Cu-charadas de Ubú rey para el alma. Otro random de humor literario 2/2.

Cu-charadas de Ubú rey para el alma

Otro random de humor literario / 2a parte.

Por César Cortés Vega*

 

Yo estoy convencido que hoy somos parte de un mundo global,
de mayor interacción entre los países que somos parte de este mundo global.
Enrique Peña Nieto [1]

1.- Breve random no-literario.

Iba a comenzar este texto diciendo que no hay mejor y más miserable momento para hablar de Ubú rey, que el vivido ahora en México. Me retracté, claro, conectándome con mi memoria a largo plazo, que suele ser traicionera en momentos jodidos. Por supuesto los excesos de poder ridículo son una constante de todas las épocas y todos los territorios —no por eso menos infames los de unos que los de otros—. Luego, preferí comenzar con un random no-literario de grandilocuentes burradas. Un chipi-chipi de perlas podridas, antes de darle paso a nuestro invitado de honor. Pero primero, una imprecación interpretativa propia del análisis foucaultiano, que se refiere al término ubuesco, planteado en la clase en el Collège de France del 8 de enero de 1975, llamada Los Anormales:

Lo grotesco, o, si lo prefieren, lo ubuesco, no es simplemente una categoría de injurias, no es un epíteto injurioso, y no querría utilizarlo en ese sentido. Creo que existe una categoría precisa; en todo caso, habría que definir una categoría precisa del análisis histórico político, que sería la de lo grotesco o ubuesco. El terror ubuesco, la soberanía grotesca o, en otros términos más austeros, la maximización de los efectos de poder a partir de la descalificación de quien los produce: esto, creo, no es un accidente en la historia del poder, no es una avería de la mecánica. Me parece que es uno de los engranajes que forma parte inherente de los mecanismos del poder. El poder político, al menos en ciertas sociedades y, en todo caso, en la nuestra, puede darse y se dio, efectivamente, la posibilidad de hacer transmitir sus efectos, mucho más, de encontrar el origen de sus efectos, en un lugar que es manifiesta, explícita, voluntariamente descalificado por lo odioso, lo infame o lo ridículo. [2]

De eso va esto, como regodeo en la inmundicia que la intuición de Alfred Jarry traduce muy bien. Mando entonces el primer petardo al aire, ubuesco, como arranque de realidad que le da pié a la honrosa ficción patafísica:

Si no están, no existen, y como no existen no están. Los desaparecidos son eso, desaparecidos; no están ni vivos ni muertos; están desaparecidos.

Lo dijo Jorge Rafael Videla, el ultraconservador argentino que tomara el poder luego de un golpe de estado en 1976. Declaración emblemática, buen ejemplo del tipo de retórica paradójica que muestra justo aquello que tiene la intención de ocultar. Es representativa no sólo debido a que, a la luz de los hechos históricos, además de siniestra, resulta ser un poco ridícula, sino porque también ejemplifica una especie de nonsense de demagogia en el extremo, muy acorde con la visibilidad-invisibilidad de los deseos criollos. En el discurso, Videla defendía la sociedad cristiana, claro, pero también los valores de Occidente. Desaparecer, aparecer, el intento progresista para dejar atrás lo impuro y pernicioso. Y aunque sepamos todos a qué se refieren sus sutiles palabras, no habrá que escatimar información descriptiva en estos casos: cuerpos vivos, arrojados desde los aviones. Encapuchados los dejaban caer. Y campos de concentración y cárceles clandestinas en las cuales se ensayaba una tortura diseminada en el continente por la CIA, que organizó la llamada Operación Cóndor en su red de dictaduras Latinoamericanas. Esos eran los desaparecidos. Luego, la locura a puertas abiertas: bebés secuestrados para ser entregados a nobles familias cristianas, pactos con la iglesia para lavar las culpas de los asesinos, ritos del Estado que desplegaba la parafernalia de orgullo marcial. La Fuerza Armada, la policía y demás organismos de seguridad, bailando su minueto de control y paranoia.

Otra, de estilo menos austero, va por cuenta de Idi Amin, cuyo noble cargo debía ser leído así:

Su Excelencia el Presidente Vitalicio, Mariscal de Campo Alhaji Idi Amín, VC [poseedor de la Cruz de Victoria, condecoración militar más alta al valor “frente al enemigo” de todas las condecoraciones británicas], DSO [Orden de Servicios Distinguidos del Ejército Británico], Señor de todas las bestias de la tierra y peces del mar, y conquistador del Imperio Británico en África en General y Uganda en Particular. [3]

Cuando el presidente de Zambia, Kenneth Kaunda —un lúcido profesor que propuso fórmulas de desarrollo y educación para un país que ocupaba los últimos niveles en África—, criticó la gestión de Amin en Uganda, éste le respondió:

No encuentro una forma mejor de describirte que como lameculos, altavoz y marioneta de los Imperialistas […] Se espera que como prueba del agradecimiento por lo que han dicho del doctor Amín, estos dos señores [Kaunda y Ramphal, secretario General de la Commonwealth], quizás Su Graciosa Majestad la Reina de Inglaterra los honre con un par de sus bragas viejas como recuerdo del aniversario de su coronación. Es posible que reciba el mismo premio el Primer Ministro Inglés, el Señor Callaghan, por sus ataques al buen nombre de Uganda. [4]

África es rica en estos ejemplos de incontinencia verborréica de los poderosos. Jean-Bédel Bokassa, de la República Centroafricana, que primero se concibió a sí mismo como dictador, y luego se impuso la categoría de Emperador en una fastuosa ceremonia que costó 20 millones de dólares, escribió unas líneas inspiradas en el cambio de jerarquía, que luego mandó imprimir en las invitaciones a la toma de posesión:

¿Sabéis dónde se respira hoy
El espíritu cristiano de Francia?
¿De la antigua Roma y de Bizancio?
En Bangui, la Coqueta.
El sucesor de Clodovico el Grande,
De los héroes de Grecia y de los galos,
De Carlomagno y de San Luis,
De Bonaparte y de De Gaulle.
Es Bokassa, Caesar Augustus,
El más ilustre de los franceses.
Arrodillémonos ante él,
Celebremos sus favores.
Bokassa, el nuevo Bonaparte;
Bangui, su ilustre ciudad,
Eclipsa Roma, Atenas, Esparta
Con su deslumbrante belleza. [5]

(Oh, poesía, sálvanos del mal… o ¿cómo?). Cuando prácticamente ninguno de los varios mandatarios a quienes había invitado a la ceremonia, asistió (Idi Amin estaba en esa lista), Bokassa espetó: “Me envidian porque yo tengo un imperio y ellos no”… Uno de sus nobles actos como Emperador fue, en pleno día de su cumpleaños, liberar a todas las madres encarceladas, condenando a la pena de muerte a los inculpados por matricidio…

Como el poema deja claro, el Emperador Bokassa era admirador de Napoleón Bonaparte, en quien se había inspirado para muchas de sus ceremonias y posturas políticas. Y a Napoleón nunca hay que olvidarlo cuando se habla de estos excesos, por varias razones. Se trata una de las figuras del absolutismo europeo, a quien se le suele profesar a la vez que admiración, odio. En gran medida, es el ideal de todo estadista que se enfrenta a la necesidad de calcular los precios de la violencia, modulados desde la pericia política. Napoleón era un equilibrista despiadado, capaz de mantenerse en pie en el hilo tensado por esos polos. Por eso los ingleses publicaron cientos y cientos de panfletos y cartones políticos para denostarlo, justo porque conocían su influencia y su poder de representación. Toda su parafernalia era de índole propagandística; comprensión de la administración de los símbolos que indican el dominio. Una necesidad de fastuosidad, aún lindante con el poder de los dioses. Napoleón lo sabía muy bien cuando decía que el trono es un pedazo de madera cubierto de terciopelo. Pero ya lo sabemos; este gasto de energía en el despilfarro, suele tener contrapartes funestas para la vida de los pueblos. En esta grandilocuencia, el dispendio es casi una estrategia, tolerada o impulsada por quienes sostienen desde atrás a aquel que se sienta en el trono o en la silla presidencial. No importa si lo suyo es una pantomima de poder absurdo, como en el caso mexicano. Y fue quizá por esto que Jarry se inspiró también en Napoleón para darle forma a su personaje.

Napoleón era, por supuesto, un maquiavelista convencido. Incluso, si alguien merece el término maquiavélico, cuyo sentido es mal empleado para designar las enseñanzas del pensador italiano, es quizá el mismísimo Napoleón que, ese sí, justificaba claramente los medios, según el fin. Podría decirse de él que era: más maquiavélico que Maquiavelo. En una nota de un fragmento de El Príncipe que dice:

Pero como uno, de simple particular, llega a ser también príncipe de otros dos modos, sin deberlo todo a la fortuna o valor, no conviene que omita yo aquí el tratar de uno y otro de estos dos modos, aunque puedo reservarme el discurrir con más extensión sobre el segundo, al tratar de las repúblicas. El primero es cuando un particular se eleva por una vía malvada y detestable al principado [acá la nota de Napoleón], y el segundo cuando un hombre llega a ser príncipe de su patria con el favor de sus conciudadanos.

Napoleón agrega:

La expresión es duramente improbativa. ¿Qué importa el camino, con tal que se llegue? Maquiavelo comete una falta en hacer de moralista sobre semejante materia. [6]

2.- Breve random ubuesco.

Se dice de Ubú que es el peor de los hombres posibles. No estoy seguro. En todo caso, sí podría ser el más mediocre. La abyección que Jarry imprime en su personaje es medrosa, mezquina, visceralmente corrupta. Pero Ubú es un imbécil, y esa característica hace que sus elecciones tengan cierta inocencia oligofrénica. El peor de los hombres posibles, podría optar con conciencia por hacer el mal, podría elegir entre salvar o echar a perder, desde la comprensión de los motivos de aquellos que por ser despojados, sufren. Se regodearía en el dolor de los otros entonces. Eso sería su alimento. Ubú, por el contrario, duda, porque su moralidad pasa por la conveniencia. Entonces calcula, intenta equilibrar sus elecciones en virtud de su avaricia. Si en Macbeth —la principal influencia en la obra de Jarry— el remordimiento es la vía para la fatalidad, en la parodia encarnada en Ubú, el desvarío hace que la tragedia se cumpla en el ridículo.

Padre Ubú. ¡No, yo no quiero! ¿Queréis arruinarme por esos bordes?
Capitán Bordure. Pero vamos, Padre Ubú, ¿no veis que el pueblo espera el don del feliz advenimiento?
Madre Ubú. Si no haces repartir carnes y oro serás destronado antes de dos horas.
Padre Ubú. ¡Carnes sí! ¡Oro, no! Cargáos tres caballos viejos. Son la mar de buenos para semejantes marranos.
Madre Ubú. ¡Marrano tú! ¿Quién habrá construido un animal de esta calaña?
Padre Ubú. Una vez más lo repito. Quiero enriquecerme. No soltaré ni un real.
Madre Ubú. Teniendo en las manos todos los tesoros de Polonia…
Capitán Bordure. Sí, sé que hay en la capilla un inmenso tesoro. Lo repartiremos.
Padre Ubú. Miserable, ¡si haces eso…!
Capitán Bordure. Pero, Padre Ubú, si no repartes algo el pueblo no querrá pagar los impuestos.
Padre Ubú. ¿Es verdad eso?
Madre Ubú. ¡Sí, sí!
Padre Ubú. ¡Oh! Entonces accedo a todo. Reunid tres millones, coced ciento cincuenta bueyes y corderos. ¡Además yo también tendré mi parte! [7]

Parecería que Alfred Jarry, al pensar en este bordeline de la corrupción, lo hiciera con la mirada puesta en el porvenir. Porque Ubú no desea el Estado en la ambigüedad del ocultamiento tamizado por la política, propio del conservadurismo que se desdobla en moral y cinismo. Ubú es algo así como un neoliberal, ígnaro y de un maquiavelismo rampante, que toma decisiones de manera intempestiva. Sin embargo, nada de futorología retroactiva: si Ubú coincide con algo que está hoy cada vez más presente, es gracias a que lleva la tragedia macbethiana al extremo del ridículo. La pregunta de inicio es la que da en el clavo: ¿qué tal un Shakespeare de pitorreo? ¿Y si animalizamos a los ya de por sí grotescos personajes de la política? ¿Qué pasa si los hacemos despiadados, y a la vez burros? ¿Qué figura aparece ahí, desde la penumbra? El idiota con poder no es extraño a la historia. Por eso resulta tan conveniente; una especie de monigote para darle de palos en una función de títeres. Un paliativo para los deseos de venganza:

Padre Ubú. ¡Oh! ¡Oh! ¡Tengo miedo! ¡Ah! Creo que voy a morir. Qué desgraciado soy. ¿Qué será de mí, Gran Dios? Ese malvado va a matarme. San Antonio y todos los santos, protegedme. Os daré phinanzas y quemaré cirios en vuestro honor. ¿Señor, qué va a ser de mí? Llora y solloza.
Padre Ubú. Sólo queda un partido que tomar, Padre Ubú.
Padre Ubú. ¿Cuál, amor mío?
Padre Ubú. ¡La guerra!
Todos. ¡Vive Dios! ¡Eso es lo más noble!
Padre Ubú. Sí, y volveré a recibir golpes.
Primer Consejero. Corramos, corramos a organizar el ejército.
Segundo. Y a reunir los víveres.
Tercero. Y a preparar la artillería y las fortalezas.
Cuarto. Y a tomar dinero para las tropas.
Padre Ubú. ¡Ah! ¡No! ¡Ni hablar! Te voy a matar, a ti. No quiero dar dinero. ¡Mira qué ocurrencias Me pagaban por hacer la guerra, y ahora hay que hacerla a mis expensas. No, por mi velón verde, hagamos la guerra ya que estáis enfurecidos, pero no soltemos ni un real.
Todos. ¡Viva la guerra! [8]

Alfred Jarry habría escrito la primera versión de Ubú rey a los quince años, ideándola para ser representada con marionetas. Y quizá ese dato más que ningún otro, complete la maravilla de la obra. Porque detrás del absurdo con el cual está llevada a cabo —lo cual fuera un disparador para que varias décadas después dramaturgos como Ionesco, Arrabal o Beckett siguieran un camino similar— hay alguien que lo concibe y mueve esos cuerpos de trapo de la puesta en escena. Pareciera entonces que la obra se jugara en dos planos. Por un lado uno centrado al rededor de aquello que el espectador ve, y por otro, de aquello que se les oculta como artificio literario-teatral. ¿Quién es Ubú, sino aquel que lo comprende? Acá la teoría patafísica que impulsara Jarry en Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico hace sentido. Las leyes que regulan las excepciones, observarían estas diferencias desde lo grotesco, pondrían el ojo sobre ello, desde una zona que no exculpa, sino que en todo caso determina un estilo de mirar al otro. Se dice incluso, que Jarry comenzó a tener desplantes venidos de la patafísica en la vida cotidiana, que daba paseos con un revolver descargado en la mano para provocar y contestaba tergiversando palabras. Por supuesto, no creo que él haya comenzado a creerse una especie de Ubú rey, sino que su juego llevaba implícito el principio del ridículo que le corresponde a los poderosos, pero también a quienes les dejan ser poderosos. Porque, en la aplicación de normas en la vida cotidiana, muchos de quienes se ufanan de no tener nada qué ver con el deseo de dominio y los excesos del poder, practican fervorosas dictaduras domésticas. Posiblemente por ello, la conciencia de ridículo sea un buen antídoto.

Padre Ubú. Señores, estableceremos un impuesto de un diez por ciento sobre la propiedad, otro sobre el comercio y la industria, y un tercero sobre los casamientos, y un cuarto sobre los fallecimientos, de quince francos cada uno.
Primer Hacendista. Pero esto es idiota, Padre Ubú.
Segundo Hacendista. Es absurdo.
Tercer Hacendista. No tiene pies ni cabeza.
Padre Ubú. ¡Os burláis de mi! ¡A la trampa con ellos! Enhornan a los hacendistas.
Madre Ubú. Pero bueno, Padre Ubú, ¿qué clase de rey eres? Acabas con todo el mundo.
Padre Ubú. ¡Eh! ¡Mierdra!
Madre Ubú. No más Justicia, no más Hacienda.
Padre Ubú. No temas nada, mi dulce niña. Yo mismo iré de pueblo en pueblo a cobrar los impuestos. [9]

De cualquier manera, no hay que perder foco. Toda la obra de Ubú —Ubú rey, Ubú cornudo, Ubú encadenado y Ubú en el disparadero— está dedicada a una rey loco universal que era previsible ya antes de que comenzara el siglo XX. Y es paradójico que hoy, lo que nos debería hacer llorar, nos haga reír. Quizá gracias a que presentimos con tino la banalidad de las decisiones para preservar un estado de cosas desde esa soberanía grotesca de la que habla Foucault. La permanencia en el poder de grupos hegemónicos es una de sus razones. La consecución de una línea genealógica —que raras veces puede mantenerse en pie, sin que otra venga y rompa con esa confianza universal que les hace pensar que ellos sí son los elegidos—. Más abajo, las representaciones clasistas de toda índole —prestigio, economía, refinamiento, etc., y sus complejidades históricas—. Y más allá, quizá nada menos ni nada más que la ¡Mierdra!

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Notas
[1] Conferencia Magistral: Los Desafíos de México y su Papel en un Contexto Mundial Cambiante, 18 octubre 2012.
[2] Michel Foucault, Los anormales, Ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2000.
[3] Tomado de La “Incontinencia Oratoria” en su máxima expresión: Algunas frases de los tristemente célebres dictadores africanos en Blog de Banderas. Una mirada al mundo. En http://blogdebanderas.com/2012/09/18/la-incontinencia-oratoria-en-su-maxima-expresion-algunas-frases-de-los-tristemente-celebres-dictadores-africanos/ Consultado el 4 de septiembre de 2015.
[4] Ibid.
[5] Ibid.
[6] Maquiavelo comentado por Napoleón I (Bonaparte). Fernández y Castrejón editores. México, 1905.
[7] Jarry, Alfred. Ubú completo. Editorial Fontamara. Barcelona 1982.
[8] Ibid.
[9] Ibid.

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*César Cortés Vega.- Algunos de sus libros publicados son Abandona Silicia (novela), espejo-ojepse (noveleta experimental), Periferias y mentiras. Textos sobre arte, banalidad y cultura (ensayo) o Reven (poesía). Ha compilado los libros Textos postautónomos, Citas caníbales y Anti/Pro canibalia. Dirige la revista Cinocéfalo. Ha presentado obra visual en México, España, Japón, Irlanda y Dinamarca.