Habida cuenta

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Blog: Capitular
Habida cuenta

Por Luis Bugarini

 

Nocturno diurno

El escritor que camina se ha vuelto otra superstición del mundo literario. Así como lo fue el autor loco, místico, enfermo o drogadicto. Como si no fuese posible imaginar aquello que nos aporta la experiencia de una caminata. Falta un autor que reivindique los poderes genésicos de la inmovilidad y el pasmo, capaz de mirarse en el espejo y renunciar a transformar el acto en lenguaje ordenado con aspiración estética. Si bien es cierto que una caminata se inicia con entusiasmo, lo natural es que nos deje fatigados para emprender cualquier otra actividad. No se escribe con los pies, en lo general, aunque un padecimiento reumático o una limitación derivada de un accidente puede desarrollar cualidades superiores. Denostar a un escritor al culparlo de que escribe con los pies (o las “patas”, según la diversidad idiomática del agresor) puede ser un elogio involuntario. Una discapacidad también es una invitación al desarrollo. Un individuo que tiene mala visión nocturna buscará realizar sus actividades con luz solar, lo que implica acelerar el paso y hacer todo lo mejor posible para evitar repetirlo. Kafka era un escritor nocturno. Su trabajo de oficina en una sociedad mutualista le absorbía la mayor parte de las horas diurnas. Cabría preguntarse cuántos nocturnos en poesía se escribieron, en verdad, de noche. ¿Haría esto una diferencia? Salvador Elizondo escribió en un cuaderno de noche y a esas reflexiones las tituló Noctuario. El culto a la noche ha generado excesos, pero asimismo obras de consideración. Su negrura es un refugio para muchos. La promesa que trae consigo la noche es el silencio y una pausa a las interrupciones de la urgencia y los pendientes. Miente quien afirme que no se escribe mejor en silencio. El hilo de pensamiento se teje de una forma más armoniosa. Es necesario corregir menos, además. Las palabras fluyen con naturalidad y más y mejores ideas danzan en la página. No hace falta deambular para entrever que la noche puede nutrirnos con una sabia inusual. Caminar de noche, por otro lado, podría hacer la diferencia.

 

Excitación en el párrafo

En edades tempranas no es difícil excitarse con algún pasaje literario. Un libro del marqués de Sade en la adolescencia podría desencadenar rubor y hasta emisiones indeseadas. El hecho literario aún es una fuente de sorpresas. ¿Habría deseado el autor francés que sus lectores se masturbaran leyendo sus libros? Más fácil es pensar que soñaba con una alteración de los valores. Erosionar la moral de una época ha sido una aspiración sostenida a lo largo de los siglos. Casi cualquier artista transforma el arte de su época, pero apenas algunos logran cimbrar una cosmovisión que se remota al origen de los tiempos. Nietzsche lo intentó, lo mismo que Pablo de Tarso. Hay que hundir las manos en el fango de la historia y embarrarse para sentir siquiera las raíces. No será fácil destruir el legado del judaísmo, islamismo o budismo. Cómo y porqué actuamos aún es un misterio. El marco de acción que tenemos es limitado y nada tiene que ver con elecciones personales. Pero los vahídos no son atributo exclusivo del oficio literario. La política enciende los ánimos. Más de uno se habrá desmayado con el cierre del Manifiesto del Partido Comunista. La convocatoria a la clase trabajadora es estridente y volcánica. Los llamados a la acción desde la inmovilidad son una constante de la historia humana. Nada como presenciar que sean los demás quienes se mojen bajo la lluvia. El crepitar de una chimenea sigue siendo la música del paraíso. Orquestar un movimiento social requiere atributos de mago y charlatán. Nadie cree, en el fondo, en lo que profesa. No hay actividad que no tenga una porción de ambivalencia y fugacidad. El acto más heroico está teatralizado para lograr mayor impacto en el espectador. Sin la transmisión efectiva de una admiración sostenida, detener el sol puede ser juzgado como un acto irrelevante. La literatura ha sido puesta al servicio de lograr estas admiraciones. De ahí el género épico y sus derivados. Nos queda ejercer la duda ante escenarios de uniformidad y grito unánime. Quizá sea lo único que tengamos.

 

A salto de página

La estructura de una novela se aprecia mejor cuando se lee en desorden. Los saltos imprevisibles demuestran si el hilo de la acción es de buen material o si, por el contrario, carece de la fuerza suficiente. Un relato que puede ser leído desde cualquier punto podría ser una estafa. No es inusual que un autor reúna narraciones dispersas —ya no digamos relatos—, para integrar una novela. Pero no es difícil detectar en dónde se unen las partes, si es que sucede, y cómo los tiempos verbales se leen forzados. El lenguaje impone una construcción para determinadas narraciones. En otras, por el contrario, destensa la cuerda y entonces el escritor tiene un margen de libertad. Las variaciones de ritmo en la lectura de una novela podrían ser un primer indicio de esta estrategia artera. No se malinterpreten estas palabras: si así nació el libro no hay motivo para fruncir el ceño. Pero si en la ausencia de ingenio, la urgencia de la vida editorial o la pereza para construir otra colmena de palabras, se intenta esa estrategia, debe señalarse como un vicio del espíritu. Engañar al lector equivale al delito de homicidio. Es la aniquilación, el punto final, la despedida ácida. Si el escritor no tiene nada qué decir debe callarse. Es una regla de convivencia. San Agustín: “Yo sé lo que es el tiempo, siempre que no me lo preguntes”. Y es que lejos de ser una muestra de interés, inquirir linda con los atributos de un inspector. De igual forma es una descortesía. Es un intento por abrir un espacio que no se abrió de manera espontánea. Mejor la calidez de la deducción y su abrazo atemperado. Ante la duda mejor que siga la duda. No afecta ni ofende ni estorba. Se han ido siglos de la humanidad y seguimos con las mismas preguntas de siempre. Montaigne acertó en moverse bajo la sombra del yo, que concluye irrefutable. Que uno crea en algo es suficiente para que exista. A mayor número de justificaciones que requiera un asunto, menor será la certeza de llegar a un posible punto de acuerdo. Iniciar la lectura de un libro desde cualquier página es un primer ejercicio de crítica: no leer el libro desde donde quieren que uno lo inicie, sino desde donde nos venga en gana.