Entrevista a Vicente Alfonso

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Por Javier Moro Hernández y Nahum Torres.

A la manera de un mago que con una mano exhibe lo que la otra oculta, en su segunda novela, Huesos de San Lorenzo, el narrador y periodista coahuilense Vicente Alfonso (Torreón, 1977), distrae al lector con una pesquisa en la que están involucrados un mago escapista (‘Farid Sabag’) y dos gemelos (‘Rómulo’ y ‘Remo Ayala’) mientras del fondo de la trama emergen dos personajes femeninos (‘Magda González’ y ‘Rosario Navarro’), revelando así a un narrador que apostó por transformar radicalmente su visión un tanto anecdótica sobre las mujeres, tal y como lo revelan anteriores personajes: la inerte ‘Laura’ en la novela policiaca Partitura para mujer muerta (Premio Nacional de Novela Policiaca, 2010) o la prostituta/dibujante ‘Katia’ en el cuento que abre el volumen Síndrome de Esquilo (2008).

No extraña entonces que Huesos de San Lorenzo fuese galardonada con el Certamen Internacional Sor Juana Inés de la Cruz 2014. Aquí hay casi cinco años de escritura, los últimos dos de manera intensiva a partir de un autoexilio forzado en los que se impuso horarios estrictos para culminar este relato de índole fatalista, donde la muerte está presente a través de un crimen y de un suicidio, elementos comunes en la narrativa del coahuilense.

¿Cómo es tu acercamiento al tema de la muerte?
Creo que se da como en todos: la muerte es nuestra mayor duda y nuestra mayor certeza: lo natural es que no sepamos cuándo vamos a morir pero todos sabemos que vamos a morir. A partir de ahí, prácticamente todo lo que escribo está rodeado de este misterio. Decía Horacio Quiroga que solo había tres temas en la literatura y de ellos el de la muerte es el que más me atrae porque es la única experiencia que no podemos narrar. No recuerdo quién decía: la muerte perfecta es imposible de narrar porque nadie regresa de ella.

El suicidio y el crimen son temas recurrentes en tu narrativa, ¿lo consideras una obsesión?
El crimen llama mi atención por razones que desconocía a nivel consciente pero con la escritura de esta novela he podido hacer más claro para mí mismo: soy hijo de una mujer que fue juez por muchos años y de un abogado que también fue maestro rural, entonces desde niño estuve muy cercano a los procesos judiciales y a la procuración de justicia. De niño jugaba en el archivo y leía los expedientes de los casos, que no son sino testimonios enfrentados y lo que tiene que hacer uno es tratar de leer entre líneas cuál fue la verdad de esta visión fragmentaria, una verdad que por definición no podemos alcanzar. Puede existir una “verdad histórica”, ahora que está tan de moda usar estas dos palabras que juntas son muy peligrosas, pero la verdad es inaprensible y lo que tenemos son testimonios falibles, en muchos sentidos, y si recolectamos los suficientes testimonios nos daremos cuenta de que quedan huecos, de que generalmente hay puntos de vista completamente encontrados y que es justamente eso lo que enriquece a cualquier historia. En ese sentido creo que la obsesión que heredé fue la posibilidad de leer expedientes y ahora mis novelas tratan de recrear esta realidad.

¿Sería lo mismo encontrar verdad que justicia?
Es una de las grandes preguntas que intentamos resolvernos ahora por las realidades atroces que vivimos en este país y en el mundo. Me pregunto si es distinto encontrar justicia a encontrar verdad y justo es el tema que ocupa esta novela; precisamente por ello incluyo un crimen como detonador de este movimiento telúrico de la realidad que nos hace replantearnos todo.

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Como en el volumen Contar la noche, en Huesos de San Lorenzo Vicente Alfonso también aborda la fascinación que producen los gemelos, pero sobre todo, hace entrega de una verdadera novela policiaca, en la que una persona muere delante de muchos testigos y en la que los detectives (todos ellos masculinos: un psicólogo, un periodista que pierde a su esposa en un accidente de tráfico y uno de los gemelos Ayala) se enfrentarán a una personaje elusivo, camaleónico, a quien los pobladores de las regiones rurales le profesan un extraño culto.

Los gemelos aparecen ya en alguno de los cuentos de tu libro Contar la noche y en Huesos… reaparecen con más fuerza: ¿qué te obsesiona del tema?
La novela responde a una pregunta: “¿qué se siente tener un hermano gemelo?” Yo tengo un hermano idéntico y la situación te pone en graves conflictos de identidad. Al principio quería hacer un ensayo sobre el tema, pero me di cuenta de que desde el punto de vista racional es muy difícil explicar ciertas cosas; y al final de cuentas, me siento más cómodo haciendo narrativa, por eso me decanté por hacer una novela que no intentará explicar racionalmente el fenómeno de los gemelos pero que retratará el estado de incertidumbre en que puede vivir uno, como gemelo, que es casi una crisis de identidad permanente.

De hecho, los protagonistas de la novela juegan distintos roles a lo largo del libro…
Es que en la vida cotidiana pasa así, lo que quería era echar luz sobre este fenómeno, porque cuando alguien conoce a unos gemelos siempre pregunta ¿Quién es el bueno y quién es el malo? Y la respuesta está en respecto o relación a qué o a quién.
Siempre hay un punto de comparación, pero eso que pasa tan claramente en el caso de los gemelos nos sucede a todos, porque siempre somos buenos o crueles en relación a algo o alguien más. Una novela como esta nos permite darnos cuenta de la transformación de los personajes; sin embargo cuando hacemos una retrospectiva podemos darnos cuenta del cambio de roles que henos experimentado a lo largo de nuestra propia vida, que hemos cambiado radicalmente, que podemos pensar o decir que somos otras personas. A lo largo de un mismo día jugamos muchos roles, por la mañana padre de familia y en la tarde vamos a la chamba y jugamos un rol completamente distinto…

¿Buscabas que el lector pudiera conocer más del entorno en el que se desenvuelven los gemelos Ayala?
Sí, digamos que las entidades regionales también va cambiando y la identidad de Torreón, que es la ciudad en donde se desarrolla buena parte de la historia, ha cambiado mucho desde la década de los ochenta, de hecho acaba de salir del ranking de las 50 ciudades más peligrosas del mundo, algo que era inimaginable cuando yo era chico. Este pueblo salvaje que es ahora Torreón fue un paraíso, entonces es muy difícil saber hacia dónde van estos grandes caldos de cultivo pero inevitablemente se van moviendo, y me interesaba incluso esta gran abstracción que llamamos México, el México de los setenta era un país con ciertos ideales y utopías, pero sí escuchamos ahora los discursos políticos son completamente opuestos, y es muy curioso porque es el mismo partido en el poder que ahora defiende ideas y conceptos totalmente contradictorios, porque este asunto de la dualidad y de la lucha de contrarios no se da solo en el nivel individual, sí no que también se da en el aspecto colectivo. La idea de presentar diferentes visiones en la novela pretendía evidenciar esos cambios radicales o bandazos. No sabemos bien a bien en donde estamos parados…

Llama la atención que la novela sucede en el norte y sin embargo, el tema del narco no aparece…
No aparece deliberadamente porque no quería caer en el cliché fácil de la violencia. Lo primero que tendríamos que hacer es hurgar más allá de la superficie porque han sido lugares violentos durante siglos. En la novela hablo de las luchas de los primeros conquistadores del norte que fueron los jesuitas, que no llegaban y ponían una bandera y decían ya está conquistado, lo que hacían era guerrear con las tribus nómadas que dominaban esos territorios, lo que da por resultado otra colonización que no se ha contado mucho, pero pensamos en esta lucha de dos mundos distintos solo a partir de las crónicas de la conquista del centro del país y estas luchas fueron muy fuertes y amalgamó un mundo, un territorio distinto, que podemos ver en las fiestas de San Lorenzo, que se celebran el 9 de agosto en Parras: una fiesta de rituales paganos y rituales católicos que nos permite ver que cada uno estaba dispuesto a defender su religión, defender en lo que creían. En estas celebraciones ahora conviven solo que con un historial de pugnas y luchas de siglos, porque esta lucha de contrarios, de la que hablábamos hace un momento, también se da a nivel social permitiendo que surja algo nuevo, algo distinto. En ese sentido, el norte del país es resultado de muchas de estas luchas contrapuestas.

“Además de no aparecer narcos, los pocos policías que aparecen no son los que llevan las investigaciones, están muy despreocupados de las investigaciones porque me interesaba que los lectores se identificaran con esta tarea de la reconstrucción de los hechos. Los que nos dedicamos al periodismo sabemos que la chamba es la reconstrucción de los datos, pero ese trabajo la hacen también los historiadores, los doctores o los psicólogos, porque el presente puede ser tan elusivo que la mayoría de las profesiones consisten en la reconstrucción de un presente que ya no está.
En el inicio de la novela doy al lector una especie de clave con la cual podrá leer el resto del libro: la realidad ocurre y se fuga, es inaprensible, y lo único que nos queda son interpretaciones, intentos de reconstrucción.

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¿Cuál es tu opinión sobre la llamada “Golden Age” coahuilense?
Creo que fue una gran ficción; sí hay un boom literario en Coahuila, pero no es un movimiento. Dicen los estudiosos que las etiquetas son hipótesis de trabajo que sirven a los académicos para poder segmentar la realidad y creo que esto de la “Golden Age” fue algo así.
En lo particular me gusta mucho el trabajo de Julián Herbert pero nunca he platicado con él directamente; es decir, el diálogo viene en las influencias comunes que ha significado crecer en el mismo territorio. Si algo abonan libros como los de él o incluso un libro de Luis Jorge Boone que se llama Las afueras, es que nos explican que el carácter del norte no viene de hace diez minutos para acá. Como dice Julián en su crónica: el territorio era difícil, violento, intolerante desde hace tiempo, este boom de la literatura del norte fue justo eso, un estallido, un asunto de emergencia, pero yo creo que ya se está pasando a otra fase, que es el explicarnos de donde proviene todo esto; y en ese sentido la antología Norte, de Eduardo Antonio Parra, abona: hay otros nortes y hay una tradición muy larga.

Vas intercalando entregas de volúmenes de cuentos y novelas, ¿continuarás por esa vía?
Me gusta mucho la novela, creo que me permite desahogar más las obsesiones. Decía García Márquez que hacer cuentos le parecía tan difícil como arrancar o terminar una novela y yo coincido completamente con esa apreciación. Me quedaré en la novela pero me interesa muchísimo la crónica y aunque no he publicado como tal, creo que buena parte de los capítulos de esta novela están construidos con las estrategias de la crónica. Me gusta ir y venir entre estos géneros.

¿Cómo vinculas tu faceta de periodista con la de escritor?
La realidad se mete aunque no queramos porque el arte de la narración trata de compartir experiencias. Esencialmente hacer periodismo es armar ficciones, “ficciones verdaderas” como decía Tomás Eloy Martínez. Hace algunos años era frecuente referirse a la “objetividad total” pero como reflexiona uno de los personajes de la novela, es imposible hablar de objetividad total, “dejémonos de cuentos“. No existe. Creo que la nueva clase de lectores que estamos viendo ahora, está más consciente de que recibimos versiones dé y no los hechos tal cual.

¿Hay posibilidad de pensar en la belleza de la muerte?
Creo que sí. Creo que una muerte bien llevada puede ser algo hermoso, puede ser el cierre perfecto para culminar cierta vida. Hay muchas obras de arte inspiradas en la muerte pero hablando de otras formas de belleza en la muerte, no solo estéticas, también las hay por nobleza, por una causa justa que enaltezca a quien ejecuta esta acción.

Finalmente, podrías hablarnos sobre la figura femenina en tu segunda novela…
Una forma de psicoanalizarse sin gastar mucho dinero es escribir una novela ¡Sale todo!
En cierta ocasión una académica norteamericana me preguntó por el fenotipo caucásico de las personajes y creo que es una contaminación de estos tiempos. Tendríamos que replantearnos los ideales de belleza y justo eso intenté en la novela. Al principio las dos personajes parecen estereotipos pero después cobran su complejidad. Mi intención fue mostrar una evolución en la visión plana que tenía de los personajes femeninos. Me interesaba que los lectores se vieran obligados a reformular un juicio temprano sobre estos dos personajes (‘Magda’ y ‘Rosario’) y para ello tuve que recurrir a modelos de mi propia vida: ‘Rosario’ tiene muchos rasgos de mi madre y de luchadoras sociales que hemos conocido a lo largo de la historia del país, mujeres que estuvieron rodeadas de lujos pero que la realidad sacudió.