La necesidad hecha virtud en la literatura mexicana

Blog: Show Blitzkrieg
La necesidad hecha virtud en la literatura mexicana
Acerca de una reciente polémica sobre lo que hay y no hay en ella

Por César Cortés Vega*

Nada garantiza que se honre realmente al arte pasado. La tradición no hay que negarla abstractamente, sino que hay que criticarla sin ingenuidad de acuerdo con el estado actual:así constituye lo presente a lo pasado.
Nada hay que aceptarlo simplemente porque esté presente y en otros tiempos fue importante; nada está despachado porque haya pasado; por sí mismo, el tiempo no es un criterio
.
Th. W. Adorno. Teoría estética.

Prefiero las fisuras. Siempre. Eso quizá gracias a que una tendencia conservadora en una parte de la humanidad que integrara la generación anterior a la mía, intentaba bajo todos los medios hacer que entendiéramos que los métodos basados en el Estado y todas sus consecuencias rectoras y retóricas, eran la única forma para vivir y adaptarse. Mis padres lo intentaron, y también algunos maestros de los colegios a los que asistí. Lo intentaron amigos, novias, y entidades abstractas como los sistemas basados en la burocracia y también la religión. Y a pesar de ese intenso esfuerzo, no les fue del todo posible hacer que les diera la razón. Y digo “no del todo”, porque finalmente uno termina por encontrarle cierto gusto a una manera de pactar con esos otros a los que en principio parecía odiar desde una adolescencia más salvaje que reflexiva. Porque, claro, hay que matizar. Sin embargo, puedo decir que aquello que resultaba en mí un presentimiento difuso como rumbo y principio de existencia hacia un lugar distinto, ha sido cada vez más claro y se ha hecho posible, aunque sea modestamente.

Fisuras entonces. Lo suficientemente ocultas como para pasar desapercibidas en tiempos de estupidez monumental. Pero a la vez presentes por momentos, como para vincularse con el pasado que las engendró, y trasladar su estafeta de ideas a otros que podrán desarrollarlas de distintas maneras. ¿Tiene otro sentido más allá de eso? Posiblemente no, si rebasamos el argumento de la trascendencia y los deseos de figurar a toda costa. Al menos es posible así, darle un sentido parcial al paso de los días. Esto de acá, por eso, son anotaciones a una polémica reciente vinculada al quehacer literario. Y lo que básicamente quieren decir es que la miseria de la literatura y su crítica no está ni en la literatura ni en la crítica.

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La crítica es un territorio acotado por perímetros de pertenencia, ya sea gremial, académica, o de otro tipo. Sobre todo es el modo de nombrar y clasificar desde un binarismo siempre conveniente a la estructura del mundo que le da vida. Lo bueno, lo malo, y las infinitas posibilidades de nombramiento entre esos dos polos. Es decir, las ideas que mantienen nuestra comprensión amalgamada, digamos, como una cosmogonía de nociones que se relacionan entre sí, aunque no con las complejidades de otros sistemas de creencias que no necesariamente explican el todo por la unión de sus partes, como es el caso de la cultura occidental (y sucursales como la nuestra). Porque sobre todo, no hay que olvidar que la cultura no es únicamente lo que se produce desde las políticas estéticas, y las creaciones específicas que una lógica así engendra, sino también los sistemas productivos que la hacen posible. Si la frase comúnmente utilizada del antropólogo Edward B. Tylor: “la cultura es todo lo que hace el hombre”, tiene algo de razón —al menos pensada más allá de los linderos intelectuales de finales del siglo XIX en los que se engendró, y que siguen siendo una herencia a discutir— esto incluye también las contradicciones vivas.

Entonces el tema específico de esto es una reciente polémica que se sostuvo por unos días y que pronto comenzó a olvidarse, como pasa con este tipo de cosas. Y es que en ella se habla —en pocas líneas— de algo muy nebuloso para el común denominador: la literatura mexicana actual. El origen: un artículo publicado en la plataforma Horizontal por el editor y crítico Geney Beltrán Félix, llamado “Esto es lo que (no) hay: la literatura en el México del 2016”, y al cual Jorge Téllez, profesor de literatura en la Universidad de Pennsylvania, le diera respuesta en la revista Letras Libres a través del texto “Stendhal en el parque”.

Quiero decir antes que lo que sigue intenta tomar las cosas en serio, no sin un cierto toque de divertimento que me parece el mejor tono para ocuparse —también en pocas lineas— de la incapacidad de decir sin a la vez decirnos. Ya asumida la función crítica, aquella circunspección propia de los sistemas cerrados que requieren de regular el discurso y cancelar sus posible fugas, me parecen ahora las peores fórmulas para esclarecer las cosas dadas, puesto que ya no es difícil intuir que de inmediato ese micro-sistema que creamos para sostener aquello que decimos puede ser negado por otro sistema similar, instantes posteriores a haber sido publicado. Lo anterior no quiere negar, claro, que yo mismo —debo anotarlo como mera táctica para no pasar tan sólo como un donnadie de insolencia bloguera—, pertenezco tanto al ámbito académico, como al mundo ‘creativo’. Por eso el tema me interesa, más en la medida de las reacciones y la dispersión de opiniones derivadas de ello, y hechas posibles en gran medida por la inmediatez de los medios electrónicos. Pero claro, esto lo digo sólo por decir, pues finalmente entiendo bien por qué los comentarios acá vertidos no merecerán mucha atención. De eso, justo, va también lo que sigue. De espacios y hegemonías. De contradicciones.

Yo me enteré por las redes sociales: amigos en común que respondían con entusiasmo a esta discusión que, claro, puede ser celebrable dado que no hablar de ello resultaría peor. La inclusión o exclusión, los sistemas de validación, las dicotomía entre libertad creativa y academia, los problemas educativos, las becas para creadores, etc. Sin embargo, lo que primero llama la atención en ambos textos es una restricción argumental acotada por la idea de institucionalidad vinculada a la producción cultural, y entonces una falta de panorama general. Por eso de inmediato al leer sus textos, aparece un presentimiento de que lo que se pelea ahí en realidad son territorios de credibilidad, que muy bien pueden traducirse luego en espacios de poder. Porque de principio las visiones de ambos parecerían similares, y nada novedosas a la vez; ese mecanismo discursivo puede ser usado por muchos mexicanos para criticar la falta de propuestas más allá de las normas implícitas y explícitas en cualquier campo, de cualquier empresa, de cualquier estado. Para criticar al país mismo; la serie de ilusiones que comienzan en los mitos históricos y terminan en las opiniones de banqueta de todos nosotros. Y nada tiene de malo que los argumentos quejosos se parezcan a los de la mayoría. Quizá lo único que yo pueda reclamar como lector es que quien los vierta no se de cuenta de ello, que los argumentos no sean capaces de trascender su propio fetiche crítico. Porque, en este caso ¿de qué se está hablando cuando se dice “literatura mexicana”? Por supuesto, de un acuerdo territorial y de una cierta tradición. Incluso, de una filiación administrativa. Es decir, en ambos argumentos hay un acuerdo tácito que reconoce el andamiaje para sostener una estructura dada. Y se entiende; ¿cómo criticarla sin aceptar el consenso de una especie de ‘mesa’ platónica? Y sin embargo, a pesar de los acomodos político-académicos de la disciplina, de estudios, coloquios, publicaciones, congresos y nuevas asignaturas, al hablar de literatura mexicana se presiente lo fantasmal, una especie de anunciación de algo que está más allá del hecho, según una serie de supuestos que le dan cabida, que casi son deuda, especulación inflacionaria de algo que se nos va de las manos, como el país mismo y su idea de nacionalidad. En todo caso, hecha de representantes de un ideal de aquellos ejemplos pasados que sólo fueron plenamente reconocidos en su posteridad. Un espacio vacío, en cuya periferia acechan una serie de aspirantes reconocidos o desconocidos, con las mismas ansias de colocarse cada vez más cerca del centro. Por eso, lo que en todo caso me hace falta en ambas posturas es un más allá, digamos, postdisciplinar. No hay, pues, una mínima parcialización a la norma que rige aquellos dimes y diretes. Metadiscurso, si se entiende mejor así. O, lo pondré de otro modo: ¿objeto de conocimiento sin fisuras? Vuelvo a preguntar: ¿qué es algo así como la “literatura mexicana” más allá del consenso? ¿Por qué, por ejemplo, un adolescente comienza a garabatear versos en su cuaderno de biología? Y ¿a que filiación pertenecen sus palabras? ¿No son, en gran medida, palabras de otro lado? ¿Qué es lo que guía a los deseosos y posibles partícipes hacia un campo tan peleado y a la vez tan ambiguo? Quiero decir; ¿qué pesa más en ellos? ¿Sus deseos de escapar de un lenguaje productivista y meramente referencial que ha sido realizado, sí, por sus intenciones de negar aquel origen, o justo lo contrario; sus ansias posteriores de adaptación, cuando al final encuentran que existen espacios políticos que acogen esa sensibilidad? ¿Cuáles son los motivos, pues, de ese sacrificio formalista?

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Muchas preguntas. Y las respuestas a ellas podrán ser, por supuesto, múltiples, y muy seguramente la mayoría basadas en nuevos equívocos. Y sin embargo, ahí ya comenzaríamos por algo que intentara colocar las cosas más allá —o más acá— del ideal. De cualquier forma Geney Beltrán Félix es el que más se acerca a ello lanzando una buena provocación, de cuya honestidad no dudo (¿por qué habría de dudar de ella?, ¿Porque soy ‘mexicano’, quizá?) Se trata de algo que seguramente no se le ha ocurrido ahora, pero que en las condiciones de este momento histórico de impunidad nacional, cobra mayor sentido:

Prolífica y becada, viajera y galardonada, la literatura mexicana del siglo xxi es un literatura sin discrepancia. Sorprende lo reacia que se ha vuelto a la polémica y el desacuerdo. [1]

Este es, desde mi llano entender, el centro de la discusión. Y me parece un buen llamado, una justa imprecación. No estoy seguro de si sea posible afirmar que en la literatura mexicana no haya desacuerdo, claro. Porque de principio el chismorreo ya señala una cierta discrepancia. Pero se entiende a lo que Beltrán Félix se refiere: no hay posturas generales, posicionamientos discursivos que hagan frente a realidades más complejas. No hay temas al rededor de los cuales se organicen posiciones. Hay, sí, una serie de lugares comunes de gestualidad, imitativos de las fórmulas, complacencia y muchos temas esteticistas en los que se busca el consenso. Porque el escritor parece horrorizado por el fantasmal destino provocado por su contrario; el disenso. Gracias a algo así como aquello que dice la famosa frase: “el que se mueve no sale en la foto”. Y es que la historia de la literatura guarda muchos ejemplos de provocaciones al orden significante, a la conciencia de sistematicidad habituada a las definiciones estáticas encarnadas dentro del campo. Y es quizá acá donde el piso se me acaba con Beltrán Feílx, porque le dedica muchas lineas a un problema de política menor, al situar una de sus primeras reflexiones en la ausencia de reseñistas. Porque eso apenas alcanza para enfilar certeramente sus cañones al mercado editorial o al compadrazgo, sin ocuparse de las condiciones generales de un problema como tal vinculado a, digamos, las lógicas del general intellect en términos de sus paradigmas epistemológicos que regulan nuestra suerte. O “los modelos del saber social” como los llama Paolo Virno:

Esta mutación en la naturaleza de las «abstracciones reales» —mutación según la cual es el saber abstracto más que el intercambio de equivalentes (exclusivamente) lo que gobierna las relaciones sociales— implica profundas modificaciones en el plano del ethos. La autonomía irreversible del intelecto abstracto, y por tanto una nueva relación entre «vida» y saber, está en el origen del cinismo contemporáneo. [2]

Y es que, insisto, el tema de los intereses del mercado editorial no puede ser discutido con críticos independientes y sin amigos —o con pocos amigos de verdad, quiero decir—, dedicados a hablar tan sólo de libros, si no se atiende la naturaleza que esas construcciones culturales posee. No hay que ir muy lejos: se llama capitalismo cognitivo. Por supuesto que la independencia sería deseable, pero en términos de precariedad egocéntrica, en la que basta una mención para que cualquier poeta se sienta laureado, se necesita más que una voluntad férrea para defender algo que quizá ni siquiera esté demasiado claro en la mente de sus productores, y que a la vez, está hecha de mitos como la misma nación en la que sucede.

Habrá que reconocer por eso que los puntos de vista de Jorge Téllez en su respuesta no aportan demasiado a la discusión, sino que tan sólo se dedican a defenderse de algo de lo que nadie ha sido acusado y, en todo caso, a matizar el problema en los mismos términos, como defendiendo a los escritores de los reseñistas, como si ese fuera el problema que mantiene las cosas en aquel triste estado:

Esto que él ve como una anomalía es, en realidad, la regla y se explica de manera muy simple: los escritores no quieren escribir reseñas o ensayos críticos porque no saben cómo. No puede haber crítica o polémica sin ideas, y lo que sucede es que la crítica periodística de México en 2016 es muchas veces impresionista, otras simplemente conservadora, y con bastante frecuencia es ambas cosas. [3]

Anomalía o regla. Más o menos van por el mismo camino. No se entiende —o sí— por qué entonces Téllez desatiende el argumento sobre el problema de las becas y subsidios  que estatizan el diálogo y lo vuelven un asunto de meras relaciones de conveniencia que Beltrán Félix coloca al frente, y centra su atención en la dicotomía superficial entre academia versus ensayo libre, a la que nadie llamó —quizá porque lo tenga guardado para una tesis posdoctoral—. Se comprende así el por qué de la respuesta de Beltrán en los comentarios de la página de Letras Libres: sobre todo en el mundo académico el problema del compadrazgo y el arribismo escalafonario es también de terror. Entonces ¿de qué habla? Yo no sé si en la Universidad de Pennsylvania las cosas sean distintas, pero en la mayoría de las universidades mexicanas que conozco, el grueso de los alumnos leen porque el profesor se los pide, y la polémica presente en las clases es, también, prácticamente nula, a menos que el puntaje esté en juego.

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Y más o menos en ese tono continua esta discusión de sordos. Porque a la vez, si bien la respuesta de Jorge Téllez parece sacada de la manga, hay también algunos complementos a la argumentación de Beltrán Félix de los que se pueden derivar nuevas reflexiones. La experimentación como un territorio poco explorado, por ejemplo, pero que está encontrando vías para su propia circulación, indica que al menos hay una respuesta no conservadora en donde existe movimiento. Si bien sus comentarios no alcanzan a entender del todo lo que Beltrán intenta colocar sobre la mesa, tiene un punto a favor al reivindicar una diversidad que si bien no es del todo visible, ocurre más allá de una línea rectora que normaliza las propuestas. Sin embargo, me temo que no es de eso de lo que habla el texto de Beltrán:

[…] una ficción sin cuestionamiento ético ni profundidad cognoscitiva ni responsabilidad estética, que renuncie a la radicalidad con la que la palabra artística puede reconfigurar las representaciones de los vínculos sociales y políticos en un continente de gran desigualdad como es Latinoamérica; […] el escritor no aspira a escribir una obra que desafíe la realidad sino a volverse una marca registrada que a cambio de avalarlo todo le reditúe contratos y cheques de varios ceros. Una literatura así lo último que requiere es de voces críticas que señalen la vaciedad reinante. [4]

Si bien entiendo el sentido de lo que dice, y en cierta medida lo comparto, me falta, como decía arriba, un más allá. ¿Cómo escribir hoy una obra que desafíe la realidad, cuando el mercado ha fagocitado y hecho rentable cualquier subjetividad, por más crítica que sea? En tiempos de flexibidad de las posiciones discursivas, ¿de qué va la literatura luego del artificio y el simulacro? Y de ningún modo estoy diciendo que no tenga sentido escribir, porque ya las subjetividades de una época cambian con aquel movimiento colocado en papel o en bits electrónicos. Sin embargo la figura política sobre la función del escritor está más allá de la obra. Lo que intento apuntar, pues, es que quizá la respuesta no esté en el regreso a un rigor que los editores de antaño poseían gracias a que vivían en un tiempo histórico distinto, sino en poner en juego nuestra propia concepción del campo. La literatura, quizá no exista más. No, por lo menos, como la concibieron los productores de otras épocas. La literatura, pues, es ya otra cosa. Por eso, si bien las discusiones de política estética pueden ser importantes en la medida en la que se crean espacios en los cuales lo anterior puede discutirse, habrá que aceptar también que sus límites son difusos y se construyen precisamente poniendo en cuestión los supuestos que parecerían los más obvios, pero que impiden los fundamentos intesubjetivos para una comunicación dialógica sustentada. O, como lo llama Paolo Virno, un “principio de equivalencia” capaz de saltarse un cinismo de escritorio —de pantalla— imposibilitado para rebasar al coto de poder de los lectores, o del círculo afín, o de la institución del Estado-mercado que elimina aquello que no regulariza:

[…] el general intellect, al destruir la conmensurabilidad y las proporciones, da la impresión de volver intransitivos los «mundos vitales», así como las formas de comunicación. No ofrece la unidad de medida que permite la comparación, impide toda representación unitaria del proceso social productivo, trastorna las bases mismas de la representación política. El cinismo de hoy refleja pasivamente esta situación, haciendo de la necesidad virtud [5].

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Notas

[1] Beltrán Félix, Geney. Esto es lo que (no) hay: la literatura en el México del 2016. http://horizontal.mx/esto-es-lo-que-no-hay-la-literatura-en-el-mexico-del-2016/, febrero 17, 2016. [Última visualización: 5 de marzo del 2016]
[2] Virno, Paolo (2003). Algunas notas a propósito del General Intellect en “Virtuosismo  y revolución. La  acción política  en la era del desencanto.” Madrid; Traficantes de sueños.
[3] Tellez, Jorge. Stendhal en el parque. http://www.letraslibres.com/blogs/el-grafolego/stendhal-en-el-parque, febrero 25, 2016. [Última visualización: 5 de marzo del 2016]
[4] Op. cit.
[5] Op. cit.

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*César Cortés Vega.- Algunos de sus libros publicados son Abandona Silicia (novela), espejo-ojepse (noveleta experimental), Periferias y mentiras. Textos sobre arte, banalidad y cultura (ensayo) o Reven (poesía). Ha compilado los libros Textos postautónomos, Citas caníbales y Anti/Pro canibalia. Dirige la revista Cinocéfalo. Ha presentado obra visual en México, España, Japón, Irlanda y Dinamarca. http://cesarcortesvega.com.