Indios verdes, de Emilio Gordillo

Por Mario Guajardo.

El programa literario del chileno Emilio Gordillo (1981) pareciera escribirse bajo la premisa de que el mundo ha sucumbido a la conspiración de Tlön, donde, según Borges, “un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto“. Cuando hasta la ficción conspira para entrampar o abandonar a su propia suerte a la comunidad a la que se debe, volver la mirada hacia el oficio propio y su sentido es un imperativo. Así, en Croma (Alquimia Ediciones, 2013), su ópera prima, el relato de ‘Santiago Scarcela’ contiene y es contenido por un manual de TPM (Mantenimiento Productivo Total, por su sigla en inglés) en un juego de descomposición mutua, en el cual la lógica del Capital/Trabajo representada por la ciudad –cualquiera– y su alma –el manual y la productividad– anula al sujeto y el sujeto, a su vez, busca anular (desintegrar, si prefieren) la ciudad, hacerla estallar literalmente.

Indios verdes, la nueva novela de Gordillo, se compone por tres textos diversos y divergentes en estilo, intención y forma1. Cada una es la contraparte de las otras, en un artefacto construido contra la comodidad de la incomprensión o de la inabarcabilidad. Aunque no le baste la salida fácil de la denuncia ante la propia impostura.

I

En el primero de esos textos, Al anverso del cristal, el narrador y protagonista, ‘Emilio Gordillo’, nos entrega un relato fragmentado, tartamudo, incapaz de asimilar la totalidad desbordante de una ciudad de México, donde, con claves y herramientas propias, busca instalar(se) un sentido que se le escurre. Para ello, recurre a ciertas claves: un acuario (cuyo cristal le da la imagen para cifrar las tres partes de la novela), la casa paterna, su padre, Mario Bellatín y su libro Salón de belleza –del que extrajo el epígrafe de la novela– pero, además, se hace mención al abuelo, quien, a diferencia de su padre ausente, sabía contar historias: “La habilidad de aquel muerto era sencilla: el relato de historias inverosímiles” (p. 5). Ahora bien, en esa misma página, se nos dice en qué consiste una historia inverosímil: “Las suyas eran historias simples, de tristeza, de alegría, historias de aprendizaje, historias de algo. Cuentos inverosímiles hoy“. Y es aquí, en ese recuerdo de las historias del abuelo muerto, me parece, donde se inscribe la intención no declarada de la novela inverosímil de Gordillo: recuperar un tipo de relato, un sentido para el ejercicio de la narración y de la escritura que iría más allá de la desintegración líquida posmoderna, más allá de la comodidad del margen y la desintegración; en esta novela estamos, más bien, ante una respuesta por el sentido de la escritura en el tiempo que nos tocó, un sentido de proyección hacia el núcleo infernal de una ciudad que puede ser todas, e incluso dirigida hacia quienes habitan con él, hacia quienes la novela anterior se resistía, no quería leer ni dejar ser leída: los otros.

Ahora bien, esta primera parte sí es bastante convencional y verosímil a decir verdad: el narrador se cuestiona a sí mismo y su lugar en el D.F. donde, dice, ha llegado por deformación, por desvío (p. 7); lee la ciudad como quien lee el mapa del metro, y, por ello, a partir de la estación Indios Verdes del metro defeño construye este primer texto desde la perspectiva del turista, “un hombre sano en una ciudad apestada” (p. 10), “un bulto lleno de clichés que no importaban a nadie: era un escritor” (p. 11), que repasa su propia novela sobre Santiago de Chile (es decir ‘Croma’), en la cual los personajes quieren escribir su propia trama y no pueden, y, otra vez, “A veces pensaba en mi abuelo muerto y sus historias y culpaba a mi padre esquizofrénico por mi incapacidad de articular el mísero relato de quien no logra articular un relato.” (p. 11). Aquí Gordillo habla sobre el estilo de Croma, pero también sobre el de esta primera parte –y, apuntemos ya, sobre la segunda– de Indios verdesm>. De hecho, corren los lugares comunes y los repliegues sobre un estilo muy similar a buena parte de la producción literaria actual. Por ejemplo: “Hay un anverso de un nuevo vidrio, del otro lado no vuelan más que aviones ni se oyen más que turbinas, y el tiempo es uno, todos los tiempos y ningún tiempo a la vez.” (p. 14); o también: “Tomé una ducha. Como en los relatos de Bukowski, comí, dormí, cagué. Todo concisa y brevemente.” (p. 15); más aún: “El agua del D.F. me irritó la piel durante las primeras semanas, el aire seco del D.F. y el agua del D.F. acentúan las cicatrices, las secan, las hacen emerger“. (p. 16). Y así, suman y siguen frases tópicas en la primera parte de esta novela, las idas y vueltas sobre la idea del anverso y el reverso para hilvanar lo que se espera o se debe esperar de una novela escrita por un chileno “perdido” en el D.F., las construcciones verbales dirigidas a quienes busquen refugiarse en la desintegración del sujeto posmoderno para enfrentar no sólo la literatura, sino a sí mismos, protegidos en la comodidad del anverso. Y, precisamente, con esa idea jugará Gordillo en la segunda parte. De hecho, la fascinación del narrador extranjero por el tránsito y la errancia de las esculturas de los indios verdes será objeto del segundo de los textos.

II

En Al reverso del cristal, Gordillo ensaya una crítica sobre sí mismo y sobre el texto anterior: “Indios Verdes trataba sobre nada. La memoria, o su ausencia en un extranjero incapaz de evitar la fascinación ante un monumento segregado.” (p. 59). Gordillo entra de lleno en la autobiografía, menos con el ánimo de hablar sobre sí mismo que con el fin de tomar distancia y evidenciar que toda literatura es, en una medida importante y determinante, la construcción infinalizable de un sujeto, un sujeto individual pero también colectivo que, de paso, intenta situarse a sí mismo y a su escritura entre otros autores y escrituras, aunque cuestionando el valor mismo de la literatura, así como el sentido de la propia autoría.

La reflexión en torno a las esculturas es también sobre el sitio de un escritor extranjero ante ellos y ante sí mismo. Los indios verdes bien pudieran ser el emblema del fracaso de una manera de entender la modernidad en el contexto mexicano –o también de aquello que la ciudad ha dejado fuera de sus límites y todo/s aquello/s que hace/n lo posible por pertenecer a ella (p. 78). Pero es más decisiva la posibilidad de interpretarlos de ese modo y las condiciones de esa posibilidad. En ese sentido, el creador de los indios verdes, Alejandro Casarín, caricaturista, se erige como la contracara del autor de la novela y su propia creación: la reflexión sobre las esculturas es la condición de la existencia de Indios verdes, con la que Gordillo hace propias las técnicas y el humor que, según especula, se vislumbra en la obra de Casarín:

La caricatura es el arte de la hipérbole, de la exageración, la sátira y la ironía. ¿No tienen acaso los Indios Verdes algo de caricaturesco? Ese exceso de formas redondas. Esa rigidez un poco ridícula de los cuerpos indígenas musculosos y enverdecidos. Esa leve desviación de sus troncos inclinados en una postura similar a la contención sexual de los viajeros en el metrobus (p.83).

¿No es la definición que se da de la caricatura una definición de la novela moderna? El ir y volver sobre los propios textos, sobre sí mismo y sobre el sentido de esas vueltas por parte del autor, me parece a mí que es la manera que tiene –¿hay otra? – Gordillo de pertenecer, de alguna manera, a esa comunidad que lo extranjerizaba hasta de sí mismo y de la cual ahora es capaz de reírse con una novela de tres contrapartes. Pese a todo, el anverso y el reverso del cristal son la separación entre el autor y aquellos que viven la cotidianidad de los indios sin ambages, sin idas y vueltas sobre su significación, aquellos que nombran sus negocios con el nombre de los indios verdes, quienes transitan la estación de metro que lleva ese nombre, o entre quienes traspasan el límite entre el Estado Mexicano y el D.F. sin enterarse de los indios. ¿Pero cómo resolver esa distancia necesaria? ¿De qué modo pertenecer a la comunidad sin romper ese cristal ineluctable del extranjero/individuo?

¿Cómo no disolver la identidad de la comunidad al integrarse en ella? Agazaparse como un nonato ectópico parece ser una respuesta; una vida dentro de otra, en amenaza mutua y permanente. Esta imagen es lo que, siguiendo a Bellatín, Gordillo llama Sucesos de Escritura, momentos donde la literatura antecede a la realidad y le otorga sus formas. Así, como en Croma fue el desvalido Feli (en tanto inválido y en tanto felicidad truncada, rota y sin palabra), aquí es el fallido intento de paternidad del autor el cual genera un abismo entre presente y futuro: “Es difícil llegar a decir que la operación de un embarazo ectópico pueda ser todo un éxito. // Pero lo fue. / El resto, el futuro, mejor ni nombrarlo.” (p. 90).

III

¿Y qué hacer si el futuro es un abismo, una angustia? Ante cualquier encrucijada siempre hay un tercer camino: retroceder. La sección “El cristal” nos presenta la posibilidad de una visión profética del pasado, para decirlo en los términos de Édouard Glissant. Es el momento donde el autor le da la voz a un indio ayudante (sirviente) de Casarín, quien nos relatará la última fase de creación de las esculturas de Izcóatl y Ahuízotl, de la cual él mismo tendrá la última palabra o el último gesto. No es de extrañar la semejanza entre Gordillo y Casarín: ambos no pueden dar término a sus indios. Dice el narrador: “No le acaba de agradar. Su espíritu no se anima a desecharla” (p. 107). Y el indígena narrador, así como terminará por arrebatarle la creación a Casarín, le quita la voz a Gordillo para hacerse cargo del término de esta obra incómoda. Asistimos finalmente a un acto de creación colectiva, donde la broma que Gordillo nos estaba haciendo desde la primera parte sale a la luz. El gesto dudoso de los indios que tanto inquietaba al autor aparece convertido en un acto voluntario de plena consciencia autoral. Ha sembrado el pasado de la novela en el final de la misma.

¿Cómo corregir un gesto mal hecho, una obra trunca que sin querer pareciera fungir de emblema para cierto aspecto de la identidad mexicana? ¿Cómo responder una pregunta hecha por el futuro siempre impredecible y dirigida hacia un pasado del cual no se escribió? La literatura. Esta novela que en realidad son tres libros contradiciéndose entre sí; la novela y la literatura son aquí la posibilidad de instalarse en el cristal mismo, evidenciar sus límites y sus fracturas desde el interior; ni al anverso ni al reverso, la buena ficción tomará el sitio preferencial que siempre le ha correspondido, un lugar donde la obra de Gordillo pareciera construirse un sitio importante.

Gordillo, Emilio. Indios verdes. México: Libros Malaletra-Conaculta, 2015. Descarga gratuita