Maese Pérez nunca se fue

El simbolista Gerard de Nerval cree “percibir las relaciones entre el mundo real y el mundo de les espi?ritus” y es precisamente eso lo que Becquer expresa en algunas de sus leyendas. (…) En “Maese Pérez”, en el organista mismo se realiza una correlación entre el mundo material y el espiritual. Después de su muerte fi?sica, e?l regresa en espíritu a tocar el órgano de su iglesia. Adema?s, como Kay Engler enfatiza, la coincidencia del momento de la consagración con el instante en que Maese Pérez muere, vuelve al diestro organista un “Master of the Two Worlds”. (…), los rasgos observados en las leyendas becquerianas en le concerniente al rechazo del materialismo, el culto a lo desconocido, la integración de le diabólico y lo divino y la mezcla de lo material con lo espiritual, colocan a Becquer a la par, si no un paso adelante, de los simbolistas franceses.
(Efrain Erasmo Garza: Las leyendas becquerianas: Gustavo Adolfo Becquer a la vanguardia del simbolismo francés. Lewiston, NY: E. Mellen Press, 2006, págs. 285-286)

Hoy cuenta que te cuenta contaré una historia que cuenta algo de mí y que me cuenta…

De pequeño no me llevaron nunca, pero ya con doce o trece años había ido varias veces. Me daba por aquella época por pasear hasta el agotamiento y aprenderme de memoria cada rincón de esa ciudad en que tuve que nacer, el nombre de cada calle, el detalle de casa esquina, cada balcón, cada patio… A veces creía descubrir sitios, y hasta estaba convencido de que nadie los había visto antes. Miraba sin descanso y no dejaba de ver, y dedicaba mis solitarias horas en mis tareas de aventurero en una ciudad que me parecía inacabable. Yo ya había leído a Bécquer, al que había llegado a través de Juan Ramón Jiménez, no en vano Gustavo Adolfo era vecino de mi barrio –su casa está a dos calles de la que era la mía– y quizá por ello no le presté la atención que merecía en un principio, pero el poeta de Moguer me llevó sin remedio a su encuentro. Supe después que el recorrido tradicional es el contrario, y eso reafirmó mi sensación de que yo era diferente. En realidad, no lo era; no lo soy. Y hoy es como si ni siquiera nunca hubiera leído a Juan Ramón, principiante como me siento en todo. Pero en aquel tiempo, ecléctico, me adentraba por Sevilla, como ahora –y cuando de modo físico no puedo lo hago con la mente–, y así veía y veo el mundo y estaba y estoy conforme.

De entre los muchos sitios que me alumbraban, siempre me llamó la atención el convento de Santa Inés. Me gustaba ir allí a misa, y siempre que lo hacía miraba con curiosidad de bibliófilo el órgano. Cerraba los ojos y me imaginaba allí al ciego. ¿Me lo imaginaba? No, lo veía como si pudiera tocarlo. Y es que podía. Y hasta escuchaba la música que nadie estaba interpretando… Tranquilos, que me hicieron muchos test desde entonces y durante mucho tiempo y, al parecer, vaya, no tuve nunca nada que fuera, al menos, reseñable… Pero yo veía al ciego y escuchaba el órgano. Son cosas que pueden pasar. Que pasan. Como pudo haber pasado que cualquiera de estas últimas nochebuenas yo fuera a la misa del Gallo al convento de Santa Inés, por esas calles que vuelvo a pasear –incluso de manera imaginaria– como hace más de treinta años, con el mismo pasmo, y saludara de forma leve con la mano, como me daba por entonces, justo antes de cerrar los ojos, a mi viejo amigo Maese Pérez –al fin y al cabo mi probable pariente–, el organista, y con ese saludo saludara de manera simbólica, de paso, también a tantos entrañamientos compartidos. Y hasta es posible que al maestro le hubiera dado por hacer una excepción y no solo tocara para mí, como fue siempre mi deseo tantas veces cumplido.

Eso pudo haber pasado, y de algún modo pasó en mi mente, retrotraída a ese tiempo que en la pasada Nochebuena se hizo nuevo una vez más, pero al contrario que años anteriores no pude acudir a la cita, aunque sí escuché, y con nitidez, el órgano. Estoy seguro de que en el convento –hoy monasterio– al menos una persona, hecha leyenda y fantasmagoría, me echó de menos. Debo advertir que hay quien asegura que Maese Pérez no ha dejado de tocar y toca, pese a todo, y a diario, incluso aunque no vaya al convento de Santa Inés. Que allá donde quiera que cualquiera se encuentre puede escuchar si es su deseo ese órgano que hoy, en apariencia, ya no existe. Y yo también puedo atestiguarlo.

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Les añado: Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla en 1836 y falleció en Madrid en 1870. Obtuvo el reconocimiento general después de su muerte. Perdió sus Rimas en 1868 y gracias a su memoria y las publicaciones donde algunas ya habían aparecido, pudo reconstruirlas. Fueron publicadas a título póstumo junto a sus Leyendas –entre las que está “Maese Pérez el organista”– en 1871. Poco después, siendo ya su obra reconocida en toda Europa, nació el movimiento simbolista francés. Hoy se le considera el primer poeta moderno en español y es incuestionable su influencia en la literatura posterior y contemporánea universal.

Y añado más: Para llegar a Santa Inés. Se puede ir volando, pero si su elección es ir a pie, les cuento: En el barrio de San Bernardo de Sevilla se ubicó desde tiempo inmemorial el matadero de la ciudad. Entre sus muros se alanceaban toros desde el siglo XVII. Allí nació a finales del XVIII la verónica de frente, el pase por excelencia que se hace con el capote, el trapo que se utiliza en el primer tercio de la lidia de un toro. Frente a San Bernardo se encuentra la puerta de la Carne, uno de los múltiples accesos a la ciudad, que estuvo amurallada hasta mediados del XIX. Nace ahí la calle Santa María La Blanca, a la que se deberá acceder en lugar de por allí por la calle Aire, donde nació Luis Cernuda, para caer a la de San José. A la derecha quedará la auténtica judería de Sevilla, en donde naciera Miguel Mañana, otro viejo entrañamiento, y a la izquierda se irá alejando el Alcázar y sus arrabales, hoy y desde comienzos del XIX conocidos como Barrio de Santa Cruz, en donde Santa Teresa fundara un convento de su reforma carmelita a finales del XVI y dijera aquello de que Sevilla era una ciudad imposible. Se llegará enseguida a San Nicolás, un cruce de calles, y de allí a San Pedro, una plaza frondosa que habrá que transitar hacia la parroquia del mismo nombre. Perderse en el ínterin está permitido. Al costado derecho de la iglesia conforme se mira sus pies, o sea, su fachada, nace la calle Doña María Coronel, llamada así en honor de la señora que se hizo quemar el rostro con aceite al no querer corresponder a los amores que le profesaba el rey Pedro I de Castilla, también llamado El Cruel, allá por el siglo XIV y que fundó el convento de Santa Inés, para terminar de preservarse del monarca, a quien por cierto sucedió en el trono su hermano bastardo Enrique II de Castilla, “el de las Mercedes”, fundador de la dinastía de Trastamara y antepasado directo de Isabel I de Castilla, mejor recordada como La Católica. Enseguida se encontrará el paseante a su derecha la puerta del convento, grande y estrecha… Tras cruzar el compás del mismo, se llegará al templo en que, según Bécquer, tocaba Maese Pérez, después de muerto y como en vida, de manera maravillosa, el órgano, todas las nochebuenas. Pero un día, ése órgano, ya demasiado deteriorado, tuvo que ser sustituido por otro nuevo. Y a partir de entonces Maese Pérez, según afirman todos, no ha vuelto. Sin embargo, yo sé que eso no es cierto, y cierro los ojos y lo veo y oigo su música y espero que ocurra… Y ocurre.