Narradores Mexicanos Nueva Generación: Aldo Rosales Velázquez

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Reñir, enfrentarse, pelearse, bregar y combatir son otras maneras de decir luchar, un verbo que Aldo Rosales Velázquez (Ciudad de México, 1986) ha conjugado en la mayoría de los relatos y “cuentos conurbados” que conforman sus hasta ahora cuatro volúmenes de narrativa: Luego, tal vez, seguir andando (2012); Entre cuatro esquinas (2013); La luz de las tres de la tarde (2015); y El filo del cuerpo (2016).

Si bien los 27 cuentos que integran Entre cuatro esquinas y El filo del cuerpo tienen correspondencias con los deportes de contacto (lucha libre, box, artes marciales mixtas), Rosales Velázquez rehuye abordar el fenómeno cultural y más bien ahonda en un enfoque intimista sobre lo que ocurre en cuerpo y alma de sus personajes.

En estos dos volúmenes es latente el sacrificio de tus personajes…
Para mí la vida es un constante sacrificio. Además, las historias que se me hacen más interesantes son las del perdedor. Creo que ante las situaciones más adversas es donde descubres quién eres, quizá por eso los personajes tienen esta actitud. En sí la vida de quien es un verdadero atleta es de pinche sacrificio: se privan de fumar, de beber, de comer, de dormir, de la familia… Podría relacionarse con la creación literaria, pero no siempre.

¿Cuando escribes un libro sufre o hay dolor?
Más o menos. Generalmente escribo cuando estoy medio triste, como a media asta. Empecé a escribir cuando vivía en la Industrial Vallejo y casi siempre estaba solo. Fue una etapa de una soledad muy cabrona. Me venían preguntas que aún me atormentan mucho porque tiendo a ser muy azotado, lo que se nota en el primer libro. De hecho los personajes siempre están glorificando al pasado. Eso es muy mío.

En tus tres libros lanzas dedicatorias esperanzadoras a “la gente que lucha” mientras que en el primer cuento de Entre cuatro esquinas el narrador dice: “la lucha también es una penitencia”…
Sí, la vida también es luchar. Y ambas son penitencia… Recuerdo que mi hermano siempre me decía dos cosas: tienes que leer y tienes que apoyar a los pobres. Nosotros también éramos pobres pero él siempre recalcaba que había gente aún más pobre. Siempre me orillaba a recordar eso. Y creo que hagas lo que hagas eres un ser social; sino te debes a tu sociedad eres un ser perdido. La parte profesional con la parte humana deben ir juntas. Cada cosa que yo hago, incluso escribir, tiene un aspecto social y puedo dejar de escribir pero no de voltear a ver a la sociedad. Si algo me ha servido escribir es darme cuenta de que no soy mejor ni peor, pero lo que sí, antes de uno ser “escritor”, se tiene un compromiso social y humano. Tampoco es que uno haga como que salva el mundo sino más bien uno apoya a quien hace cosas. Como decía Dostoievski: a veces das limosna más por ti, para limpiarte el alma.

En una gran cantidad de cuentos se cuela el proceso de aprendizaje-enseñanza como tema de fondo, ¿qué tanto te interesa?
Cuando estaba morro, mi hermano mayor -a quien debo todo- iba en el CCH y toda esa cuestión crítica me la pasó directa. Para mí el tema del aprendizaje y transmitirlo es importantísimo, pero no desde esa pedagogía bancaria que decía Paulo Freire en la que al alumno le llenan el recipiente vacío de conocimientos. Creo que el conocimiento se construye de forma social y yo he aprendido de mucha gente: de Hugo César (Moreno Hernández), de Leopoldo Lezama, Luis Paniagua, Sergio Osorio, Benjamín Morales, de mi hermano; sin embargo, no creo en la figura del maestro, bueno, mi único maestro es (José) Revueltas y ya murió.
En la preparatoria yo era muy peleonero; después, en la universidad, me metí a aprender lucha, box, artes marciales y si algo he aprendido en los deportes de contacto es a ser humilde; y ésto no es una cuestión filosófica. Cuando alguien sabe cómo, puede quitarle la vida a otro ser con las manos: eso te hace ser humilde. Lo mismo pasa en la literatura: comencé a escribir y después fui descubriendo a otros autores -incluyendo coetáneos- y vi que me hacía falta un montón. Entonces recibo y trato de dar. Así funciona el taller también (en el Faro de Indios Verdes). Allí yo también aprendo de quien asiste.

¿Aún funcionan los talleres literarios?
A mí me funcionaron. Creo que no hay una fórmula, no hay un “ven y te hacemos escritor”. Es un poco como el deporte, como tener o no tener punch, o si tienes hígado o quijada: no existe el método o la dieta para tener quijada. En ese sentido no todos tenemos la capacidad para llegar a ser literatos pero todos tenemos la capacidad de escribir; y creo que todos debemos escribir. Igual que el deporte, todos debemos hacer ejercicio pero no todos pretendemos competir en las Olimpiadas. En Zacatenco el coach siempre dice que uno debe aprender a diferenciar quien asiste para hacer ejercicio y quién asiste para ser atleta y no se les puede exigir lo mismo. Considero que los talleres literarios deben ser así: el aprendizaje es social y en el desarrollo de tu creatividad te pueden ayudar los demás.

¿Tienes alguna teoría personal respecto del cuento?
Escribir cuento es algo muy natural para mí. Me gustan mucho las historias, siempre hay historias… Antier en el metro iba escuchando una de un cuate que se quemó y no alcancé a oír el final; a lo mejor un día uso eso, le pongo una parte de otra historia y algo de imaginación y sale. Yo intento escribir, digamos, de oído; es como pepenar: recoges lo que alguien no le sirve y le das un segundo uso, quizá hasta uno mejor que el primero.
Para mí narrar es como luchar. Y yo me siento como un fajador, puedo tener poca técnica pero le entro. Intento escribir ensayo, crónica, poemas, pero siempre vuelvo al cuento e incorporo lo que me sirve de los otros géneros. (Gilberto) Owen decía que narrar es andar y hacer poesía es bailar… A mí me late avanzar danzando.

¿Y si bailas?
Fíjate, es chistoso, tengo ritmo pero no bailo bien. Ahora por lo menos ya llevo más ritmo que al caminar… y eso es lo chido del cuento: llegar a veces de punto A al punto B. A veces marchas muy serio muy derechito, otras vas bailoteando, otras corres u otras te tomas tu tiempo, depende… A mí me gustan estos cuentos estilo (Raymond) Carver, (Ernest) Hemingway, de aparente nimiedad pero donde el mundo cambia para siempre.

Tienes cuatro volúmenes de cuentos: ¿te defines como escritor?
En realidad, escritos, tengo once; sin embargo, no creo que sea una cuestión de volumen. Mi primer libro me permitió probarme, saber qué se siente que te lean, que digan ahí está “el escritor” -que no lo soy, me falta mucho-. Me permitió probar eso a baja escala y fue como inocularme contra lo que vendría después, al publicar el segundo libro, que fue en Tierra Adentro: allí te tratan como rockstar y eso hace perder el piso a muchos.
Cuando terminé de escribir La luz de las tres de la tarde llegué a pensar que cuando lo publicara entonces sería escritor, pero no. Creo que habría que redefinir cuándo se es escritor. Yo no me considero aún, aunque piensen que es vanidad disfrazada… no he llegado al punto al que quiero llegar.

Mencionas un rockstarismo en los autores del FETA. ¿Consideras que los escritores jóvenes están muy consentidos?
Sí y eso habla de nuestra ignorancia. Desde niño recuerdo que, como yo leía, entonces me ayudaban en otras materias porque se crea un halo como especial con respecto al que lee y el que escribe, pero si algo que podría ser cotidiano nos sorprende es porque somos un pueblo cosificado. En Tierra Adentro te pagan con libros pero también te dan oportunidades bastante chidas y creo que eso debería hacernos pensar en ser más empáticos, en tender la mano a otros porque no cuesta nada darle la mano a quienes menos tienen.

Regresando a tus personajes, la mayoría de las mujeres de tus cuentos son víctimas de (hiper)violencia…
Las mujeres de mi vida, a quienes me debo, a quienes he observado, son mujeres violentadas. No lo había considerado hasta ahora: es el (micro)universo en el que me desarrollé.

¿Aún somos un pueblo bárbaro?
Sí, somos un pueblo salvaje. Somos un pueblo muy atrasado todavía. Muy terrible para con la vida. No sabemos estar vivos: somos depredadores más allá de lo que es la humanidad por naturaleza. El mexicano siempre se pasa de lanza en extremo. No somos empáticos. Es algo que me molesta mucho.

¿A qué esperanza podrían aspirar tus personajes?
Creo que la esperanza a la que podrían acceder es a tener un final feliz; es decir, un amable camino hacia la extinción. Y creo que estos personajes -los del primer libro sobre todo- lo único a lo que aspiran es a que la transición de la vida a la muerte sea lo más amable posible. A eso aspiro yo: a tener una salida decorosa.

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Rosales Velázquez, Aldo. Luego, tal vez, seguir andando. Río Arriba, 2012.

_____. Entre cuatro esquinas. Fondo Editorial Tierra Adentro-Conaculta, 2013.

_____. La luz de las tres de la tarde. BUAP, 2015.

_____. El filo del cuerpo. Revarena, 2016.