El paralelo etíope, de Diego Olavarría

Por Miguel Ángel Hernández Acosta.

Etiopía es un fraude constante para un turista, aun cuando éste no quiera ser tal. Etiopía es el país menos africano, considerando este adjetivo como el estereotipo que la televisión, los libros, las crónicas nos han hecho creer. Etiopía es un lugar miserable donde el engaño, el fraude y la miseria sólo pueden ocultarse en los grandes hoteles occidentales donde los organismos internacionales se aíslan para trabajar y luchar, supuestamente, contra la marginación de la región. Etiopía es, tras la lectura de El paralelo etíope, de Diego Olavarría, el infierno para quien decida ir ahí.

Ganador del Primer Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y escrito con el apoyo de una beca del Programa Jóvenes Creadores del FONCA, este libro se divide en siete secciones en las que Olavarría demuestra un conocimiento abrumador del mundo etíope: parece que va a constatar lo que leyó en libros, más que a descubrir un país.

Olavarría no desea ser un turista común, por lo que primero quiere conocer dicho país por sí mismo, yendo a los lugares emblemáticos, pero sin nadie que le proporcione la información que cualquier guía de turistas le daría. De esta forma, lo timan una y otra vez e incluso es capaz de seguir a un par de muchachas a una colonia inhóspita en busca de un lugar donde beber un par de cervezas corriendo el riesgo de que lo asalten o algo peor. Va a los mercados de varias ciudades, a las iglesias, narra los diversos imperios que se construyeron en ese país, las historias de reyes y emires y todo lo hace con una abundancia de datos que es imposible aprehender.

Lo que en un principio son observaciones agudas (“Una proporción muy alta de los autos en las calles tienen placas diplomáticas. Es decir: la minoría extranjera es dueña de una parte importante de autos”), terminan por convertirse en juicios de un testigo que quiere salir bien librado de sus propios juicios morales (“El turismo aprovecha la desigualdad del mundo para pasarla bien. Los turistas de los países con altos salarios con frecuencia olvidan que la razón por la que todo cuesta menos cuando van a un país en desarrollo es porque la gente que les sirve […] reciben salarios mucho menores que los que cobrarían en otro país”).

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Autor con una amplia cultura que hace patente en su crónica, habitante de al menos cuatro países, hablante de otros idiomas, Olavarría va desmenuzando cada sitio al que acude en Etiopía. Es un cronista que parece tener siempre un dato a la mano para demostrar que sabe de lo que habla, aunque pocas veces logra evocar los paisajes que describe, las personas que lo rodean. Además, a diferencia de los turistas norteamericanos, europeos, asiáticos, Olavarría insiste en apuntar que él es diferente, que lo suyo no es una visión colonialista de la pobreza africana: “Los contrastes asombrosos entre norte y sur, entre lo pobre y lo rico, no me apabullan demasiado. Soy latinoamericano y es en lo que nos especializamos en mi continente”.

Su crónica posee vuelcos retóricos que en momentos se acercan peligrosamente a la ficción: “En este vehículo, que sospecho perteneció a la FAO en 1990 y fue revendido seis veces desde entonces, hay cuatro personas además de mí”. Sin embargo, también tiene momentos en que logra tal concentración de pensamiento que formula bellos aforismos: “Las vertientes de nuestras biografías son más confusas que las del Nilo. No hay manera de navegarlas con certeza”.

El paralelo etíope es un libro que muestra a un autor con un humor fino y una ironía elegante. Este mismo cronista, que resulta abrumador y cansino cuando pretende instruir a su lector atiborrándolo de información, es un gran narrador cuando deja de lado dicho afán. La sección ‘Cerca de Entos Iyesus’ posee el atractivo de una escritura honesta que al mismo tiempo revela el mundo que está viendo el cronista y permite comprender el contexto en que surgió ese testigo. Con tintes ensayísticos, esta parte del libro resulta entrañable por la franqueza con que se revela el narrador. En este punto no está presente el Olavarría quejoso y decepcionado de Etiopía, sino un cronista que, a través de detalles personales y referencias bien selectas, revela el país que se le presenta delante y permite que el lector desee conocerlo.

Crónica de un viaje a inicios de 2012, El paralelo etíope niega al lector la posibilidad de crear su propio juicio, sino que se los impone. Al mismo tiempo, muestra a un narrador que cuando se sincera en su escritura se vuelve disfrutable. Seleccionado por un jurado conformado por Mauricio Bares, Rodrigo Rey Rosa y Sergio González Rodríguez como ganador del premio referido, este libro permite atisbar un tipo de crónica que, apegada al dato duro, quiere mostrar la realidad en lugar de permitir conocer la visión particular del autor. Más cercano al reportaje exhaustivo, este libro olvida que la crónica no sólo importa por el hecho narrado, sino por el punto particular del cronista o testigo.

Olavarría, Diego. El paralelo etíope. México: Conaculta-Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015.