Tres mujeres, de Susanne Noltenius

Por Judith Castañeda Suarí.

Un libro que logra conmover a través de historias cotidianas. Así describe ‘Alonso’, el escritor que dirige un taller literario en pertenencia, la obra de ‘Marcela’, una de las asistentes a dichas sesiones y también personaje central de este cuento, el segundo de los tres que integran Tres mujeres.

Esa cotidianidad escapa al libro ficticio que la contiene para impregnar páginas cimentadas en la experiencia personal de su autora, Susanne Noltenius, quien estudió administración de empresas en la Universidad del Pacífico. Y es que ‘Lorena’, ‘Marcela’ y ‘Ofelia’, las protagonistas de cada uno de los relatos, muy bien podrían haber sido compañeras de facultad o de trabajo, pues se mueven dentro del ambiente empresarial que, el lector supone, es familiar para la autora.

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Así, a lo largo de Tres mujeres tenemos citas con banqueros, abogados, presentaciones ante el comité que se refieren a alguna anomalía; términos como “presupuesto de promociones desfasado, incremento de morosidad, desviaciones en el flujo de caja, deterioro del capital de trabajo“, elementos que se entrelazan con actividades rutinarias como tomar una ducha o la compra de naranjas a última hora, al finalizar la jornada laboral.

Estos episodios se exponen con un lenguaje en cuya sencillez –excepto por los tecnicismos relacionados con el ambiente de negocios, los cuales pueden resultar confusos para más de un lector– se hacen presentes el narrador en primera persona, caso del inaugural pecera, y esa especie de dios que sabe lo que los personajes sienten y piensan, el que nos guía a través de acontecimientos y recuerdos extendiendo una mano, tomando la nuestra y enseñándonos, completo, el territorio que cada uno de los cuentos ocupa, caso del mencionado Pertenencia y de Unsecured, que cierra el libro.

Este tipo de narrador, desprovisto de la experimentación presente en mucha de la escritura actual y sumado a alguna construcción no muy afortunada (como el “cielo celeste” de la primera página), pareciera restarle a Tres mujeres. Está además, la sensación de leer la vida de una sola persona y no de tres, elemento que ahonda la unidad que otorga al libro el hecho de que sus personajes tengan más o menos el mismo perfil laboral. Sin embargo, hay imágenes que destacan, como los caramelos sobre una gran galleta que la autora usa para describir, dentro del sueño de ‘Lorena’, a “las personas empequeñecidas con sus trajes de baño multicolores que contrastan con la arena”.

En esa biografía única, por así decirle, no hay un “vivieron felices para siempre”, tampoco la dicha plena luego de concluir un mal matrimonio ni príncipes azules, y si alguien parece uno, termina convirtiéndose en una fuente de culpabilidad, como Julián en pertenencia, o en un extraño, como ‘Bruno’, que al final de unsecured le dice a ‘Ofelia’ que se aclimate al entorno de trabajo, plagado de bromas con tintes machistas, de miradas a las piernas de la mujer, firmes a sus casi cuarenta años gracias a los ocho kilómetros que corre cuatro mañanas por semana y al ejercicio en el gimnasio. “¿Te acuerdas cuando fuimos en bus a la planta y contaron esos chistes? Tú misma me dijiste que así son todos, que no puedes hacer nada y que mejor te distraes con otra cosa. Haz lo mismo con Raúl: acéptalo y ya no te cargues”, son las palabras del nieto mayor de ‘Herr Hofmeister’, principal accionista de la empresa productora y comercializadora de cereales donde trabaja ‘Ofelia’ y frente a él, frente a lo que simboliza –un aliado, quizás, un refugio–, encontramos a un solo personaje femenino para el que muchas veces no hay tregua.

Por si no fuera suficiente la manera de contar de la autora, esto último se refuerza con la palabra colocada antes de iniciar cada cuento, para separarlo del siguiente. Divorciada, casada, soltera. Es como el recuento de las etapas de una vida, como ir hacia atrás en el tiempo acumulado dentro del cuerpo de una única mujer, sin importar que los nombres sean distintos. En dicha vida nos encontramos con la presencia de hijos adolescentes, entre los que siempre hay una hija, y con lo que esta etapa conlleva por lo regular: los ojos entornados por el aburrimiento de ‘Carina’, de trece años, en cuanto se le pide algo que interrumpa su rutina, la interacción de Ariana con sus padres, consistente en “exangües saludos por la mañana y monosilábicas respuestas a las preguntas con las que ellos intentan hilar un diálogo”, Natalia, de dieciséis años, quien antes de ir a un retiro de tres días junto con su clase, responde a la preocupación de Ofelia con un “Mamá, relájate. Pareces una neurótica. No pasa nada, yo sé lo que hago”. La reacción de ‘Lorena–Marcela–Ofelia’ puede ser el enojo, en ocasiones, cuando el estrés la ha vuelto una olla de presión y sólo así puede desahogarse, o subrayar la orden de ayudar al hermano menor con la tarea, por ejemplo. Pero sin importar ni el comportamiento de sus hijos ni lo que sienta ella, va a estar latente el esfuerzo por cumplir con sus obligaciones como madre de la mejor manera.

Tal deber se vuelve más difícil en la etapa divorciada. Aquí es una demanda lo que pone obstáculos frente a ‘Lorena’: su ex esposo, desde un nuevo matrimonio con una mujer-sin-empleo, insiste en que sus hijos vivan con él, pues ‘Denise’ “puede dedicarse a ellos en las tardes porque no trabaja”. ¿Acaso las mujeres que trabajamos descuidamos a nuestras familias?, se dice Lorena, mientras repasa el correo electrónico que recibe de su abogado. No, no las descuidan, pues para satisfacer sus necesidades es que deben tener y conservar un empleo. Como dicen ‘Raúl’ y ‘Pablo’, gerente general y gerente financiero corporativo de unsecured acerca de una de las dos aspirantes a recepcionista, divorciada igual que Lorena, “necesita trabajar. Eso siempre funciona”.

Lo anterior hace pensar en los roles impuestos a los que las mujeres deben ceñirse sin queja alguna: la sumisión a los hijos, al esposo, las labores del hogar realizadas sin ayuda y en caso de tener un empleo, convertirse en súper–mujeres que atienden a su familia y limpian y lavan después de su jornada laboral, lo que se traduce en una doble prisión. En Tres mujeres esta última celda es la que contiene a dos de las protagonistas pues, si bien una de ellas cuenta con una auxiliar doméstica, las presiones de un empleo importante las hacen parecer más cautivas, más prisioneras.

Aunque las tres recurren a válvulas de escape, para ‘Ofelia’ son los chocolates rellenos con mantequilla de maní y la relación con ‘Bruno’, para ‘Lorena’ la hora de la ducha, espacio sólo de ella, adornado con velas aromáticas, un florero con margaritas y claveles y frascos de burbujas para los fines de semana. En el caso de ‘Marcela’, dicha válvula le sirve para huir de la rutina doméstica y no de las presiones laborales, además su naturaleza es diferente, tratándose de algo más duradero que un baño o dos o tres golosinas, algo que demanda más dedicación. Me refiero a una maestría, al propio empleo y a la escritura, la mayor satisfacción personal que ha tenido ‘Marcela’, según palabras de Susanne Noltenius.

Pero no importa cuán placenteras sean las vías de escape, invariablemente han de acabar teniendo cierto regusto amargo para las mujeres que acuden a ellas. ¿Por qué, porque son ya inherentes a la naturaleza femenina las funciones impuestas, aceptadas por costumbre o debido a ese callejón sin salida que llamamos existencia, por los dogmas que clavan en el cuerpo femenino un pecado atemporal, pecado que debe purgarse sometiéndose a la voluntad del padre–marido–hijo? Tal vez no haya ni una respuesta ni una salida definitiva, y la válvula de escape sea la propia búsqueda de esa válvula, por lo menos mientras se rompe por completo el corsé hecho para las mujeres

Noltenius, Susanne. Tres mujeres. Perú: Animal de invierno, 2015.