Entrevista a Marcial Fernández, editor de Ficticia

ficticia

Nahum Torres.

De ficticia solo tienen el nombre pues con 16 años de existencia esta editorial supera los 150 títulos, la gran mayoría libros y antologías de narrativa (repartidos en dos colecciones) acorde con “una tradición de cuentística mexicana” que, en el siglo XX, tuvo un gran exponente: la revista El Cuento, de Edmundo Valadés, misma que desapareció en 1999, año en que nace Ficticia.

marcial

Su director editorial es el también narrador Marcial Fernández (Ciudad de México, 1965), a quien Gerardo de la Torre define como un “pluriminicuentista”. Autor de Andy Watson. Contador de historias (microrrelato, 1997), Balas de salva (novela, 2003), Los mariachis asesinos (relatos, 2012) y Un colibrí es el corazón de un Dios que levita (2014), así como de siete libros previos de crónica taurina, bajo el seudónimo de ‘Pepe Malasombra’.

“La falta de bravura de la tauromaquia mexicana acabó por aburrirme”, comenta Fernández, pero “en el ínter, conozco a unos empresarios”, quienes lo buscarán para hacerles libros de arte con respecto a los toros; paralelamente, “junto a unos amigos creamos Ficticia, primero como un juego en internet (de nombre Ciudad Ficticia) y después como una editorial especializada en cuento”. Con la gente de Osborne comenzarán, además, una colección de narrativa conocida como la Biblioteca del Cuento “Anís del Mono”, en la que terminan publicando 22 títulos. “Por cuestiones del destino se bifurcaron los caminos, pero continuamos con la colección de Cuento Contemporáneo”.

En dichas colecciones figuran los primeros volúmenes de cuento y minificciones de decenas de jóvenes narradores mexicanos, como Edgar Omar Avilés, Vicente Alfonso, Víctor Roberto Carrancá o Daniela Bojórquez. Más reciente, Laura Elisa Vizcaíno y próximamente Iliana Olmedo.

Aunque Fernández asegura que para Ficticia es complicado dar continuidad a la carrera literaria de tal o cual escritor, ya que “no es negocio”, algunos autores sí han publicado más de un libro dentro de esta editorial cuentista. Allí están Gustavo Marcovich, Gerardo de la Torre, Ignacio Trejo Fuentes, o Javier García-Galiano, éste último también director de la colección Gabinete de curiosidades de Meister Floh (nombre que seguramente se basa en la historia del maestro pulga de E. T. A. Hoffmann).

“Los que hacemos Ficticia hemos procurado tener una posición estética que, a través de varios frentes, permita conocer una panorámica de la cuentística mexicana, con propuestas básicamente no comerciales, si bien no necesariamente novedosas, sí interesantes o hasta exquisitas”, comenta.

En esa exquisitez se inscribe el Gabinete de curiosidades… La colección, relata, nació en un bar de Valle de Bravo que se llamaba ‘La germania’. “Allí, al calor de los tragos, se la ofrecimos a García-Galiano, escritor de la casa y traductor del alemán, además de una de las personas más cultas… La oferta fue con toda la petulancia del mundo: una colección como la que le hubiera gustado hacer a Borges en vida”.

Actualmente cuenta con una decena de títulos “que tienen poco ver con lo que es el cuento, pero han salido cosas bastante buenas. Recuerdo ahora uno en el que nos estuvo ayudando Juanito García, hijo de Juan García Ponce, para el cual Francisco Castro Leñero se puso a bucear en toda la obra de García Ponce para encontrar cuál sería su teoría estética con respecto a la pintura de esa generación. También hay traducciones que ha hecho el propio García-Galiano y estamos por sacar un libro de Mauricio Magdaleno que se publicó en Chile, inédito en México”.

Se pensaría que a Ciudad Ficticia le seguiría un sello electrónico; sin embargo, fue hasta 15 años después que dieron a conocer sus e-books…
Fundamos Ficticia en el ’99, que fue cuando se populariza Internet entre la clase media de México. No pasó mucho tiempo para que publicaramos nuestro primer libro, porque en realidad no eramos gente de Internet sino de libros. Muy recientemente hicimos un catálogo electrónico de 50 libros de Ficticia que me interesa estén disponibles, que la gente pueda llegar a lo que sería nuestra verdadera apuesta: autores bien definidos que los lectores merecen leer cuando quieran.
Respecto a la página web estamos trabajando en una estética actual, es tiempo de cambiar a cómo vemos las cosas ahora, sin perder lo ya hecho -que se quedará como un museo.

Desde que publicas tu primer cuento al día de hoy han pasado más de 25 años. En todo este periodo has sido además de editor, tutor, jurado… Desde tu perspectiva, ¿cuál es el estado de salud de la cuentística mexicana?
El género es muy especial. En una analogía fácil retomando a Cortázar sobre esto del nocaut, lo que veo es que el microrrelato es como una carrera de 100 metros: es fugaz, preciso, lo practican muchísimos autores y probablemente, en México, se practique el mejor microrrelato de Iberoamérica, considerando también a Brasil. Al menos le compite y le puede ganar a Argentina y Colombia.
“El cuento es como una carrera de 400 metros, y no sé en qué forma podría hablar de la cuentística mexicana respecto a conseguir libros con unidad. El cuento es muy celoso, en el sentido que narra una historia, entonces conseguir volúmenes con unidad se vuelve un compromiso. Existen cuentistas extraodinarios con temas y estilos absolutamente disímiles. Hay muchos cuentistas -algunos con cuentos extraodinarios- pero es muy difícil acercarse a ellos porque el panorama es demasiado amplio. Pienso en aquellos no publicados en casa: Pancho Hinojosa que es maravilloso; Fabio Morábito que tiene cuentos inclasificables; Guillermo Samperio que tiene una producción muy grande… en esos tres ejemplos se puede encontrar una relación de lo que se escribe en México: es muy heterogéneo, así como de una calidad técnica y estilística bien definida. Creo que el cuento es el género literario mexicano por excelencia.
“Estoy convencido que se escribe muy buen cuento. Aunque en realidad, se lee muy poco. Sucede una cosa extraña: la oferta es muy buena pero la demanda es muy pobre y muy escasa. Digamos que la alta cultura se está alejando demasiado de la clase media, entonces tenemos mucha gente ocupada en hacer obra artística de gran calidad, la cual tiene un mercado muy pequeño, que es casi para sí misma porque la clase popular se ha desligado de todo este tipo de obras. Antes existían los mecenas, ahora existe la Secretaría de Cultura. El gran problema es que no se ha sabido educar al grueso de la publicación. Por eso nos hace falta público, cuando lo más fácil e incluso, lo que a mí más me agrada, es ser público. Si yo tuviera dinero me dedicaría a ser público de todo…

En tu catálogo figuran pocos autores latinoamericanos, por allí un colombiano, ahora un chileno. Recuerdo que alguna vez mencionaste que en México no leemos autores de la región…
Es parte de lo mismo: hay demasiado oferta y poca demanda. Si no leemos a los de casa, cómo leer a los latinoamericanos. Existe un malinchismo natural aunque sí damos cabida a lo que viene de España. Te voy a dar un ejemplo: En una presentación con Sergio Pitol no había más de 15 personas, pero le dan el Cervantes y al otro día la sala estaba llena y hasta hubo que poner pantallas para que todos pudieran verlo; sin embargo no había obra nueva, sino que había un premio: le dieron el toque desde allá y comenzó a funcionar acá. Es algo curioso que te tengan que legitimar los españoles. Aunque tampoco es que uno deba ‘rasgarse las vestiduras’…

En México solían “rasgarse las vestiduras” por las autopublicaciones…
Pues yo seguiría rasgándomelas por eso, porque creo que hace más mal que bien al gusto de la gente. Ahora cualquier autor se puede autopublicar o puede dar a conocer su trabajo en la red, etcétera, pero el problema es de forma y de fondo: si tu eres un lector potencial y te encuentras con un libro mal hecho, se acaba la potencia (lectora) y seguramente buscarás otro tipo de arte. Se publica mucho, se hacen libros digitales, pero no acaba pasando nada en el sentido de que no son competencia para lo que se ve en librerías, porque no venden, y el librero sabe que son más perjudiciales que no darles entrada. Es tanto el bosque que uno no ve la rosa.
En el momento que un autor le paga a un editor, se piensa -y en parte lo es- patrón del editor, y eso no acaba funcionando. Y esa también es la mejor estrategia que tiene un autor para desprestigiarte.
Una de las cosas por las que hicimos Ficticia es para tratar a los autores reales como nos gustaría que nos trataran, haciendo las cosas claras. Puede ser interesante o no, pero sí hay una apuesta legítima, honesta, contundente y para la cual estamos apostando -y lo sabemos- a perder, porque nuestro objetivo no es comercial.

Si no es negocio, ¿qué tiene de ejemplar hacer una “editorial independiente”?
Es una vocación como cualquier otra y alguien la tiene que hacer. A mí me llena de satisfacción, y todavía me divierte. De ejemplar, quisiera que no tuviera nada y que no sigan este ejemplo… Lo ejemplar no es que lo hagamos, ¡lo milagroso es que lo podamos hacer! y para ello tengamos que trabajar en otra cosa sin contaminar el entorno.

¿Cómo se conjuga tu faceta de editor con la de escritor?
Y también tengo mi faceta de borracho, de mujeriego y de la etiqueta que le quieras poner. También me gusta la fotografía y el futbol y comer; es decir: vivir, básicamente -intercala una bocanada de su cigarrillo y retoma la pregunta-. Pasa que trabajo muy desordenadamente. Es como todo lo que te da placer o goce: hasta que llenas un rompecabezas lo haces público. Sí me quita mucho tiempo la editorial, pero es algo que me gusta. Más que editar, más que publicar mi propio trabajo, con la vejez me he vuelto más lector que escritor o editor. Aunque publicamos mucho no hemos querido crecer. Nuestra idea es reducir el número de títulos publicados por año básicamente porque uno se vuelve más selectivo. Y si no es un negocio, tampoco se tiene que trabajar tanto. La editorial si bien no da dinero, sí está en números negros y reinvertimos todo para seguir trabajando, lo que me da chance de escribir mis cosas…

¿Se puede ser promiscuo y fiel a la vez?
Todos somos promiscuos. Eso es un hecho. Uno no puede ser van Gogh las 24 horas del día. Simplemente hay que ser leales no infieles. Y en realidad soy muy fiel porque básicamente, en los goces que hablamos, hay una coherencia. Se es leal a una forma de vida que pretendes artística y no por otra cosa sino porque lo artístico te produce ciertos placeres tanto emocionales como intelectuales.