Entrevista a Manuel Pérez-Petit, editor de Sediento Ediciones

A decir del escritor, periodista y editor Manuel Pérez-Petit, Sediento es una productora de arte experimental que nació en España en 2005 pero en 2011 fue refundada como editorial, en la Ciudad de México, bajo el nombre de Sediento Ediciones.

Reconoce que al concebir la editorial retomó cuatro modelos de España: Alfaguara, Seix Barral, Tusquets y Anagrama; y asume su admiración a “editores como Jorge Herralde, Mario Muchnik o Juan Grijalbo, que nos han dejado un legado extraordinario, como muchos otros“. Entre los editores mexicanos, “me agrada la coherencia de Marcial Fernández“, de Ficticia, y tiene en estima el trabajo también de editoriales como Cal y Arena, “porque ha sido capaz de superar el paso del tiempo sin perder su identidad“. Asegura que su labor editorial, está más cerca de la “de Herralde -calidad, calidad, calidad y descubrimientos- aunque sé que voy en camino de tener un perfil más parecido al de Grijalbo, la cual supo combinar cierta buena literatura con una gran visión comercial: todos los años compraba algún título de la lista de los más vendidos en Estados Unidos, y gracias a ello conocemos a autores como Mario Puzo, por ejemplo“, refiere.

Recuerda que el mercado editorial mexicano fue dominado durante decenios por españoles, pero en el contexto global actual, “hoy por hoy, el mercado es alemán y estadounidense“. Desde su perspectiva, el panorama no pinta del todo bien: “Cada vez más prevalecerá el mercado, y además, el mercado puro y duro. Aún a riesgo de que me señalen y digan que ya estoy haciendo amigos otra vez, era mucho mejor antes. Si no, al tiempo“.

El tema económico deja de dominar la conversación. Nos acercamos entonces hacia los libros. Hasta la fecha, Sediento Ediciones ha publicado escritores de 14 países de dos continentes, abocándose a la obra de artistas jóvenes y nóveles. “Hemos procurado publicar sólo obras imprescindibles…, con un resultado desigual, claro“, recapitula. Sabe bien que un sello independiente “está condenado a ser absorbido por una editorial grande, en la medida en que lo independiente -por cuanto no pertenece a ningún grupo empresarial- se sitúa en una posición central. Si el planteamiento de la editorial es alternativo o lateral, puede sobrevivir más. Sin embargo, hay estudios que demuestran que un proyecto editorial independiente que dependa de uno solo o de unas pocas personas, sin capitalización previa y sin estructura empresarial, tiene una vida media de entre cuatro y cinco años“, explica.

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Al respecto, el también docente y gestor cultural asegura que por su cabeza rondan preguntas del tipo: “¿qué persigo creando una editorial que no llegará a, por decirlo de algún modo, la adolescencia? ¿Tiene sentido el esfuerzo si, además, sólo unos pocos lo van a conocer? ¿Qué papel juega la vanidad aquí? ¿Qué sentido tiene cuando además el negocio es exiguo y más bien este tipo de proyectos son ideales para arruinarse económicamente?”. Carece de respuestas definitivas, “de lo que estoy seguro es de que quiero hacer una editorial que me sobreviva, que ya en un plazo breve sea llevada por otros. ¡Dios no quiera que la condena de tener una editorial sea perpetua!”.

Editar es un acto autolesivo, de una profunda carga moral y ética, que supone una responsabilidad social de primera magnitud, y en el que uno está obligado a dotar de una unidad de ser y de sentido a la obra que la dignifique y le dignifique a uno también. Hay gente que entiende que basta una fotocopiadora y un poco de pegamento o unas grapas para ser editor, y ése es otro mal de tiempo en nuestro oficio: el diletantismo“.

En lo referente a su ya extenso catálogo, el editor de origen sevillano dice que si tuviera que elegir cinco obras de entre las 138 propias, “a sabiendas de que elegir supone un terrible acto de injusticia, me quedaría” en narrativa, con Estación Varsovia, de Luis Bugarini, La sombra del gudari, de la española Rosa Pereda, Paulino y la joven muerte, del español Miguel Veyrat, y Nadine (algo más que una novela porno), del español-mexicano Pablo Paniagua”, afirma. A dichas obras incluye, en teatro, a La muerte irredenta, de Elia Vargas Sastré.

Se suma a la idea de Calasso sobre la construcción de que un catálogo es similar a la creación de una novela. “Un catálogo no se hace a retales o a impulsos, como tampoco es cierto que el catálogo responda en exclusiva a un plan previo, y en ese sentido, entre otros, se parece al proceso de una novela. Tienes un proyecto previo y luego la vida va por otra parte; ésto sin contar con el hecho de que el propio catálogo podría dar lugar a varias novelas. El trabajo de editor no es el de un arquitecto. Más se parece, en efecto, al del novelista, y esto tiene que ver con que hay que estar despierto, leer sin prejuicios, dejarse llevar por la intuición pero también ponerle cerco a ésta, no perder la cabeza nunca del todo o perderla por completo… Todo depende de demasiadas cosas…“, dice.

Venía a decir Manuel Pimentel en su Manual del editor que éste debe ser una mezcla de empresario y de poeta. Pienso que un empresario no podrá hacer nunca un buen catálogo y un poeta tampoco. Se necesita que ambas cosas estén en una sola persona. Ser editor es esquizo, y en la capacidad que tenga uno de asumir esa especie de doble faceta incompatible per se pero necesariamente compatible -por sabe Dios qué razones que se escapan al entendimiento- en uno mismo, estará la clave para la construcción no de un catálogo sino de un buen catálogo.

Un editor es su catálogo, y un catálogo es fruto del trabajo de un editor, y no más. De administrar sé poco, y por eso me ve abocado a trabajar más. La función del editor no es la de administrador. El catálogo tiene vida propia. Si así no fuera hay algo mal hecho en el catálogo“.

Yo sueño con que las obras sean anónimas. Muchas grandes obras de la literatura universal lo son, y nos hace ni puñetera falta conocer a sus autores, y ni siquiera las circunstancias en que fueron escritas. Nosotros, los editores, publicamos obras, y no las hacemos acompañar con manuales explicativos. En realidad no se necesita conocer al autor, y aunque puede parecer contradictorio, pues yo hago eventos en que se trata precisamente de eso, de conocer al escritor, más allá de la obra, lo cual es fruto de una tendencia de nuestro tiempo a darle una importancia, a mi parecer excesiva a tal o cual persona en lugar de a tal o cual obra. Incluso presentamos obras con la presencia del autor, y no entendemos que no se necesita que sea así porque vivimos con una mentalidad legataria de la exaltación del yo que llegó a la ataraxia en el XIX y que aún hoy, mucho más leve, perdura. Sin embargo, la obra se presenta por sí misma o no está conseguida, ésa es la verdad.”

Próximas colecciones

Para el próximo año se ha planteado “convertirse en generalista de ámbito internacional“, de manera que, adelanta, emprenderá la colección Sediento Kronos, de manuales y libros de lingüistica y literatura, “que comenzará con una preceptiva literaria en tres tomos del escritor Alejandro Aldana Sellschopp“.

Durante los primeros cuatro años de existencia de este sello se han centrado en obras escritas en español, pero a partir del próximo año “se abrirán a otros idiomas, publicando sus primeras traducciones“. La primera de todas ellas será la novela Salomé, del cineasta y escritor estadounidense Mick Garris y continuarán con Advertencias acerca de las costumbres de los japoneses (El ceremonial para los misioneros de Japón), del jesuita Alessandro Valignano.

Ante el siempre polémico asunto de las traducciones, dice ser “contrario a la idea de un español neutro. Es imposible que lo haya realmente, y en esto influye decididamente que, por ejemplo una novela escrita en rioplatense cerrado pueda ser leída por cualquier hispanohablante en el mundo. Yo apuesto por la diversidad y la patria común de idioma. Y me parece maravilloso que durante más de 500 años hayan convivido tantos cientos de idiomas locales con el español, enriqueciéndose mutuamente y creciendo a la par. Es un caso único en el mundo“, asume.

A ella se suma Lengua de raíz, colección destinada a publicar literatura indígena iberoamericana actual, en ediciones bilingües. Para ello editará la obra de Roberto Pérez Santiz, escritor natural de Chiapas, de etnia tsotsil. “Mi compromiso con lo indígena no es producto de una militancia, viene de mi admiración por América y de mi condición de español“, asegura.