Iniciarse en el oficio de escribir

Blog: Atarazanas
Iniciarse en el oficio de escribir
Por Manuel Pérez-Petit.

“Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un “Sí debo” firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.”
(Extracto de la primera carta de Rainer Maria Rilke al joven poeta Franz Kappus. Traducción: Luis López Nieves).

Ahora que con la literatura se está de zarabanda, en las fechas en que murieron tantos grandes escritores –que también es casualidad–, empezando por Cervantes y Shakespeare, y en que aunque no esté de moda leer escribir sí que lo está, y ante preguntas inevitables –verbigracia, y con mucha sinceridad expresado, si el 90 por ciento de la gente no sabe escribir, ¿cómo es posible que el 90 por ciento de la gente tenga un libro para publicar o eso sea lo que parezca?–, cobra una renovada actualidad reflexionar sobre un oficio antiguo y muy complicado de adquirir. Y es dificultoso de alcanzar porque no basta con la técnica, al contrario de lo que pasa con la pintura o la fotografía. Pintores y fotógrafos, por ejemplo, alcanzan cierta maestría aunque no tengan mucho que decir. En realidad, las cosas se dicen por sí solas, y en parte su labor es reflejar lo que hay. En el mundo antiguo era más sencillo. Los grandes maestros de la pintura pintaban por encargo. La fotografía, por su parte, es una modernidad, pero cabe destacar que su primer uso fue el retrato. La escritura es tan antigua como la pintura, pero aunque bien es cierto que en su origen ésta tenía un carácter funcional, aquella no tanto. El genio de Altamira pintaba el animal que quería cazar para alimentar a su gente. No se expresaba a sí mismo. Los más antiguos vestigios de la escritura asumían otro papel, el de recordatorio de personajes y gestas o el de ensalzamiento de las fiestas, que en cierto sentido negaban al autor, pero en otro no menos cierto lo ensalzaban. Era Píndaro quien cantaba a los juegos, no cualquier otro. Por tanto, a él le debemos en mayor medida lo que sabemos de los juegos de la antigüedad griega, sin perjuicio de que hubiera otros cantores de esos maravillosos acontecimientos. Por decirlo de algún modo, la pintura era más “grave” y hasta incluso ornamental y los oficios de la palabra estaban más cerca del ocio y el espectáculo, la didáctica, la doctrina, la transmisión del conocimiento. Los primeros escritores eran anónimos, cumplían su función, pero cuando uno de ellos comenzaba a despuntar enseguida salía otro para ensalzar su obra, y darlo a conocer. Eso pasaba cuando el escritor había alcanzado un nivel de reconocimiento social; un reconocimiento dependiente de su grado de maestría en las artes de la palabra. ¡Qué sencillo fue durante siglos! En cualquier oficio, uno comenzaba como aprendiz, en el taller de un maestro reconocido –y maestros eran los menos, y era difícil llegar a serlo–, y se dedicaba a aprender y a practicar, y todos asumían su rol. Más tarde, cada cual podría legar a ser oficial y, en algunos casos, incluso maestro, momento en el cual uno podía poner en marcha su propio taller y comenzar a aceptar aprendices… No se trata de ser nostálgicos, pero hoy por hoy, al menos en el mundo Occidental y en la literatura, asusta ver lo que hay: casi más maestros que aprendices y, lo que es peor, facilismo, ausencia de autocrítica y de rigor, problemas de voluntad, hiperinflación a todos los niveles. Al punto de que hoy separar en las artes de la escritura el grano de la paja es tarea poco menos que titánica. Lo cierto es lo cierto, que diría Perogrullo. No puede escribirse sin leer, sin afán de superación, sin rigor ni autocrítica, sin capacidad de autoexplorarse, sin tener nada que decir. Y no puede adquirirse el oficio de escribir mirando solo hacia fuera. Para bien, hoy están desterrados los conceptos de genio –que nadie nace bendecido por Júpiter, no nos engañemos, y hay que asumir que para escribir, por ejemplo, Madame Bovary, Flaubert tuvo que trabajar mucho, vamos, que nadie crea de la nada– o de casta –que, entre otras cosas, es incompatible con los tiempos entender que uno sea eso o forme parte de una raza superior, la de los escritores y/o que se deba tratar a los lectores como idiotas, porque no lo son, con ese paternalismo lamentable de los que se creen que por escribir están dando lecciones–. Y eso es un aliento. Como la idea, que va impregnando poco a poco el mundo, de la necesidad de regresar a un cierto orden, incluso para buscarnos a nosotros mismos.

En la renovación está la esperanza. Los autores jóvenes, o los futuros autores, pueden dar en el clavo. Es difícil, pero más difícil aún que los escritores ya hechos puedan modificar las cosas, y transformar el mundo parece una tarea cada día más necesaria. Por esta razón he desempolvado y revisado un viejo decálogo que escribí hace años y que, casi sin tocar y respetando su espíritu fundacional, me permito exponer:

Decálogo para cualquier joven que quiera escribir

(Si entendemos lo de “joven” en términos de cualidad, un joven es cualquiera que esté despierto).

1. Libertad: Haz lo que te venga en gana.

El cómo debes aprenderlo. Eso sí: juégatela, y recuerda no dejar de vivir. La libertad tiene sentido en la medida en que se usa, en que se dona, en que se niega.

2. Honestidad: La objetividad no existe.

Lo que te queda es ser honesto. Ten en cuenta que lo verdadero se transmite mejor que lo falso, aunque la mentira sea muchas veces más creíble que la verdad.

3. Sustancia: Si no amas el idioma, si no lo respetas, estás perdido.

Para transgredir la norma debes, al menos, conocerla. Tu conocimiento no viene de la teoría sino de la propia vida, y de tus lecturas. Si lees y escribes con hambre llegarás.

4. Necesidad: Escribes porque no puedes no escribir.

La cobardía no aplica, y no puede confundirse con el respeto. La autojustificación está en la base de todos los fracasos. Es la negación del sentido de tu propio camino.

5. Vida vivida: Escribes porque vives, y no al revés.

Porque quieres ver cuando miras y las cosas te apelan. Fuera del tiempo, frente al tiempo, en el tiempo. Porque quieres compartirte, y esto solo es posible si tienes algo que dar.

6. Crecimiento: Lo que buscas sólo lo puedes encontrar tú.

Nunca llega del todo, pero si no te entregas de verdad no podrás llegar. Mira dentro de ti. No dejes de creer, de crecer, de crear. Es posible hacer posible lo que parece imposible.

7. Humildad: No pares de leer.

Los buenos escritores son buenos lectores. Luego está conocer técnicas, soltar la mano, depurar. Tu oficio no es para soberbios, pero los consejos no deben determinarte.

8. Autoexigencia: Sé tu propio crítico.

Atrévete a eliminar tus propios textos, con humildad y criterio. Guarda lo que escribas y sácalo, pasado un tiempo, como si fuera de un enemigo. Ten voluntad de superación.

9. Maduración: Olvida lo aprendido, una vez aprehendido.

Como en la vida, primero uno mama para luego dar de mamar. Permítete oírte a ti mismo. Tu mente es más sabia que tú. Escucha tu voz interior y déjate llevar por el camino.

10. Fuego: Recuerda que tienes fuego en las manos.

Nunca creas que has llegado a ningún sitio. Quevedo escribió: “Vivir es caminar breve jornada”. No hay prisa, pero tampoco tiempo que perder. Si vives ardiendo, llegarás.

Decálogos y consejos hay muchos, y puede que éste sea el menor o el más ingenuo de todos, pero hoy, que tanto se presume de libros, tanto se escribe y tan poco se lee y tan poco afán se observa más que de quizá notoriedad –confundiendo, que es un signo de nuestro tiempo, la fama con la capacidad de trascender, por ejemplo–, se me hizo necesario ponerlo aquí, y compartirlo, “con íntima, callada y humilde sinceridad”.