Nada se parece tanto al original…

Blog: Atarazanas
Nada se parece tanto al original…
Por Manuel Pérez-Petit.

No soy de aquellos que juzgan que místicamente toda traducción es inferior al original. Muchas veces he sospechado, o he podido comprobar, lo contrario. (…) Así también, las prolijas versiones literales de Las 1001 noches (Lane, Burtoun, Mardrus, Littmann) insinúan e imponen la sospecha de que el resumen de Galland es harto superior al texto árabe. No nos asombren tales hechos; presuponer que toda recombinación de elementos es necesariamente inferior a un arreglo previo es presuponer que el borrador 9 es necesariamente inferior al borrador H ya que no puede haber sino borradores. El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la superstición o al cansancio. (…) Joyce dilata y reforma el idioma inglés; su traductor tiene el deber de ensayar libertades congéneres.

(Jorge Luis Borges: Nota sobre Ulises en español. Los Anales de Buenos Aires, Buenos Aires, año I, n.º 1, 1946. Incluido en Textos recobrados (1931-1955), págs. 229-230, Buenos Aires: Ed. emecé, 2007)

Pese a que para hablar de traducción lo tópico es acudir a uno de los poemas más traducidos de la historia, El desdichado, de Gerard de Nerval, que cuenta con tantas versiones y tan dispares que mejor sería aprender francés para leerlo en su original –y eso sin excesivas garantías de éxito, pues uno deduce tras haberlo reflexionado un tanto que Nerval no tenía ni idea de qué escribir en su poema–, me he puesto a la tarea de analizar desde el punto de vista del “problema” de la traducción un poema de otro poeta que comparte con Nerval el haber sido demasiado traducido desde siempre. El conflicto surje desde el inicio. No es tan fácil saber alemán. ¿A cual de los traductores puede elegirse, al eficiente Eustaquio Barjau, al súpertécnico Jaime Ferreiro Alemparte, a los sensibles José María Valverde, Eduardo García Maynez o Juan José Domenchina?, ¿hay que cerrar los ojos para leer un poema, uno cualquiera del autor que propongo en cuestión, con los sentidos y no con la vista…? Son muchos los traductore de Las elegías de Duino de Rainer María Rilke (Praga, República Checa, 1875; Montreux, Suiza, 1926), publicado en Leipzig, Alemania, en 1923. Pero la octava elegía, la dedicada a Rudolf Kassner, que se adentra, como la cuarta, en la relación del hombre con el mundo, es quizá la más hermosa de todas.

Como bien se sabe, traducción y versión son palabras sinónimas. Sin embargo, en su uso habitual ha habido una tendencia a diferenciarlas. Por lo común, se ha entendido por traducción la primera acepción que de esta palabra da el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE): “Acción y efecto de traducir”. De igual modo, y en el ámbito que nos ocupa, el DRAE distingue entre traducción directa –”La que se hace de un idioma extranjero al idioma del traductor”–, inversa –”La que se hace del idioma del traductor a un idioma extranjero”–, libre –”La que, siguiendo el sentido del texto, se aparta del original en la elección de la expresión”–, literal –”La que sigue palabra por palabra el texto original”– y literaria –que la relaciona de forma directa con la acepción de “traducción libre”–. Por lo general, se ha interpretado el concepto de traducción en el sentido de directa o inversa o literal, aunque también en parte en el sentido de libre o literaria. Ahí es en donde reside el “conflicto” de las palabras “traducción” y “versión”, utilizadas en demasiadas ocasiones de forma caprichosa. Cuando Vicente Blasco Ibañez publicó sus “Mil y una noches” en español especificó que era su versión. No le faltaba razón, pues nunca tradujo esa obra de su original, sino de una traducción inglesa que versionó ex profeso, y con la ayuda, además, de empleados y secretarias, como está bien documentado. ¿Era posible una traducción de una traducción y decir que era “traducción”? Es posible que no, pero quede esta pregunta a la suerte de lo que pueda ocasionarse. Sobre todo en el entendimiento de que el “conflicto” entre traducción y versión es más terminológico que real.

Cuando se habla de poesía todo esto se complica aún más. Dejando a un lado debates ensayísticos, como los planteados, por ejemplo, por Octavio Paz, quien dice: “la traducción es una operación indistinguible de la creación poética”, basándose en los planteamientos de T. S. Eliot o Ezra Pound, lo cierto es que la poesía parece ser más bien intraducible, pues siempre, de un modo u otro, será necesario ver el original del poema, captar su música, las sensaciones que produce o todo aquello que llegue de él, al margen del conocimiento que se tenga del idioma en que haya sido escrito. ¿Un poema escrito en otro idioma debe ser expuesto siguiendo con fidelidad total su forma original, o en prosa poética o más o menos de forma fría o de qué modo? ¿Dónde están los límtes reales de la poesía? ¿Cómo puede transmitirse un poema a otro idioma sin que en otro idioma sea un nuevo poema?, o, dado este caso, ¿se puede plantear la aceptabilidad o no de ese nuevo poema que, sin duda, de algún modo, nos lleva al original, sin ser en ningún caso el original en sentido estricto? ¿Puede el amor a la literatura permitir la licencia del que nos lo trasmite desde otro idioma que no es el suyo ni el nuestro pero que lo hace porque no puede no hacerlo? ¿No es acaso el mismo problema que se encuentra cuando se trata de traducir también la narrativa? ¿De verdad puede traducirse, verbigracia, al español, una obra de James Joyce, o al inglés, sin ir más lejos, una de Juan José Arreola? ¿Se puede compartir la realidad que defiende Borges de que un texto traducido puede superar al original?, ¿no sería dado el caso otra obra diferente?

El caso de Rilke parece paradigmático. Poeta –y también narrador, por cierto– de gran refinamiento filosófico, profunda inspiración lírica y aliento existencialista insuperable, a tal punto que incluso las traducciones de sus obras al español, sean que quien sean, transmiten cierto “encanto” místico. Y el caso de la octava elegía es si no el más de los más notables, por tratarse de una cumbre incuestionable de su obra, que plantea en su propio cuerpo todos los paradigmas del asunto.

En la métrica germánica antigua el verso estaba constituido por al menos tres palabras que compartían un sonido en común (aliteración). Así está compuesto el Cantar de los Nibelungos, pero también el Beowulf, que pertenece a la tradición anglosajona, por lo que lo germánico no es tan particular, como de igual modo se demuestra en los poemas de los escaldos o los antiguos vates vikingos. De ahí que se pueda colegir que se trata de una norma general de las literaturas del centro y el norte de Europa. El procedimiento tenía dos funciones: una mnemotécnica que facilitaba recordar los poemas y otra estética, ya que concedía una gran musicalidad a los versos. Sin embargo, esto acabó originando una poesía poblada de elaboradas metáforas y perífrasis, ya que casi siempre había que recurrir a determinadas fórmulas con el fin de hablar de los mismos objetos: la espada, la sangre, la batalla. Son los llamados “kenningar”, estudiados por Jorge Luis Borges, que escribió un artículo al respecto en su “Historia de la eternidad”.

La dificultad extrema del código poético rilkeano estriba, por si fuera poco, más allá de su forma métrica o estrófica, en el relativo hermetismo de sus alusiones y en las figuras o símbolos. Y tampoco hay que olvidar las diferencias casi insuperables entre las métricas alemana y española, en la que tanto han abundado tantos especialistas. Muchas veces recurren los traductores de Rilke a la paráfrasis bien resuelta, al recurso gramatical ante un escollo ofrecido por el estilo nominal y por el intrincado «idiolecto» propio del poeta praguense, sus complejas derivaciones, que convierten los esfuerzos por verterlo en verdaderos ensayos de exégesis. Y es que las cláusulas métricas, los ritmos y acentuaciones de las frases que son consustanciales a la música del poeta y en las que la pureza expresiva de Rilke –su sentir y pensar en los límites– buscan siempre una hermosa acomodación son indispensables para atender a lo que un poema como la octava elegía requiere a la hora de ser traducido.

Rilke utiliza mucho en sus poemas las aliteraciones y las asonancias, figuras, imágenes… Sus versos traducidos al español suelen estar expuestos en endecasílabos –sobre todo, bastardos– , que aparecen solos y algunas veces alternando con heptasílabos. También se encuentran alejandrinos falsos –dicho sea en el sentido, como en el calificativo de “bastardos” que se aplica aqui a los endecasilabos, de que esos alejandrinos con que se pretende traducir versos de Rilke no responden a la norma métrica en español–, octosílabos, aunque en menor número, y versos libres, muchos versos libres, como muchos versículos.

Uno no quiere leer una obra nueva sino la propia obra, y el caso es que al final nada se parece tanto al original como se querría…

Die achte Elegie

Rudolf Kassner zugeeignet

Mit allen Augen sieht die Kreatur/ das Offene. Nur unsre Augen sind/ wie umgekehrt und ganz um sie gestellt/ als Fallen, rings um ihren freien Ausgang./ Was draußen ist, wir wissens aus des Tiers/ Antlitz allein; denn schon das frühe Kind/ wenden wir um und zwingens, daß es rückwärts/ Gestaltung sehe, nicht das Offne, das/ im Tiergesicht so tief ist. Frei von Tod./ Ihn sehen wir allein; das freie Tier/ hat seinen Untergang stets hinter sich/ und vor sich Gott, und wenn es geht, so gehts/ in Ewigkeit, so wie die Brunnen gehen.

Wir haben nie, nicht einen einzigen Tag,

den reinen Raum vor uns, in den die Blumen/ unendlich aufgehn. Immer ist es Welt/ und niemals Nirgends ohne Nicht: das Reine,/ Unüberwachte, das man atmet und/ unendlich weiß und nicht begehrt. Als Kind/ verliert sich eins im Stilln an dies und wird/ gerüttelt. Oder jener stirbt und ists./ Denn nah am Tod sieht man den Tod nicht mehr/ und starrt hinaus, vielleicht mit großem Tierblick./ Liebende, wäre nicht der andre, der/ die Sicht verstellt, sind nah daran und staunen…/ Wie aus Versehn ist ihnen aufgetan/ hinter dem andern… Aber über ihn/ kommt keiner fort, und wieder wird ihm Welt./ Der Schöpfung immer zugewendet, sehn/ wir nur auf ihr die Spiegelung des Frein,/ von uns verdunkelt. Oder daß ein Tier,/ ein stummes, aufschaut, ruhig durch uns durch./ Dieses heißt Schicksal: gegenüber sein/ und nichts als das und immer gegenüber.

Wäre Bewußtheit unsrer Art in dem/ sicheren Tier, das uns entgegenzieht/ in anderer Richtung –, riß es uns herum/ mit seinem Wandel. Doch sein Sein ist ihm/ unendlich, ungefaßt und ohne Blick/ auf seinen Zustand, rein, so wie sein Ausblick./ Und wo wir Zukunft sehn, dort sieht es Alles/ und sich in Allem und geheilt für immer.

Und doch ist in dem wachsam warmen Tier/ Gewicht und Sorge einer großen Schwermut./ Denn ihm auch haftet immer an, was uns/ oft überwältigt, – die Erinnerung,/ als sei schon einmal das, wonach man drängt,/ näher gewesen, treuer und sein Anschluß/ unendlich zärtlich. Hier ist alles Abstand,/ und dort wars Atem. Nach der ersten Heimat/ ist ihm die zweite zwitterig und windig.

O Seligkeit der kleinen Kreatur,

die immer bleibt im Schooße, der sie austrug;/ o Glück der Mücke, die noch innen hüpft,/ selbst wenn sie Hochzeit hat: denn Schooß ist Alles./ Und sieh die halbe Sicherheit des Vogels,/ der beinah beides weiß aus seinem Ursprung,/ als wär er eine Seele der Etrusker,/ aus einem Toten, den ein Raum empfing,/ doch mit der ruhenden Figur als Deckel./ Und wie bestürzt ist eins, das fliegen muß/ und stammt aus einem Schooß. Wie vor sich selbst/ erschreckt, durchzuckts die Luft, wie wenn ein Sprung/ durch eine Tasse geht. So reißt die Spur/ der Fledermaus durchs Porzellan des Abends.

Und wir: Zuschauer, immer, überall,/ dem allen zugewandt und nie hinaus!/ Uns überfüllts. Wir ordnens. Es zerfällt./ Wir ordnens wieder und zerfallen selbst.

Wer hat uns also umgedreht, daß wir,/ was wir auch tun, in jener Haltung sind/ von einem, welcher fortgeht? Wie er auf/ dem letzten Hügel, der ihm ganz sein Tal/ noch einmal zeigt, sich wendet, anhält, weilt –,/ so leben wir und nehmen immer Abschied.

Y el caso es que al final hasta leyendo en “español” este poema escrito en alemán se pueden percibir claves para soñar en un mundo en que todo fuera compartible y no necesitara de “intermediarios” ni de “interpretaciones”. En un mundo más completo que el propio mundo.