Ningún reloj cuenta esto, de Cristina Rivera Garza

Por Hugo César Moreno Hernández.

Entre cartas de amor, amores de esos incapaces de morir, amores de esos incapaces de sobrevivir, amores innombrables, tactos irreconocibles y malformaciones sintácticas, el reloj queda mudo en su tic tac, deja de atosigar porque se halla en una dimensión sin tiempo. Hay marcadores diacrónicos: los años, los hijos, las arrugas y los anhelos imposibles. Hay tajos de tiempo, pero no un devenir lineal. Cristina Rivera Garza cuenta lo que el reloj quedó incapacitado al quedar convertido en espectador. Diamantina vuela con aroma a letras y el hombre que siempre soñó es parte de la ingravidez onírica, mientras otro es el sueño que nunca quiso soñar, por ello imaginó como realidad.

Una mujer no logra lanzarse al abismo, prefiere volver a las catacumbas para emborracharse con los recuerdos y hablarse de tu con el pasado. Otra mujer, sirena de montaña, engatusa a quien no necesita vivir una aventura, si es que existe alguien que no necesite vivir alguna aventura, aunque ésta sea en una consola de videojuegos. Otra mujer se enamora de una enamorada hasta descubrir que ese amor fue pura letra, pura lágrima. Por eso su amor debe tornar en la ausencia de la tardanza de una misiva sin destinatario. Ningún reloj cuenta esto, no se avergüenza de sus mujeres ni maltrata a sus hombres. Los obliga a encararse y desnudarse, a veces con violencia, una violencia leve, sencilla, casi amable. Las mujeres de Cristina Rivera Garza cuentan lo que el reloj no. Son maravillosas, portentos mágicos y su misterio no se resuelve con la carne. La sirena hace el amor con parsimonia, sin canto ni fauces, destruye a su presa desde la lejanía, con candor. La víctima, el hombre, saborea cada diezmo provocado a su cabeza y cuerpo. Goza y sufre por el gozo y la irresolución del misterio. La otra mujer no grita, no exige explicaciones. Entiende.

Son bellísimas estas mujeres. Carecen del supuesto estructural de lo femenino, ese dramatismo histérico que se les endilga. En Ningún reloj cuenta esto las mujeres no caen en ese supuesto y los hombres, salvo alguno en su calidad de personaje villano, tampoco se estrellan en la masculinidad dominadora. Incluso se dejan dominar y cuando se alejan de la férula femenina, sucumben. Llegan a lo último. A un lugar último. A un momento último.

images

Cada cuento de Ningún reloj cuenta esto alude en su forma a la cita final del libro: a ese momento en que termina el día, cuando el trajín nos ha desbordado y entonces podemos esperar el despliegue de una oscuridad candorosa, esperando el sueño feliz o la pesadilla, entremezclados por la necesidad de la piel ajena, aquella que nos llene de hastío y, por ello, le diga al reloj cómo seguir su tic tac sin sentirse arrumbado en la soledad del mutismo. En el frío de Toluca o Nueva York, en las calles del centro de la Ciudad de México o en la más derruida de las terminales de tren, incrustada en el fin de un mundo conocido, es el encuentro de almas sensibilizadas por el otro quien puede producir el texto, el cuento y la sensación.

De esta manera, cuando la sirena afirma “eres el hombre que siempre soñé”, él pudo ser el hombre que siempre soñó, que nunca despertó, que siempre estuvo pendiente de sus deseos, soñando complacerlos. En ese impasse, la alegría de la ausencia del tiempo logra, en la parsimonia del desvelo y la destrucción de las relaciones, la ilación de estos cuentos de ensoñación fascinante.

Rivera Garza, Cristina. Ningún reloj cuenta esto. México: Tusquets, 2007.