La luz de las tres de la tarde, de Aldo Rosales

Por Hugo César Moreno Hernández.

Raymond Carver, en el texto titulado Escribir un cuento dice que la tensión es parte fundamental. Esa tensión dibuja la sensación de que algo está por suceder. La tensión crece, la página torna hoja de afeitar y el lector busca el desenlace, el clímax, el orgasmo no logrado la noche anterior o imposible para esa misma noche. De repente, la tensión lo es todo, no sucede nada, nada de nada, todo queda en una hoja de afeitar cerca del ojo sin cortarlo, sin llegar, siquiera, a una charada surrealista. Nada sucede y ese suceder de la nada es el principio, a mi parecer, de lo que se dio por llamar realismo sucio. Nada pasa.

Los cuentos de Aldo Rosales son tensión. Se fundamentan en la tensión. No hay garbo, no hay explosión, el orgasmo nunca llega y cuando sentimos una caricia o la cercanía del calor del personaje en turno, ¡pum! El cuento termina, dejándonos ganosos, apenas medio tristes o entristecidos ante la realidad aderezada con metáforas escasas pero eficaces y, por momentos, efectivas, como un piquete en las costillas a manera de guiño hecho por la nada.

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Las atmósferas en los cuentos de La luz de las tres de la tarde, permiten, como esa luz de las tres de la tarde, mirar las cosas con la luz exacta, la luz perfecta para evitar fantasías y conjurar fantasmas, para hacernos del presente, del aquí y ahora una hoja de afeitar que nos corta despacio, sin espectáculo, como el pasar de todos los días. Bajo esa luz se logra observar la suciedad, la grosera imperfección de los muros y las calles, la tristísima línea del tiempo hecha arrugas en nuestros rostros, la certeza de que mañana las cosas no serán muy diferentes, acaso las arrugas más pronunciadas, el cabello más escaso y sólo las fotografías de veinte años atrás nos pueden decir que algo ha pasado.

La cotidianidad es la nada como ausencia de orgasmos. La cotidianidad dura y si se aguanta es gracias a la tensión, a esa supuesta posibilidad de que algo pase. Esa cotidianidad es la materia prima para la confección de cuentos de realismo sucio por antonomasia. Porque la suciedad no tiene que ver con los gemidos o los fluidos o el lenguaje callejero, lo soez y procaz, sino con descubrir esa capa de polvo que determina nuestra vida segundo a segundo. La suciedad está en el perro sacrificado y la pregunta inocente de un niño aprendiendo sobre la muerte sin luces de reflector. La suciedad está en ese momento de quiebre donde una relación está por terminar o ha terminado y el día a día ruega por su continuidad. La suciedad está en la inminencia de la muerte, en la ocurrencia de la muerte, en la vivencia de la muerte. La suciedad está en esa tristeza, en ese sabor a centavo de cobre en la boca, en ese no saber cómo resolver el asunto de la nada. Y sin embargo, tensionar la página, darle vuelta, esperar algo más que el final del cuento.

Aldo Rosales es un mago sin sombrero, sin conejo y sin trucos. Hila las palabras, produce una historia haciendo caso de aquella posibilidad de convertir todo acto trivial en literatura y, sin pases mágicos, sin palabras mágicas, crea literatura. Una literatura levemente dolorosa. No produce sonrisas, sino suspiros, pequeñas anclas espirituales para esperar en la nada el momento del clímax. Y es que el clímax es, quizá, la parte más fácil de la narrativa y la más buscada. Está en los manuales: conflicto, clímax, resolución. En ese sentido, lo digo como autor, crear una historia donde el clímax no suceda, donde no importe, donde el nudo narrativo tomé férreamente al lector sin prometer una solución y dejarlo todo en el conflicto oculto en la tensión, es de enorme grado de dificultad, o al menos lo es para mí.

Rosales Velázquez demuestra en La luz de las tres de la tarde un talento nato para contar de esa manera, es decir, de producir una pieza literaria sin recurrir a los orientadores clásicos. Cada cuento es entrañable en la medida que muestra con sus personajes la imposibilidad de la comunicación humana, al menos la comunicación total. Permite sentir cómo el claustro propio encarcela a los otros y cómo los medios de comunicación a nuestro alcance no consiguen desfigurarnos el rostro, dejando intacta la fachada de mismidad. Y eso deja una sensación de melancolía casi sensible con la yema de los dedos, una tensión pasible de ser rebanada con la mirada doliente de un lector transferido a la historia.

No sé si he logrado establecer de dónde proviene la belleza de cada cuento escrito por Aldo Rosales. Quizá con una metáfora cotidiana y machista pueda lograrlo: estos cuentos carecen de la belleza que aparece en la televisión, no tienen silicona ni maquillaje, no tienen producción ni manipulación. Son bellos como una muchacha recién bañada maquillándose en el metro, viéndose en un pequeño espejo, manipulando con maestría los instrumentos, quizá pensando en que llegará tarde al trabajo y al arribar a una estación voltea a mirar cuál es y, por un segundo, repara en tu existencia y casi sonríe. Esa es la belleza de estos cuentos, una belleza común y corriente, sucia y cotidiana, cercana. Lo cual los hace enternecedores a pesar de la soledad campeando en cada página. Por eso mismo son tan cercanos, porque a fin de cuentas, la muchacha sólo te miró por un segundo y tú sigues solo hasta tu destino, el destino de todos los días donde no hallaras glamour ni el orgasmo, ni el clímax.

Rosales, Velázquez Aldo. La luz de las tres de la tarde. México: BUAP, 2015.