Mongolia, de Julia Wong

Por Enrique G. Gallegos.

Mongolia de Julia Wong es una novela que combina diversas estrategias narrativas: el relato, el diario, las confesiones, la reflexión y la rememoración en primera persona. La principal protagonista se llama ‘Belinda’. Una mujer china-peruana, como la misma Julia Wong. Imagino que de su misma edad, con similares trayectorias vitales y gustos por el viaje. Una narrativa —se precisa en una de las descripciones de la contratapa— familiar.

mongolia

También aparecen otras voces, pero con menor fuerza que la de ‘Belinda’. El alemán ‘Klaus Palme’; el niño con síndrome Down: ‘Federico’, hijo del alemán y la china-peruana. Aparece fugazmente la madre (media loca o loca y media) y el padre de ‘Belinda’. Como en un caleidoscopio, en algún momento todos relatan su propia vida en el marco de la novela, aunque girando en torno a ‘Belinda’. Si bien la novela inicia donde termina un viaje (la llegada de ‘Belinda’ a la ciudad de Ulán Bator, capital de Mongolia), en realidad es una narrativa que trascurre sin moverse: el paso de la historia y el tiempo es trasmitido a través de las ideas, sentimientos, inquietudes, sueños, recuerdos y reflexiones de ‘Belinda’. De esa forma, se traza la ficción entre tres geografías distintas y tres temporalidades divergentes: Huaraz, la ciudad peruana de la infancia de ‘Belinda’, Macua/Hong Kong, a donde acudió con el padre y conoció al alemán; y Ulán Bator, punto de inicio y final de la novela. Del contenido sólo diré algo más, porque lo que me interesa es plantear una lectura no tanto relacionada con la posible trama familiar, sino con lo que se sugiere en el título de esta reseña. Belinda, al morir de manera brutal su hijo (no es claro si se suicidó o cayó accidentalmente de un edificio), emprende el viaje a Mongolia para adoptar clandestinamente otra hija, que de alguna manera sustituya al hijo muerto. Es en ese trayecto en el que la memoria de ‘Belinda’, sus reflexiones y relatos dibujan trozos de su vida y sus relaciones con el resto de los protagonistas.

Llama la atención que casi todos los personajes han hecho del nomadismo contemporáneo una forma voluntaria o necesaria de estar en el mundo. ‘Belinda’, una mujer de origen chino nacida en Perú y obligada al desplazamiento por una identidad que no encuentra; el hijo, ‘Federico’, un niño Down forzado al nomadismo interior por la incomprensión del mundo exterior; ‘Klaus Palme’, un nómada que decide alejarse de la Alemania racional y fría para buscar el exótico oriente. No es gratuito que la palabra nómade aparezca cuatro veces. Los personajes comparten lo nómade, pero son distintas formas de estar en el desplazamiento impuesto y doloroso, en la extrañeza del mundo que rechaza y desarticula. El nomadismo del alemán es una forma de largarse de su país para regresar con más fuerza. Es la voluntad del hombre occidental que sale al mundo harto de su cultura, pero que termina regresando a ella, quizá más convencido de su superioridad. En cambio, el nomadismo de ‘Belinda’ es radical porque se empalma con su singular condición chino/peruana: ‘Belinda’ es peruana (de nacimiento) y es china (por la línea paterna); pero justamente su nacimiento le impide ser totalmente china, mientras que sus rasgos raciales, le imposibilita ser plenamente peruana; es decir, es y no es. De esta contradicción deriva esa mezcla de nomadismo y extranjería que encontramos en la novela. ‘Belinda’ sabe que no tiene un lugar a donde regresar. Su lugar es el no-lugar que la última modernidad —la nuestra en este siglo XXI— ha abierto como un abismo en la sociedad; es decir, la extrañeza, la incertidumbre, el odio, la discriminación y, en sus formas más violentas, la tortura y la muerte.

Este rasgo es lo que hace profundamente política la novela de Wong. Porque si hay una condición terrible del ser humano en los últimos tiempos, es la de esos nómades obligados al desplazamiento por las guerras, la miseria, la discriminación y el hambre: los nuevos inmigrantes del siglo XXI. Esos no ciudadanos que se convierten en no personas, son los que se exponen a políticas represivas, incluida la posibilidad del extermino. Bastaría recordar una catástrofe: en abril de este año, los medios de comunicación pasaron imágenes dramáticas de cientos de africanos que murieron tratando de alcanzar las costas de Europa.

Si bien existen motivos personales en la novela de Wong, también podemos especular que su situación de nómada permite transmitir algo de lo que significa la condición del no ciudadano, la discriminación y la imposibilidad de un lugar propio. Si la novela tiene una función más allá de la preocupación del género literario y la vocación estética, creo que Mongolia de Wong la cumple. Porque puede leerse como una metáfora de toda esa otredad que el mundo globalizado ha rechazado sin miramientos: los no ciudadanos, las no personas, los desplazados. Esos otros que se les puede exterminar: en México son los indígenas, salvadoreños y los cientos víctimas de la guerra del narco; en Estado Unidos, los negros y mexicanos; en Europa, los africanos y árabes; en Perú, los chinos y los cholos…

Mongolia de Julia Wong tiene un inicio difícil, como esas máquinas que se niegan a arrancar y al que hay que sobreponerse. La novela tiene dos límites para un lector acostumbrado a la narración con tramas más argumentales. Por un lado, es una narrativa que linda con la poesía y, por el otro, es una narrativa memorista que navega a contracorriente de las tendencias de una época con gran afición a las series televisivas. Lo más cercano que conozco de este tipo de narrativa es la prosa de Alberto Ruy Sánchez. Pero tienen gran distancia: la narrativa de Ruy Sánchez es cercana a un erotismo que linda con lo ligero y frívolo, mientras que la novela de Wong admite una lectura política y su desenlace roza con la crudeza de la obra dostoyevskiana.

No deja de llamar la atención que la brutalidad con la termina la novela (la hija que con tantas dificultades adoptó ‘Belinda’ es masacrada y, se insinúa, descuartizada) contraste con el estilo narrativo de Wong, tan cercano a la prosa poética. Este contraste es —quiero suponer— el resorte que termina por enganchar al lector. Un violento contraste narrativo que tiene su dimensión política en la historia social y cultural del Perú. Es como si Wong quisiera manchar de sangre el resplandor de la hoja en blanco. A su manera, es una forma de adscribirse a la estética del crimen bello, aquel del tipo de los estetas como el autor Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes. Diría que hasta cuando camina, la autora de la novela nunca pierde el estilo.

Wong, Julia. Mongolia. Perú: Animal de Invierno, 2015.