Paseo con fantasmas, de Gabriela Vidal

Por Hugo César Moreno Hernández.

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Un fantasma es una aparición perfecta. Perfecta porque se superpone a la razón y la materialidad, es construido con las herramientas brindadas por la ausencia. El fantasma es memoria, lo cual, en su imperfección para el recuerdo fiel, procura la belleza de lo fantástico impreso sobre los pliegues del hecho recordado, o la persona traída al presente como ausencia. Gabriela Vidal escribe un hato de cuentos atravesados por fantasmas. La imagen del ser espectral no aparece terrorífica aquí, a menos que el lector sienta el recuerdo de una ausencia presentada en vigilia, los sueños no valen para este asunto, los sueños son apenas leve fuerza motriz. El fantasma es el sepulcro huidizo siempre presente convertido en falta por los recuerdos amorosos de la infancia, o el amor perdido reencontrado en una librería, o el primo educado a las maneras de los chanchos.

El fantasma es también un jornalero de la tristeza. La melancolía fue entrada para pensar la ausencia de los vivos en la vida y medio para comprender el efecto de los fantasmas y la fantasía en los cuerpos pulsantes de vida pero carentes de energía para vivir durante la Edad Media. Vidal lo atrae a su mundo construido a través de los cuentos de Paseo con fantasmas, incluso, casi como intuición, reconoce en la razón un tugurio de ausencias y superposiciones, porque el desalojar un espacio simbólico para colocar algo distinto ahí, sin duda, produce fantasmas: “Si algo había aprendido es que cualquier ser vivo, salvo los hombres que traicionan su instinto en favor de la razón, se aferra con necedad a la vida”. La vida humana es el páramo donde los fantasmas se ceban para ponerse gordos. La tristeza es su pasto y es la rúbrica de varios cuentos de Gabriela Vidal: “en su lugar, se instalaba la tristeza”; “y mi profunda tristeza”; “llorando lágrimas secas, como se suponen lloran los hombres”. La tristeza es la representación de cierto desalojo. Los baldíos que son su producto pueden ser entendidos como fantasmas.

Pero no es la bilis negra la única sustancia vital fluyendo en los cuentos de Vidal. Siempre está el halo melancólico, pero no es total la máquina de tristezas. Hay cuentos de belleza sutil, bucólica, que transportan a la posibilidad no sólo de lidiar con los fantasmas sino de usarlos como motor vital. La vieja maestra de escuela empecinada por enseñar al chorro analfabeto o el viejo ladrón recordando la desgracia en un abrazo con el chabón. Ahí los fantasmas son caminos para el retorno sin ser máquinas del tiempo, sino motivaciones para el inicio, marcadores en el sendero de las vidas de estos personajes aparentemente atascados en la ausencia y la resignación. Se avecina el futuro, sin idilios, duro y cruel como siempre, pero al fin futuro.

Paseo con fantasmas y otros cuentos resulta una lectura conmovedora, ilustra tránsitos entre espacios a veces considerados opuestos, como la vida campirana y las tribulaciones urbanas, cada cuento halla su situación con suavidad, evita al lector transportarse a los lugares en caminos rugosos. Al evitarlo, consigue transición tersa, viajando a lomo de fantasmas. El título es exacto, define la sensación del encuentro con lo ausente y lo perdido para dejar en el pecho un suspiro y, también, rasarnos los ojos de lágrimas húmedas, no secas, porque a fin de cuentas, el lector no es un hombre, es un operador de fantasmas y fantasías.

Vidal, Gabriela. Paseo con fantasmas y otros cuentos. Argentina: Ediciones del Boulevard, 2014.