Los misteriosos

Blog: Atarazanas
Los misteriosos
Por Manuel Pérez-Petit.

Adiós, adiós, recuérdame la frase con que el fantasma padre de Hamlet aparece y desaparece, casi simultáneamente, es el gatillo de la tragedia. Hamlet duda porque recuerda. Actúa porque recuerda. (…) Don Quijote, en cambio, surge de una oscura aldea en una oscura provincia española. Tan oscura, en verdad, que el aún más oscuro autor de la novela no quiere (o no puede) recordar el nombre del lugar. Allí mismo, con el olvido de Cervantes, empieza la novela moderna…
(Carlos Fuentes: En esto creo. Seix Barral, 2002)

En torno a la memoria y los recuerdos es razonable llegar a la conclusión de que todo es conflicto y al final lo que nos queda es nuestro propio punto de vista, un puzle hecho de recuerdos que es sólo una mínima, atómica, parte de la realidad. Nuestra propia memoria es microscópica en relación a lo que hemos vivido, y la memoria que los demás tienen de nosotros no coincide muchas veces con lo que recordamos, y así la historia se va conformando de memorias encontradas y recuerdos más o menos lúcidos, en una suerte de transversalidad en que podemos resumir lo que hay, que siendo grandioso al final no es gran cosa, aunque ilumina y nos da identidad. Por contra, el olvido tiene mucho de bruma, de fatalismo y de dimisión, y también está relacionado con la voluntad y con el paso del tiempo, palabra ésta última cuya primera acepción en el Diccionario de la Real Academia Española es “Duración de las cosas sujetas a mudanza”… “Sujetas a mudanza”…, qué interesante, porque se trata de la vida, y ésta, por mucho que se quiera, no puede meterse en un frasco, pese a que el “frasco” del tiempo la limite.

Conocemos bien los periplos vitales de Dante, Goethe, José Zorrilla, Milton o Rilke, por ejemplo, dicho sea por nombrar a algunos. Tenemos tantas certezas acerca de sus avatares existenciales como de las de muchos otros que otros tantos se han encargado de recopilar, documentar, confrontar y difundir con la eficacia suficiente como para que nos lleguen hasta nuestros días, incluso a veces con la vitola de que son “imprescindibles”. Conocemos de manera razonable las de otros, como Marlowe, Montaigne, Séneca o Jorge Manrique, por acción de esos mismos eruditos divulgadores, e incluso la de Aristóteles, con el tiempo que ha pasado… Se han escrito cientos de miles de páginas sobre cualquiera de ellos…

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A mí en particular me trae sin cuidado si tal o cual menganito o zutanito, gran figura de la literatura universal, comió en la taberna de no sé quién o tuvo un amorío con fulanita, que era sobrina de un arquitecto real o del músico de la corte que se acostaba con la reina, si luchó como soldado raso o almirante en una u otra batalla…, pero lo cierto es que parece ser que estamos abocados a ello. A la categorización de la anécdota. A la consagración a la pedantería. Es irrefutable lo de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”, que también categorizamos hasta la histeria, porque esa regla de tres nos lleva a abundar de forma indiscriminada en muchas ocasiones, quizá demasiadas, en el anecdotario vital de las figuras, y entonces nos ponemos estupendos. Hablamos de Zorrilla, que era por 1844 un muerto de hambre por las calles de Madrid que iba de teatro en teatro suplicando la limosna del encargo de una obra cuando un empresario, el del Teatro de la Cruz –el mismo en el que en 1657 fuera detenido para su encarcelamiento Lope de Vega, acusado de difamación–, le encargó una obra que debía estar escrita en poco más de veinte días. Y escribió Don Juan Tenorio en veintidós, lo cual es irrelevante para leerlo. O hablamos de Dante, cuya vida fue un extraordinario compendio de intrigas en que casi siempre fue víctima o estuvo en el bando derrotado… ¿Cómo no iba a describir la ascensión al Cielo que sería para él como una liberación?, pero, ¿de verdad se necesita saber aquello para leer su obra? Hablamos de Rilke, al que el escritor y periodista austríaco Karl Kraus llamaba “la María” para mofarse de él, por su afición a pegarse como mono de feria a las faldas de las señoras que lo patrocinaban. Cumbre indudable, el praguense fue amante en sus últimos años de Elisabeth Dorothea Spiro (conocida como Baladine Klossowska), madre a su vez del artista polaco-francés Balthasar K?ossowski, Balthus, otra figura del siglo XX, a quien el propio Rainer patrocinó en sus años de formación entre 1923 y 1926, ya agotada su capacidad creativa tras por fin culminar Las elegías de Duino y tener esa explosión brutal de los Sonetos a Orfeo, mermado por una enfermedad que no pudo ser identificada hasta después de su muerte. Y todo esto es baladí para leer sus libros. Hablamos de Milton, que por un glaucoma quedó ciego y concluyó El paraíso perdido memorizando los versos por la noche y dictándolos por la mañana a sus asistentes, no en vano había estudiado en Cambridge, máximo exponente en su momento de la memorización como método de estudio. Y este dato no nos debería hacer valorar en mayor medida su obra. Hablamos de Goethe, cuyo Fausto tuvo una concepción compleja y una realización larga y dubitativa, y hasta Schiller tuvo que animarlo a que de una vez lo concluyera.

La segunda parte no apareció hasta después de su muerte, en 1832, datando la primera escritura de la primera parte de 1773 y no fue publicada hasta 1808. ¡Sesenta años le supuso escribirlo, una pieza contradictoria en la que el genio de Fráncfort vertió gran parte de sí, y en cuya construcción se vio condicionada por ella, lo cual es muy sabroso de conocer pero a todas luces innecesario para leerlo!… La sensación es que la mayor parte de los que hablan de ellos no han leído casi ni una línea de ninguna de sus obras. Puede que hayan encontrado alguna cita o algún comentario en algún ensayo o que las hayan apenas comenzado a leer –mucha de la gente que cita de memoria se queda en las primeras frases de las obras, y es difícil encontrar a quien memorice fragmentos ubicados a mitad de cualquier libro–. Muchos prefieren leer lo que otros dicen de estos autores y otros que a leerlos. Es un signo de nuestro tiempo: la impostura. Eruditos que saben por referencias, pontífices con complejo de gigante sin darse cuenta de que tienen pies de barro… Yo mismo confieso que he escrito parte de lo anterior en parte por conocimiento y en el ejercicio de la memoria –en la cual se incluyen los olvidos–, y en una parte funcional por los medios disponibles, que me han sido de utilidad evidente y merced a los cuales cualquiera puede ser especialista hoy en cualquier cosa. Son los “Wikiexpertos”, adoradores de “San Google”… Y el caso es que se podría seguir y seguir…, incluso hasta el ridículo, una boutade tras otra. No debería ser precisa tanta información, al menos al nivel del lector medio, como leerlos y, de paso, enterarnos mejor que a través de nada de lo que fue de ellos, si ésta fuera nuestra intención, o para descubrir nuevas vidas e historias. No puede obviarse, claro, que lo cierto es que la experiencia vital influye en todos y escribir es, por su naturaleza artística cuando lo es, un ejercicio también de resolución de problemas, de indispensable prueba y error, de pericia técnica y a la vez emoción –incluso cuando se trata de plasmar ideas–, que solo es posible enfrentar desde la experiencia y las experiencias, las cuales “viajan” tanto hacia adentro como hacia afuera de cada uno. Al final, los verdaderos autores escriben sin excepción sobre ellos mismos y sus circunstancias, acerca de sus propias vidas, a partir del recuerdo, la memoria, el olvido, en el tiempo… El conocimiento de sus existencias sería imprescindible en función del grado de exigencia de los lectores, que a este nivel son muy pocos, incluso incluyendo a los eruditos, los académicos y los especialistas. En realidad, para la inmensa mayoría es un enorme ejercicio pedante –divertido si se quiere–, que de forma lamentable en demasiados casos sustituye a la lectura, pues sacia por sí misma, pese a que no nos dice nada acerca del interés que puede tener o no leer sus obras.

Autores con una biografía apasionante serían generadores de obras apasionantes según ese planteamiento tan extendido, pero por lo mismo, por ejemplo, no merecería la pena leer los poemas de Emily Dickinson, porque su vida fue aburrida hasta decir basta, y esto es una aberración todavía mayor que aquella.

Más cientos de miles de páginas se han escrito acerca de Shakespeare y de Cervantes que de cualquiera de los mencionados y el consenso universal los sitúa en la cumbre de las cumbres. Pese a ello, tenemos enormes lagunas acerca de sus vidas, que siendo muy diferentes tuvieron en común estar envueltas en el misterio, aunque esas dudas nos traen al fresco cuando leemos El mercader de Venecia o las desventuras de ‘El Quijote’. Hay quien dice que es posible que llegaran a conocerse, en la primavera de 1605, en Valladolid, donde estaba la corte, en que el autor de La tempestad pudo haber sido integrante de la delegación que Jacobo I de Inglaterra envió a España para sellar la paz con Felipe III, cosa que nadie ha podido demostrar. El Bardo de Avon vio publicadas varias de sus obras entre 1590 y 1620. No obstante su obra no fue compilada en un volumen hasta 1623, ocho años después de su muerte: 11 tragedias, 15 comedias y 10 obras históricas, en una edición que llevaron a cabo dos actores de su compañía. El “Príncipe de los ingenios” publicó entre 1585 y 1616, saliendo su último libro un año después de que muriera. En 1605 vivía, en efecto, en Valladolid, el año en que salió la primera parte del Quijote que, por cierto, fue una obra por encargo. No es descabellado, pues, imaginar un posible encuentro. El de Stratford-upon-Avon escribió Cardenio, inspirada en una de las historias de El ingenioso hidalgo, cuyo manuscrito original se perdió en el incendio del teatro El Globo, que tuvo lugar en 1611. Sabemos, pues, que el inglés leyó o conoció la obra cumbre del de Alcalá de Henares. No disponemos de sus manuscritos, como tampoco se conserva el del Quijote. También desconocemos sus rostros verdaderos, al no habernos llegado ningún retrato autentificado de ninguno. ¿Los necesitamos? Tampoco lo creo.

Shakespeare murió rico y Cervantes, pobre. Aquel vivió de la representación de sus obras y éste de lo que pudo. Comparten el abandono aparente de sí mismos en sus obras, escritas hace más de cuatrocientos años pero cuya virtud en su tremenda actualidad, como puede verse, en el caso del inglés, en el monólogo de Hamlet, príncipe consciente de Dinamarca –en mi opinión no tan pleno como el primero de Segismundo, príncipe ensoñado de Polonia, en La vida es sueño, de Calderón de la Barca-, o en la figura de Yago, el manipulador paradigmático, en Otelo, o como, en el caso del español, sin ir más lejos, en el capítulo XIV de la primera parte de Don Quijote, el que relata la historia de Marcela y Grisóstomo, que incluye el monólogo de aquella reivindicando su libertad y su identidad como mujer… Y podría parecer, salvando las evidentes cuestiones del lenguaje, que estas obras hubieran sido escritas la semana pasada, de tanta actualidad como desprenden.

Confieso no conocer a fondo a ninguno de los dos. Los traté siempre más o menos tanto como a Montaigne o a Marlowe, aunque menos que a Séneca o a Manrique…., pero con sus obras siempre tuve relación. Sin embargo, esto no le importa a nadie, y escribirlo aquí es otra vez pedantería. ¿Para qué requiero yo, un lector normal, saber tanto de ellos? Después de conocer tanto de tanta gente, Shakespeare, el que recuerda, y Cervantes, el que olvida, se me hacen misteriosos, pues los conozco menos, y eso me encanta, porque, sin embargo, no me lo son. A lo mejor todo tiene que ver con que la memoria, el recuerdo y el olvido son relativos. O con que con todo lo vivido siempre está todo por empezar. Y eso es la vida, lo que está sujeto a la duración de la mudanza y limitado a un tiempo concreto. Todo lo contrario a lo que es una verdadera obra literaria.