La lectura del placer

Blog: Atarazanas
La lectura del placer
Por Manuel Pérez-Petit.

No lean nada de lo que se ha escrito sobre Fulano de Tal. Shakespeare no leyo? una li?nea escrita sobre e?l y escribio? la obra de Shakespeare. Ustedes no se preocupen de lo que se ha escrito sobre Shakespeare. Lean ustedes a Shakespeare. Si Shakespeare les interesa, muy bien; si Shakespeare les resulta tedioso, de?jenlo. Shakespeare no ha escrito au?n para ustedes, pero algu?n di?a Shakespeare sera? digno de ustedes y ustedes sera?n dignos de Shakespeare. Pero mientras tanto, no hay que apresurar las cosas”. Es decir, yo aconsejari?a ante todo la lectura y la lectura hedo?nica, la lectura del placer, no la triste lectura universitaria hecha de referencias, de citas, de fichas.”
(Extracto de una entrevista incluida en la peli?cula Borges para Millones, de Ricardo Wullicher. 1977)

Acerca de leer se trata de ver qué dice qué y cómo y qué nos dice qué, no quién es quien lo dice ni por qué. Jorge Luis Borges, en una famosa reseña a la Introduction a? la Poe?tique, de Paul Vale?ry, publicada en la revista El Hogar del 10 de junio de 1938, escribió: “Vale?ry -como Croce- piensa que todavi?a no tenemos una Historia de la Literatura y que los vastos y venerados volu?menes que usurpan ese nombre son una Historia de los Literatos ma?s bien. Vale?ry escribe: ‘La Historia de la Literatura no deberi?a ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras, sino la Historia del Espi?ritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podri?a llevarse a te?rmino sin mencionar ni un solo escritor. Podemos estudiar la forma poe?tica del Libro de Job o del Cantar de los Cantares, sin la menor intervencio?n de la biografi?a de sus autores, que son enteramente desconocidos’”. En 2016, un nuevo año cervantino, la cuestión vuelve a venir que ni pintiparada: ¿De verdad interesa que a un tal Miguel, aburrido en la Cárcel Real de Sevilla, en donde penaba por estar acusado de robar los impuestos que recaudaba por Andalucía, le diera un día por escribir o idear lo que fue el pistoletazo de salida de la más grande obra escrita en español de todos los tiempos? ¿Importa de verdad si fue manco o su mano izquierda quedó tullida a causa de un trozo de plomo que le seccionó un nervio en la batalla de Lepanto? No. ¿Qué se necesita saber de nadie para leer su obra? Nada.

Convéngase que hay tres tipos de lectura:
A) La del académico, el critico o el editor, por ejemplo, debe ser analítica, y sin menoscabo de que pueda generar disfrute, su finalidad es más bien contraria a lo lúdico, aunque no niega esta posibilidad.
B) La del que anda en el proceso de adentrarse en el oficio de escribir es una lectura interesada, casi parasitaria, conducente al aprendizaje de un oficio que no puede estudiarse en Escuela, Facultad o Colegio alguno y que apenas puede adquirirse mediante la propia lectura y el ejercicio continuo, disciplinado y voluntarista, y acudiendo a referencias cuyo valor es indudable, tales como otros autores y la lectura de obras consagradas. “Roben si es necesario”, decía Onetti en su célebre Decálogo (más uno) para escritores principiantes. Es una práctica que exige entrar en el texto de forma no erudita ni intelectual sino llena de afán devorador, hambrienta de elementos en que expresar la propia intención escritora, y que por lo general conviene llevar a cabo mediante la orientación de alguien en que se deposita la propia confianza como facilitador o maestro.
C) La lúdica, que es la lectura común, y si bien las otras dos no están reñidas con el placer de leer, la que en exclusiva es lúdica y no tiene intención más que la de pasar el tiempo es la más grande todas, aquella por la que en verdad merece la pena adentrarse en un libro.

©Lourdes Laguarda Salida de imprenta de la era edición de Estación Varsovia, de Luis Bugarini Noviembre de 2013

©Lourdes Laguarda
Salida de imprenta de la era edición de Estación Varsovia, de Luis Bugarini
Noviembre de 2013

La panoplia de posibilidades es inabarcable, y no se está en condiciones de desdeñar ninguna opción. Hay quienes desprecian ciertas lecturas en favor de otras, que descalifican o califican a las personas en función de las obras que leen. Sin embargo, el clima no está para exquisiteces, al menos a nivel de calle. Otra cosa es que se hablara de circuitos o círculos culturales. Ahí sí entra en juego el rigor, el criterio, la selección, que deben ser coherentes y que en un universo ideal tendrían que ser asunto de todos. Pero se dista mucho de ese mundo. Para el lector lo importante es encontrar obras y acceder a ellas, y ahí toma protagonismo, por cuanto facilitador y por su responsabilidad moral, la importancia del oficio de escribir, sin olvidar que se escribe para los otros.

El punto de partida del arte no es la teoría sino la vida vivida. Verbigracia, se puede saber qué es una metáfora pero ello no capacita a nadie para lograr una, y eso pese a que toda obra literaria, en tanto ficción o no ficción pero de naturaleza comunicable, es metáfora, esto es, designación de algo con el nombre de otra cosa por analogía. Y sabiendo que la metáfora apela al intelecto pero también a los sentidos, ningún lector –sea cual sea la obra o el tipo de su lectura– está exento de ser eso que Borges decía: un lector hedonista. Esa metáfora que es toda obra literaria puede estar al alcance de muchos o de pocos, y esto depende de múltiples factores. Si se comprende que el mismo problema es experimentado de manera diferente por distintas personas, y lo que supone un drama para unas no pasa de anécdota para otras, puede comprenderse que los niveles de exigencia y capacidad de los lectores varían según quién sea éste. Incluso se podría proponer la lectura como oficio. Un arduo oficio innecesario en apariencia y por lo cual fabuloso, solo dependiente de la voluntad, pero generador de satisfacciones poco comunes que, además, tiene la consecuencia –incluso por cada página leída– de agrandar la vida. Pese a todo, sin llegar a ello, ahora que la lectura está mal vista –a qué poner paños calientes–, lo que habría que hacer es leer, con dos narices, con hambre y sed, afán de mejorar las cosas, y a este efecto, ¿qué nos importa nada que no sea la obra en sí, el texto en definitiva, sea cual sea su naturaleza y condición, quién la haya escrito y/o por qué, o lo que opine nadie acerca de ello o incluso las sensaciones que nos provoca lo mal que anda el mundo, tan inhóspito, tan cruel, tan contraindicado para cumplir nuestras ilusiones, de lo que nos quejamos a diario? ¿Qué hacemos al respecto? No se puede seguir esperando a que llueva; hay que ponerse en marcha; iniciar uno mismo la tarea de transformar la sociedad, hacerla más habitable, para lo cual la única premisa es transformarse uno primero, hacernos más humanos. A este efecto, pocas actividades hay como la lectura, y es mejor leer que no leer, por lo que es mejor leer cualquier cosa que ninguna. Ya se crecerá en el hábito y poco a poco cada cual tendrá mayores exigencias y, por consiguiente, mayor capacidad de crecer. Lo que toque llegará cuando toque, como todo. Y llegarán quienes quieran ponernos cerco, clasificarnos o hasta humillarnos o pontificar desde posiciones de supuesta superioridad, pero los demás, los que somos normales, sabremos enfrentarnos a ello, pues seremos más completos, íntegros, irreductibles y hermosos, y tendremos la ventaja de que no nos importa ni nos importará si aparecemos o no en ningún libro de historia.

Interpretar o preguntar por las causas primeras y/o últimas del poema o del cuento o de la narración o por el autor y/o el tiempo que le tocó vivir es un alarde innecesario y carece de sentido, al menos en el hecho de leer, condición necesaria para crecer y ser. Y máxime teniendo en cuenta tanto como hay hoy en juego. Por ello, si se trata de leer, sentir –y no pensar–, la lectura del placer, es lo primero. Lo demás es pedantería.