La tecnología, el arte y el hecho de vivir

Desde su nacimiento, la literatura ha estado relacionada con la tecnología. La poesía oral requería unas determinadas estructuras basadas principalmente en la repetición, con una finalidad no sólo estética sino también mnemotécnica que facilitara la comunicación; así, la tecnología de la comunicación oral se puso al servicio de la poesía, como también se puso al servicio de la oratoria. La escritura es una tecnología que muy pronto se pone a disposición de la literatura y de su comunicación, permitiendo que ésta pueda proyectarse en el espacio y en el tiempo (…) En la comunicación literaria, la tecnología ha contribuido a que las obras literarias lleguen a más receptores, no sólo por la superación de los límites espacio-temporales de los contextos, sino también por la eliminación de obstáculos y dificultades en la obtención de algunas obras literarias, que, por estar agotadas o por ser de muy difícil localización, son leídas gracias a que se encuentran en bibliotecas o en repertorios virtuales. Las modernas tecnologías tienen una relación muy estrecha con la comunicación textual. La función de las nuevas tecnologías de índole digital o informa?tica ha contribuido de manera decisiva a la difusión de la literatura, como también ha contribuido a la difusión de los discursos retóricos. Las modernas tecnologías han permitido, además, un tratamiento de las obras literarias que no había sido posible anteriormente (…) A la vez, han hecho posible unas nuevas formas de literatura, unas obras que no podrían haber sido creadas sin la ayuda de la tecnología digital. Todo ello implica nuevas posibilidades no sólo de producción literaria (…).

(Tomás Albaladejo Mayordomo, en: “Literatura y tecnología digital: producción, mediación, interpretación“)

La relación entre arte y tecnología hace pensar que es posible mezclar el agua con el aceite, que el espíritu humano es capaz de superar retos en apariencia inalcanzables, que la capacidad tanto de pensamiento como de creación artística del ser humano apenas ha comenzado a dar sus primeros frutos y que, como escribió el filósofo y escritor español Ilia Galán, la Naturaleza, que es fundada en lo absoluto, vuelve hacia lo infinito a través del arte, por lo que el hombre se enraíza de nuevo con el fundamento, entre otros medios a través de la imitación no ya de la naturaleza misma sino de su profundidad –o carga de profundidad si se prefiere–, para que de este modo se despliegue la totalidad de la historia, de modo que es en el arte en donde se funden Naturaleza y Espíritu de una forma elástica, viva, y definitiva. Ello permitiría vislumbrar con cierto grado de certeza que cada ser humano tiene intacta su capacidad de nacer, de regresar, de volver a la belleza, de recuperar la desnudez de manera permanente, así como toda su potencialidad en aras de una vida primigenia y única y original a la vez. Dependería de cada cual que lo que haga, en la medida en que pueda estar dotado de un cierto tipo de trascendencia, esté en la búsqueda de una inmanencia única y personal que en realidad, hoy por hoy, es menos prescindible que nunca, dado que es la verdadera clave para transformar con eficacia el mundo.

La única condición para ser artista es ser persona. Si no se es lo segundo no se puede ser lo primero. Si aun así cualquiera pudiera considerarse a sí mismo artista lo que en realidad sería es un monstruo. Ser persona antes que artista está en la raíz de la propia capacidad de ser, vivir, vibrar y experimentar como cualquier otro, aunque siendo igual sea diferente. Razones que pueden entenderse como oscuras pero que son de una gran claridad y llevan al final a cada cual a un axioma de sabiduría: los otros son los míos, y por ello los nombro y los reconozco.

A veces las cosas no son lo que parecen. Equivocarse es fácil, igual no al grado de lo que le pasó a la paloma del poema del poeta español de la Generación del 27 Rafael Alberti: “(…) Creyó que el trigo era agua. Se equivocaba./ Creyó que el mar el cielo;/ que la noche, la mañana./ Se equivocaba. (…)”, pero sí con una recurrencia más que notable que se convierte en un elemento condicionador de la vida de cada uno. Se crea lo que se crea, el propio hecho de vivir en la totalidad de los casos es asunto y trasunto pluridisciplinar, multiintencionado y transversal, e incluso global y globalizante, por simple que pueda ser. Todo ser humano debe emprender muchas o pocas veces, con consciencia o no de ello, acciones creativas, por la sencilla razón de que así es la vida. Y lo cierto es también que nadie es robot, pese a que muchas veces pudiera parecerlo. Después de tantas muestras como existen al respecto, todavía hoy hay quien se echa las manos a la cabeza cuando oye hablar de la relación y la interacción entre la tecnología, la vida y la creación artística. Pero lo cierto es que el artista de hoy siente la necesidad de dar salida a las preguntas que se le presentan, muchas de las cuales son de siempre, aunque también muchas son nuevas, y en cuyas respuestas se ve abocado a poner en juego el ser y el sentido de su obra. Se puede reflexionar acerca de esto a partir del famoso comienzo de la Historia del arte de Ernst Gombrich: “El arte, realmente, no existe. Tan solo hay artistas”, pero también desde el comienzo de Una temporada en el infierno, en que Jean Arthur Rimbaud decía que una noche sentó a la belleza en sus rodillas, y la encontró amarga, y la injurió, o, desde la propia experiencia, por ejemplo, con la novela perdida de Julio Verne, París en el siglo XX, escrita en 1863 y extraviada después en una caja fuerte hasta que fue descubierta por un bisnieto del escritor y publicada en 1994, la más sincera –y puede que honesta– de las obras del considerado por muchos padre de la ciencia ficción, y en la que el de Nantes vislumbra un futuro pesimista para el progreso en el que la literatura y las humanidades en general han sido casi anuladas en el planeta en favor de una ciencia maximizada, desbocada y sacralizada. En esta novela aparece –dicho sea anotado por aterrizar por un momento en lo superficial– un sistema en el que a través del hilo telegráfico se pueden enviar documentos que se reproducen en papel en el destino, adelantándose al fax en un siglo. Fue la segunda entrega de Verne a su editor, tras Cinco semanas en globo, y éste la rechazó por disparatada e inmadura.

La tecnología es generadora de estímulos, y también para la creación artística del mismo modo que para la conservación del patrimonio cultural, que los artistas de hoy pueden aprovechar en beneficio de su intención creadora. La era digital entró hace ya tiempo de manera definitiva en la obra de arte, y si se tiene en cuenta que los datos y algoritmos son mucho más perdurables que las propias obras artísticas de cualquier tiempo, abre expectativas ilimitadas. La existencia de la tecnología en el arte no solo no debe suponer un dar la espalda a la tradición por parte de los artistas sino todo lo contrario, pues la tecnología digital aplicada a la creación y a la conservación de las obras no se entiende sin la tradición y no supone ruptura alguna. Desde el mismo momento en que el artista rupestre, sin ir más lejos, tomó los medios que tenía a su alcance y los utilizó para expresar sus creencias y sentimientos se produjo una especie de alquimia que ha llegado en plenitud de forma hasta nuestros días, en una tradición que podría tener mil caras pero que ni deja de ser la misma ni deja de evolucionar, basada en un diálogo que se articula en términos de investigación del lenguaje y los lenguajes con los medios técnicos de que se dispone. En ese sentido, el nuevo artista –que en mayor o menor medida ya es en parte sin remedio “tecnológico”– no es hijo pródigo que se va para no regresar a su casa, sino heredero interesado que nunca en realidad se fue.

La tecnología va modificando imparable todos los aspectos de nuestras vidas y quizá por su inmediatez o sus resultados prácticos por lo general nadie siente la necesidad de investigar los orígenes o la naturaleza de esta “revolución” inevitable tecnológica, qué subyace en ella, ante la que surgen alertas –y a veces dramáticas– cuando ya sus consecuencias son determinantes e incluso consideradas irreversibles. Y lo cierto es que ésta nueva –ya no tan “nueva”, por otra parte– realidad genera y ancla cambios generalizados de actitud y planteamientos de vida y de pensamiento, esto es, crea un cambio cultural del que de ningún modo puede sustraerse nadie, y ni siquiera el artista.

El “romanticismo” de muchos los lleva a renegar de la tecnología –cuestión muy diferente a la de los que se incorporan a ella con una premeditada y cautelosa lentitud–, y ese rechazo es un contrasentido y hasta una negación explícita de uno mismo, pues todos vivimos y somos en nuestro tiempo, y negar la posibilidad de vida en la tecnología, la asunción de esa tecnofobia, es asumir de algún modo la actitud del avestruz, la negación –incluso por omisión– del hallazgo. Y alejarnos de estar en posición de vivir, creer, crecer y crear con una trascendencia impregnada de inmanencia, y, por tanto, de transformar con eficacia el mundo.