Europa

Blog: Atarazanas
Europa
Por Manuel Pérez-Petit.

“¡Un día vendrá en el que las armas se os caigan de los brazos, a vosotros también! Un día vendrá en el que la guerra parecerá también absurda y será también imposible entre París y Londres, entre San Petersburgo y Berlín, entre Viena y Turín, como es imposible y parece absurda hoy entre Ruan y Amiens, entre Boston y Filadelfia. Un día vendrá en el que vosotras, Francia, Rusia, Italia, Inglaterra, Alemania, todas vosotras, naciones del continente, sin perder vuestras cualidades distintivas y vuestra gloria individual, os fundiréis estrechamente en una unidad superior y constituiréis la fraternidad europea, exactamente como Normandía, Bretaña, Borgoña, Lorena, Alsacia, todas nuestras provincias, se funden en Francia. Un día vendrá en el que no habrá más campos de batalla que los mercados que se abran al comercio y los espíritus que se abran a las ideas. Un día vendrá en el que las balas y las bombas serán reemplazadas por los votos, por el sufragio universal de los pueblos, por el venerable arbitraje de un gran senado soberano que será en Europa lo que el parlamento en Inglaterra, lo que la dieta en Alemania, ¡lo que la Asamblea Legislativa en Francia!). Un día vendrá en el que se mostrará un cañón en los museos como ahora se muestra un instrumento de tortura, ¡asombrándonos de que eso haya existido! Un día vendrá en el que veremos estos dos grupos inmensos, los Estados Unidos de América y los Estados Unidos de Europa, situados en frente uno de otro, tendiéndose la mano sobre los mares, intercambiando sus productos, su comercio, su industria, sus artes, sus genios, limpiando el planeta, colonizando los desiertos, mejorando la creación bajo la mirada del Creador, y combinando juntos, para lograr el bienestar de todos, estas dos fuerzas infinitas, la fraternidad de los hombres y el poder de Dios“.
(Victor Hugo, discurso ante el Congreso Internacional de la Paz. París, 1849)

En agosto de 1991, el comisario europeo de Asuntos culturales, Jean Dodelinger, reivindicó la inclusión de una “dimensión cultural” en los tratados comunitarios, aclarando: “No se trata de implantar una cultura dominante. La Comunidad Europea debe tener la obligación de preservar y desarrollar las culturas de todos los pueblos que la integran”. Nunca antes ningún alto mandatario europeo había hecho un llamamiento en favor del protagonismo de la cultura en la construcción de Europa, y muy pocos lo han hecho después. Sin embargo, al margen del cristianismo, si hay algo que une a Europa es la cultura y el arte. Incluso las culturas locales europeas, la de los pueblos que la integran, que han vivido desde tiempos inmemoriales, en mayor o menor medida, vinculados entre sí. En eso fue siempre determinante el comercio, pues en otros tiempos fueron los banqueros y los mercaderes los que le dieron sentido y unidad a Europa. Al contrario que hoy, dicho sea esto con todos los matices que se quieran.

Quizá sea cierto que Cristo –aquel del que hoy tanto se reniega– sea el verdadero unificador de Europa, y quizá la única Europa que existe en el fondo es la de la cultura y el arte, ésa que fue propiciada por el mercado y que, puesta en bandeja por el movimiento natural de las cosas, el siglo XX se ha encargado de dislocar, y de qué manera, y todo lo demás sea hoy ya el empeño más o menos estable por parte de políticos desesperados. En 1849, Victor Hugo acuñó el nombre de “Estados Unidos de Europa”, en el famoso discurso que dio en el Congreso Internacional de la Paz que tuvo lugar en París, y años antes hasta George Washington predijo en una famosa carta al marqués de Lafayette que “Un día, sobre el modelo de los Estados Unidos de América, llegarán a existir los Estados Unidos de Europa”, y aún mucho antes, en el siglo XV en Bohemia o en el siglo XVII en Francia, se hicieron propuestas por el estilo. Esa misma denominación, “Estados Unidos de Europa”, fue la propuesta central de Winston Churchill en su también famoso discurso de 1946 en la Universidad de Zúrich, que muchos consideran como el inicio del proyecto de construcción europea de la segunda mitad del siglo XX, el mismo que hoy parece un moribundo que se arrastra sobre su propia miseria sin saber qué. Pero Europa viene de mucho antes, de mucho más profundo y tiene mucho más sentido que eso.

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…Discúlpenme que ahora les hable en persona y de lo vivido. Apenas sé hablar –y menos escribir– ni siquiera de lo que apenas sé. Les voy a proponer un viaje personal. Yo me imagino la palabra “Europa” y recreo leyendas, historias y mitos consustanciales y comunes. Fabulando como Álvaro Cunqueiro, ejemplo de ese tipo de escritores para quienes da lo mismo imaginarse todas las cosas que cualquiera y lo hacen con coherencia. Verbigracia, en sus “Mocedades de Ulises”, ¿qué nos importa que Ulises conviva con el rey Arturo, Otelo, Amadís de Gaula o Virgilio?, ¿qué que Ricardo Corazón de León resulte ser su abuelo? La obra de este gallego de Galicia define Europa, como la de Puskhin o la de Calderón, mucho mejor que cualquier proyecto de construcción europea. Digo “Europa” veo a Homero y a Platón y a Aristóteles, mucho más padres de Europa que De Gasperi o Adenauer, pero también veo a Dante –que luchando por lo suyo su vida es paradigma de lo que es Europa– y a los que cantaron y a los que un día escribieron esos cantares llamados de Gesta –más europeos que los que hoy tenemos pasaporte–, a Agustín de Hipona –en sus pasiones, contradicciones y conversiones–, a Boecio –su “Consolación de la filosofía” debería ser un libro de lectura obligatoria–, a Isidoro de Sevilla –enciclopedista extraordinario, siete siglos antes que Tomás de Aquino y once antes que Diderot y d’Alembert– y a Tucídides –que explica mejor lo que hoy pasa que cualquier diario del mundo–, más profundos pensadores de Europa –incluso desde la inconsciencia– que ningún filósofo del siglo XX, y quizá porque pusieron su propia vida y sus convicciones en sus pensamientos. Pero es que también veo a los maestros canteros de la mal llamada Edad Media –en realidad luminosa y plena como pocas en la historia– y a Bramante o Brunelleschi –cuyas cúpulas son imperecederas–, a Kant –antes prusiano, ahora ruso, en el frío de Königsberg, dando vueltas sobre las mismas cosas–, a Marx y a Hegel –cuya visión de Europa es más moderna que la aplicación que ha tenido por parte de sus seguidores–, a Goethe –que unificó el mito–, a Hobbes –que diseñó en el diecisiete nuestra sociedad actual–, a Arquímedes y a Galileo –origen de la creencia en que todo es posible, incluso lo imposible–, a Mozart –capaz de hacer música con cualquier cosa–, a Vespucio y a Leonardo –que dibujaron lo que veían–, a Descartes –que descifró la clave para autoconocerse–, a Kierkegaard –cuyo temblor se siente a diario–, a Tiziano o a Caravaggio –ay, como si fueran posibles… –, a Ockham –negador hasta de sí mismo–, a Cervantes –ya sabemos, el que olvida–, a Joyce o a Proust o a Juan Ramón Jiménez –más grandes que sí mismos–, a Tolstoi o a Tchaikovski –porque sin Rusia Europa no existe–, a Satie o a Tzara o a Kandinski o a Lenin –por poner ejemplos de locura llenos de cordura–… Veo ciudades impensables, caminos sin término, fulgor… Cuando alguna vez he dejado de mirar a Europa me han nacido preguntas: ¿quién podría elucubrar Europa sin Praga en el centro de la magia y en su tristeza; sin Lisboa en la inmensidad abierta y húmeda de una promesa oceánica; sin Sevilla en la ópera; sin París en la modernidad y en sus grandezas y miserias; sin Estocolmo en su frialdad luterana y aparente; sin Moscú en su mito y en su invencibilidad; sin Budapest en su dualidad; sin Venecia en el capricho; sin Florencia en la medida del hombre; sin Roma en la piedra; sin Atenas en la raíz; sin Londres en su arrogancia; sin Estrasburgo en las tensiones; sin Berlín en la conciencia; sin Salzburgo en la música; sin Varsovia en su debilidad; sin Aquisgrán en la historia, sin aquellos que con nombre propio hicieron esto posible…?, ¿quién podría concebir Europa sin Aníbal en un sueño sin fronteras; sin Julio César partiendo el corazón cleopatrino, entre la gloria y los miedos de un Rubicón furioso; sin San Pablo en el carácter de una espada amorosa; sin Erik el Rojo poniendo el pie, sin saberlo, en tierra extraña; sin Marco Polo tras la seda, Catai y la inmortalidad de su tan hermosa estafa; sin Colón poniendo al mundo en su justo sitio; sin Magallanes ni Elcano a bordo de la nao Victoria; sin Vasco de Gama doblando los más temibles cabos de la esperanza; sin San Francisco Javier, allá, en la India; sin Byron, en la patria de la libertad; sin Livingston y sin Stanley, supongo, en una búsqueda fructífera en el corazón de África; sin Cousteau, enamorado de los mares, enamorándolos; sin Félix Rodríguez de la Fuente filmando lobos para reclamar su derecho a seguir vivos; sin el capitán Cook divisando las costas de los mares del sur, queriendo ver gaviotas donde estaba viendo Nueva Zelanda; sin Merlín transportando por los aires los menhires; sin Roldán y Carlomagno, en la historia y en la leyenda; sin el Unicornio, cuya prodigiosa virtud está aún por descifrar; sin Segismundo en algunos de los monólogos más estremecedores de la historia; sin Fígaro revolviendo Europa; sin don Juan, el gran mito unificador; sin el Cid, aún vivo después de muerto; sin el ingenioso hidalgo, que vive en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso o pudo acordarse el poeta que, por amor, se puso el sobrenombre de don Quijote; sin Shakespeare, el que recuerda, en el conocimiento coral de la condición humana; sin Julieta, vestida de mujer; sin la obertura de Tanhäuser del grandilocuente Wagner; sin el Adagio que apenas musitó Albinoni; sin Verdi en cualquiera de sus arias; sin la bendita locura de Goya; sin el autorretrato infinito de Rembrandt; sin la mirada de Velázquez, capaz de ver lo que nadie ni siquiera intuye; sin el colosal Miguel Ángel; sin la Fuga de Bach o el genio de Altamira, por poner dos ejemplos cercanos a la perfección; sin el maestro Fidias o sin el canon de Policleto; sin el sueño de una noche de verano o sin la luz? Uno dice Europa y la mente vuela. Surca el Danubio, desde sus misteriosas fuentes suizas hasta el mar en que desemboca y cuyo nombre pareciera haber sido puesto por Tolkien. Regresa –es un decir– a Ítaca, como si en verdad Ítaca existiera –que existe, de cualquier modo–. Sueña un universo único e imperioso en Roma, sometido a múltiples conjuraciones y guerras y conflictos y sin embargo, triunfante siempre. Recorre entre el asombro y el miedo el Limes, como Marco Aurelio. Se lamenta como nunca antes en Jerusalén, a la que hace suya sin que lo que haya sido nunca. Besa las orillas del Mediterráneo, ajado corazón en otros tiempos dorado. Alza una plegaria a Odín, en la noche eterna. Se enamora de América y nunca la considera imperio sino provincia. Reza al oriente, de donde siempre vino el descubrimiento, y anhela su seda y su pólvora, su pergamino y sus especias. Imagina la India, y a Alejandro Magno purificándose en el Ganges, tal cual casi seguro hubiera sido su deseo. Se ilumina incrédula con Catai y Cipango. Se siente acosada por las tormentas del mar del Norte, los misterios de los mares del sur o los cantos de las sirenas. Caracolea romántica en Andalucía, en el más profundo de los tópicos. Disfruta ese invento tan egipcio que es la cerveza, el oro que es el aceite de oliva o la enología. Lucha por el amor y la muerte en los castillos del recuerdo. En el lujo del Orient Express muere por descubrir asesinatos, o en el Transiberiano crece para fundar Vladivostok… Ay…, valga con esto…

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Europa es la Vía Láctea, o sea, el mundo entero. No se puede entender, por ejemplo, en literatura, sin Sor Juana, el Inca Garcilaso de la Vega, Poe, Eliot o Mishima… Hablar de cultura europea es pleonasmo, pues ambas palabras, cultura y Europa, son sinónimas. Europa es la mujer fenicia de Tiro –y, por tanto, asiática– de la que se enamoró y a la que raptó Zeus… Europa es la Coyolxauhqui –y, por tanto, mexicana–, convertida su cabeza en la luna tras ser desmembrada por su hermano, que actuaba en defensa de la madre de ambos, razón de más para creer que Europa es la Vía Láctea, leche del seno de Hera –y, por tanto, griega–, derramada cuando repudió a Hércules, el camino vikingo al Valhalla –y, por tanto, nórdica–, el camino celta al castillo de las hadas –y, por tanto, atlántica–, el dios Serpiente de nube mexica y mesoamericano –y, por tanto, americana–, el río de plata celestial para chinos y japoneses –y, por tanto, oriental–… Europa es la que cruza a pie el mar Rojo, la que se monta en el arca para afrontar el diluvio, la que hace de Sargón y Moisés casi el mismo ser humano, la que levanta la muralla china y la que busca la fuente de la eterna juventud, la que se sentaba a meditar bajo un árbol, como Buda o Newton, con las consecuencias que conocemos, la que condena a la cicuta a Sócrates, la que le pone laureles en la cabeza a Napoleón para luego desterrarlo, la que crucifica a Cristo y luego lo ensalza hasta el infinito…

No es fruto de la voluntad, sino de la condición humana. Está más cerca de la disciplina que del placer, de lo que se hace evidente y no puede eludirse, de aquello que nace y se manifiesta por sí mismo, que de la impostura. Se construye casi por ensalmo. Desde la más remota antigüedad, una y otra vez, hasta nuestros días. Durante la Edad Media, por ejemplo, proliferó en el centro y el norte de Europa una enfermedad en apariencia neurológica pero que derivaba en gangrena denominada “Fuego de San Antonio” –hoy llamada ergotismo–, por la que se incrementaron las peregrinaciones a Santiago desde todas partes. Los peregrinos, al llegar a Galicia, siempre se curaban… Todos interpretaban que el santo apóstol hacía milagros, y eso supuso un enorme intercambio cultural, casi inédito por sus dimensiones hasta el momento, mayor incluso que el del Imperio romano… Luego se supo que todo se debía a que en el centro y el norte de Europa se comía pan de centeno, cereal muchas veces infectado por un parásito llamado cornezuelo, causante de todos esos estragos de salud. Conforme los peregrinos se dirigían hacia el sur pasaban a comer pan de trigo, libre de ese parásito, y se iban curando. Al llegar a Santiago estaban completamente sanos. No sé si esto afecta a la fe, pero lo que si sé es que a mí se me hace otra metáfora de Europa. De esa utopía común y universal que hoy anda desmembrada, desorientada y perdida… Y quizá sea por haber echado en el cajón del olvido valores universales, comunes, entrañables y permanentes que son los que siempre hicieron posible todo… De esa Europa que Victor Hugo imaginó, sin vencedores ni vencidos, sin castas ni extravíos, en la que todos se dieran la mano, y que terminara, en unión con todos los pueblos del mundo, siendo la “Humanidad”.