Función de repulsa, de Luis Panini

Por Miguel Ángel Hernández Acosta.

En la literatura es tan importante lo que se dice como lo que se calla. Lo segundo, sin embargo, implica una mayor participación del lector y sólo a través de su mediación, de la forma que decodifique el texto, es que permitirá apreciar la empatía o no con lo leído.

Esto sucede con los relatos de Luis Panini en Función de repulsa. De principio, son textos muy limpios en su escritura, donde se aprecia la selección cuidadosa de las palabras y los adjetivos que se usan para transmitir atmósferas y experiencias. Son relatos donde, metafóricamente, el lector se enfrente a una habitación ordenada y limpia y donde sólo al interpretar qué significa cada uno de los detalles que la integran puede comprenderse la historia que hay de fondo.

Por ejemplo, en “Zapping” se da cuenta de los diferentes momentos e historias a las que se enfrenta un televidente al ir cambiando de canal. Sin embargo, el narrador parece cumplir sólo la función de describir, sin acotar emociones, ni crear personajes, sino creando una especie de mini cuadros de costumbres con cada uno de los anuncios televisivos que describe. Presumiblemente no hay una historia que quiera contarse, no hay una intención del autor hacia el lector, pero al terminar de leerlo se enfrenta una desazón ante el reflejo o reconocimiento que se establece entre el lector y ese ser anónimo que a lo largo de tres páginas ha ido cambiando de canal, con un tedio que se sospecha. Entonces es cuando la habitación blanca y limpia descrita al principio comienza a transformarse en algo terrorífico, pues el lector comprende que esa zona de confort, aséptica, en la que se encuentra el “ser” que cambia de canal de televisión en el relato es también su propia vida y cómo la ve alguien que está fuera de ella.

Hay en los relatos de Panini un horror no descrito sino presentido. El autor describe sin emoción y el lector es quien debe terminar la historia y proporcionar los adjetivos calificativos, abrir sus emociones. La lectura de un padre, por ejemplo, será más terrorífica que la de alguien sin hijos al leer “El legado de Swift”, un estupendo homenaje al ensayo satírico “Una modesta proposición: Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público”, del autor irlandés. Dice Panini, tras narrar cómo se puede cocinar y servir un bebé: “Tan pronto los comensales se hayan retirado, empaque la cabeza del niño cuidadosamente e incluya la siguiente nota: Aunque al principio se mostró algo reseco, / su hijo terminó convirtiéndose en una dulzura. Para el envío elija un servicio de mensajería rápida y confiable. […] Seleccione la opción ‘día siguiente’. Tenga un poco de consideración, no deje que la mamá siga preocupada”.

Buscar en los relatos de Panini la forma tradicional de un cuento sería un error. Su narrativa, al igual que sucede con un cuadro de naturaleza muerta, se caracteriza por la luz que ilumina un hecho, no por el hecho mismo. Hay algunas excepciones, como “Nómada”, minificción en donde todo lo descrito tiene una relación directa con la resolución, pero que no es sino cuando se llega a ésta cuando se comprende cómo Panini ha jugado con el lector.

Función de repulsa es un libro de terror, aunque en apariencia no haya monstruos ni una intención explícita por causar miedo. Incluso en relatos como “(para desfigurarle el rostro a una doncella)” el narrador es tan ecuánime que al parecer no busca efectos de horror. El lector, como se apuntó, es quien dará significado a cada uno de los textos. Sin embargo, de forma casi imperceptible, Luis Panini es quien dirige todo al seleccionar la palabra precisa en cada relato. Su eficiencia como narrador se encuentra en saber ocultarse, pero sin nunca soltar las amarras del relato y guiar al lector hasta el sitio donde quiere tenerlo.

Panini, Luis. Función de repulsa. México: Malaletra, 2015.