¿Por qué escribí Estación Varsovia?

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Blog: Capitular
¿Por qué escribí Estación Varsovia?

Por Luis Bugarini

¿Cómo se escriben los libros? Concluyo que nunca te pertenecen, que te utilizan para ser escritos, a la manera de un bastón. El proceso de gestación es largo, las más de las veces, a menos que sean producto de un encargo. Aquí me refiero a los libros que te involucran, que te escalan y terminan por generar una frondosidad para habitarte. Estación Varsovia encarna esta tipología de libro personal, tan legítimo como indiscutible en su calidad de confesión y, a un tiempo, experiencia fronteriza. En sus líneas hay sesgos autobiográficos. ¿Qué libro no los tiene? Quisiera subrayar que es producto de la imaginación, aunque no de manera exclusiva. Acaso el protagonista sea yo y quizá es un “yo” filtrado por una ensoñación que me constituye. La ironía del tiempo nos coloca al frente espejos que no habríamos imaginado. Es parte de su crueldad y también de su premura. Me identifico en líneas, a ratos, y luego imagino que lo escribió otra persona. Esto, al parecer, le sucede a todos los autores. Pasa el tiempo y lo que escribieron con entusiasmo y convencimiento absoluto, se transforma en una sentencia con apenas fuerza. Recuerdo, sí, haberla iniciado en París, en un hotel para turistas pobres, ya que siempre viajo con una pequeña minúscula para hacer anotaciones. Si no la llevo por alguna circunstancia o se pierde, compro otra de inmediato porque siempre hay algún detalle que se pierde si no se consigna en papel. A la distancia, me resulta paradójico que no haya escrito una sola línea en la ciudad polaca. Vuelvo a las imágenes del recuerdo, que se funden con otras imaginadas, y me encuentro con un escenario impenetrable desde el lenguaje, que me incomodó hasta el punto de sentir auténtica desesperación. Si no escribiera, habría pintado, compuesto, danzado o cualquier otra forma de expresión. Crear es un exorcismo.

La novela es breve —quiero pensar que lo es—, a pesar de todo lo que hubiera deseado incluir. Entiendo la brevedad como una delicadeza con el lector y yo mismo frecuento libros de extensión media, por lo regular, antes que otros más voluminosos. No se piense que es un asunto de pereza, únicamente. Los objetos pequeños caben en el bolsillo y su tamaño no siempre está en proporción directa de su utilidad (pienso en una brújula, un clip o en una aguja para coser). Hay libros que generan un sistema de túneles: su función es relevar espacios en un entorno que se imaginaba sofocante. La historia de este protagonista sin nombre encuentra un libro que se presenta en su vida con esa función. Este tipo de hallazgos es azaroso, por lo regular. ¿Cuántos libros habitan las páginas de Estación Varsovia, de los cuales no se habla y tampoco hay alguna referencia explícita? La mirada retrospectiva juega con los nostálgicos. Crea trampas, destellos transversales, distinciones en una textura que se intuía plana. Habría introducido diálogos adicionales en la historia, pero en aquellos días creía —y aún lo creo, así sea parcialmente— que los diálogos encajan mejor en el teatro que en la narrativa. Tuve la intención de provocar vértigo en el lector, para que terminara abrumado y hasta adolorido por la soledad y la ausencia. No interesa si se logró el objetivo, en realidad. Soy el primero que olvidó aquel libro. Uno debe parapetarse en la intuición (que puede ser falsa) de haber logrado el objetivo trazado.

Regalé algunos ejemplares y sólo una mujer tuvo la entereza de señalar que no le había gustado la historia. Le parecía que nadie podía tolerar tanta soledad. No hice el intento de explicarle que era lo que había buscado y que uno siempre juzga la experiencia de los demás a partir de una perspectiva individual. Así, el primero que aprende con la escritura de los libros es quien la intenta. Es una exploración de límites y una confesión de alcances. Dudo de la idea que refiere que los libros se perfeccionan y alcanzan su temperatura cuando se leen por los “otros”, sujeto colectivo para indeterminado como improbable. Intuyo que llegan a la vida cuando es su tiempo de encajarse como una astilla en un entorno cultural, lo que se denominaría “nacer”.
Este libro fue el primero que se publicó, aunque no el primero que escribí. Antes, durante y después se generó escritura. Relatos, narrativa corta, ensayos, notas de prensa, apuntes de lectura. Estación Varsovia atestiguó como manuscrito el proceso en el que un escritor gana confianza en sus palabras y, a un tiempo, distancia de lo que refieren. Es la profesionalización del escritor, que le llaman. La modulación/extinción de los adjetivos, de los adverbios que no agregan valor, de las frases que pueden eliminarse sin menoscabo. De manera paralela, amanece el proceso de concientización de la estructura como un andamiaje sustancial a la historia que se escribe.

El placer el viaje y la exploración urbana, aparecerá en otros libros, a pesar de mi búsqueda de narrar desde la inmovilidad —si esto fuere posible. Los protagonistas de la historia seguirán en su persecución de esa droga que es el “otro”, presencia que genera la ilusión de borrar las formas insólitas de la soledad. No podría responder, en lo personal, si yo me he encontrado tan solo como el protagonista. Sucede que los libros generan un diálogo con las personas que lo leen y esta es una pregunta reiterada, lo cual, a grandes rasgos, deriva en otra: ¿es necesaria la experiencia de un hecho/evento/incidente para escribir sobre él? Mi respuesta siempre ha sido negativa, debido al poder de la imaginación. La soledad es relativa, lo mismo que otros sentimientos tan (al parecer) incuestionables, como la felicidad, la plenitud o la libertad.

Dudo que se conserven los primeros originales del libro. Lo que tengo son impresiones de las primeras versiones, siempre más largas que el producto final. Llegué a imprimirlo en formato de libro para engargolarlo, así que es una historia que es indistinguible de mí mismo. Nada hay tan cierto como que los libros del escritor terminan por ser su biografía más auténtica. Al menos, claro, por lo que hace a la persecución de una forma específica, capaz de cifrar un intento por lograr un objeto distinguible y perecedero. Persigo la virtud (así me lo parece) de que una vez que se imprimen los libros no vuelvo a preocuparme de ellos. Se vuelven una responsabilidad de alguien más. ¿De quién? No podría señalarlo, ya que la respuesta fácil —el(los) editor(es)— es una simplificación tan triste como indiscreta. Me esmero por escribirlos y ahí termina el compromiso. Su utilidad es un asunto de terceros y así con el resto de los libros.
Los bordes de las obras son indefinidos. Se imponen contra la voluntad de quienes pretenden delimitarlos. No hay un marco capaz de contener a las palabras, que flotan libres, tan caprichosas y tan endebles. La historia que se relata en el libro es una aproximación, tan rudimentaria como inexperta, a ese golpe de luz que es la emotividad humana. De manera lateral, aborda una práctica que me interesa más allá de lo anecdótico: el alcoholismo. El abuso de la bebida es un motor de la escritura desde el inicio del hecho literario. Alterar la forma habitual de la conciencia permite asomarse a la disgregación del yo, lo que genera un espectáculo delirante y absurdo. Son demasiados los autores que lo han utilizado como leña para la escritura, y enlistarlos aquí sería un ejercicio inútil, pero me interesa dejar constancia de ello.

Nada como los libros para fundar individuos o para disgregarlos. Quienes no aprecian su compañía tienden a la cosificación, a perder el ejercicio de la crítica como una posibilidad para encarar el presente que les haya tocado vivir/padecer. Recuerdo la escritura de Estación Varsovia y la asimilo a un padecimiento. Ahora soy libre de esa historia. Puedo caminar por las plazas, ir al cine, entrar a un restaurante con la certeza de que cumplí el objetivo y aquello existe lejos de mí e incluso a pesar mío. El desgajamiento entre el autor y la obra es tan real o más que la obra misma, puesta frente a los ojos del lector. Esta sensación de “avanzar” hacia ningún sitio es parte de una modernidad que sucede en segundos y permanece en la vista, como la luz estroboscópica. Las preocupaciones de aquel libro se mantienen vigentes, porque la secuencia de los días sigue su fuga y envejecemos sin remedio.

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¿No es una paradoja que una tarde de sol me lleve al recuerdo de su escritura? Quizá escribirnos para contrariarnos y habitar en los resquicios que se generan con cada acto que hacemos. Lejos de reafirmar lo que hacemos, escribir nos pone contra la pared y nos alimenta con dudas. Los libros que publicamos nos fusilan y nos hunden en esa noche que presentimos y de la cual intentamos huir con todos los medios al alcance. El libro, antes de Estación Varsovia, se tituló “Álgebra”. Me parecía (y aún lo creo) que la condición humana es una ecuación en la cual se desconocen las variables fundamentales. La posibilidad del “despeje” es parcial y se intenta, siempre, antes que declarar una victoria rotunda. Todo es tan pírrico como innecesario. Basta levantar la mirada para llegar a esta conclusión. Ahora deduzco que escribí ese libro para preservarme, a través de la memoria. En sus páginas, desfilo en el frío y la posibilidad del auténtico contacto humano me parece tan imposible como ahí se narra. Me serví de las bajas temperaturas como metáfora, a ratos feliz, no obstante incierta, para decretar lo lejos que estamos de nosotros mismos, ya no se diga de los otros. Es un libro desconfiado, al cual se llega por un acto abatido, tanto de escritura como de lectura. Se crean objetos con significado para estallarnos en mil pedazos. Esa es la tarea de ese libro, de las mujeres que lo atraviesan, de las calles que lo trenzan en una situación específica. De reunir los pedazos al alcance, reorganizamos una forma distinta del paso para seguir… ¿adelante? Difícil señalarlo, la presión que ejercen los objetivos que nos trazamos nos debilitan hasta dejarnos exangües. Así me intuyo, en la imagen decolorada de un espejo incapaz de reflejarse a sí mismo. Releído, a la distancia, Estación Varsovia me expresa, tanto más que cualquier otra palabra que pudiera escribir u omitir y eso parece suficiente por el trabajo dedicado a sus páginas.