraciones se precipitan hacia una condena inmediata, hacia una prisión y una hoguera. En el caso de Entre sangre y hierbas no es así, pues si bien al final se enciende un fuego para terminar con el hato de remedios que fray Mathew lleva consigo a su regreso al monasterio, se hacen presentes no sólo las ansias de aprender sino la duda y quizás, el reconocimiento de la mujer, en general, como depositaria de un saber que antes se pensaba exclusivo de los hombres, de los hombres de Dios en particular: “Todas las noches, el aprendiz de sanador, caía de rodillas implorando a Dios perdón por la ignorancia con la que trató a tantas personas que no sobrevivieron, y Su ayuda para descifrar como era que unas mujeres, y brujas para colmo, podían tener los dones para sanar y ser tan buenas personas”.

Fernández Chávez, Patricia. Cuentos y cachonderías. Sediento Ediciones, 2016.