Tres randoms de humor literario (y conexas) 1/2

Tres randoms de humor literario (y conexas)

Primera parte

Por César Cortés Vega

Esta es la primera entrega de una ruleta seriada, con la mira en nuestras interesantes vidas políticas, y también en la posibilidad de burlarnos de ellas. La pregunta que lanza la primera piedra es si no hacemos ya demasiados melodramas, teniendo todas las armas que la mala leche nos regala para joder al presente con carcajadas directas y al centro. Claro, semejantes chocarrerías no bastarán —dirán algunos— para arreglar el trash emocional que vivimos en este país de impunidad extrema, y en muchos otros. Sin embargo, los momentos de fuerza colectiva a veces vienen de aquello que no se compromete con el orden profundo del mundo. Ahí radica su paradójica potencia. Una motor turulato que manda provocaciones contradictorias, como en aquellas escenas en La vida de Bryan, film de Monty Pyton, en las que un mesías paralelo a Cristo, transcurre sus días en el error continuo que ridiculiza la idea de centro moral medido con las herramientas de la vergüenza y la culpa, dándole entonces un sentido no lapidario. Quizá parecido a aquella otra imagen de un Cristo mal de Miguel Noguera, el bizarro anti-humorista español; “un fallo de base muy grave en la crucifixión”… a tal grado que equivocarse en algo tan fundamental en la cultura cristiana, le impediría entonces al mito hecho alegoría de carne, morir para revivificarse. Deleuze lo dice por ahí de otro modo, con justicia sospechosista en el encono: “El humor es el arte de la superficie, contra la vieja ironía, arte de las profundidades o de las alturas”.

Cristo mal

1.- Flaubert, Bouvard, Pécuchet, tú, yo, piénsalo…

Y en la superficie primera, recordar que esto no es un recuento, sino ciclo de pequeñas catástrofes hecho de diversión automedicada, frente a una taza a tope de cafeína, que aún no conduce mis nervios hacia la salida de la habitación. Bouvard y Pécuchet entonces se sientan a conversar, como me siento yo a imaginar su vida desperdiciada. Y lanzan al azar el primer estornudo, luego de hacerme invertir algo de mi vida en hojear el libro y detener el repaso en algún lugar insospechado. Y es este, en la página 132 de la edición de Tusquets:

Disgustados de la vieja crítica, quisieron conocer la nueva y se hicieron enviar las reseñas de las piezas teatrales aparecidas en los periódicos.

¡Cuánto aplomo! ¡Cuánta obstinación! ¡Qué falta de probidad! ¡Ultrajes a obras maestras, reverencia ante vulgaridades, y las asnadas de los que pasan por sabios, y la necedad de otros a quienes proclaman espirituales!

¿Habrá que remitirse al público?

Pero a veces les disgustaban obras que eran aplaudidas y algo les agradaba en las silbadas. La opinión de la gente de gusto es, por lo tanto, engañosa y el juicio de la multitud, incomprensible.

Desde la periferia, ahí donde revisaba la estupidez reflexiva en su Diccionario de lugares comunes, Flaubert coloca la piedra en el centro de una de nuestras figuras contemporáneas más características: el especulador encabronado. Estos dos personajes, que han salido a destiempo de la vida productiva para finalmente insertarse en el cognitariado cultural, lo hacen bastante mal. Críticos de la crítica, sin saberlo del todo, pues al fin y al cabo el desencanto no es un camino tan difícil de transitar, y entonces parecería el más obvio, el único. Bouvard y Pécuchet son apenas un mal necesario de banqueta; moralistas por defecto; una maquinaria de lugares comunes que, bajo el imperativo de la inserción en la sociedad capitalista, pasan por certezas. Ya los he visto yo en todos lados, difundiendo noticias de falsas intrigas, intentando cortarle la cabeza a todo aquel que huela al agua de colonia que ellos no usan. Perdidos en los cafés, apenas se dan tiempo para pensar que la política se hace de representaciones, no de verdades incontrovertibles. De hecho, su existencia encabronada refuerza una paradoja comunicativa: o se hace pasar la representación como verdad, o se hacer pasar la “verdad” como representación. Frente a esta disyuntiva, este crítico de la crítica, termina por descreer de todo.

Un ejemplo malo son los hipsters. Uno mediano son aquellos que pierden mucho tiempo criticando a los hipsters. Uno buenón es el que ya no le ve solución a nada.

2.- Friedrich Dürrenmatt y la escoria de la humanidad

Pensaba hacer lo mismo con aquel libro adquirido en una librería de viejo en Tabasco; “El Valle del Caos”. A la mierda las novedades editoriales. Cuando se viaja, se encuentran mensajes cifrados en los libros que aparecen por ahí. Esos son los que hay que leer. Y ningún crédito a un culteranismo moderno incitado por aquellos capitalistas disfrazados de promotores que mueven la cabeza mientras aluden a la supervivencia del más apto. Ellos son muy parecidos a los personajes que Dürrenmatt describe en la Suiza de su libro, con una pluma incrédula que sólo la Europa de la posguerra puede provocar, sobre todo en un lugar que permite las aberraciones políticas más extremas para favorecer cualquier tipo de blanqueado internacional de dinero… Antes de hojear el libro, detenerme en alguna página y copiar el párrafo íntegro, como lo hice con Flaubert, también en el azar de la Red encontré un buen texto de José Ramón Martín Largo sobre el autor, en La República Cultural de España, con un par de fragmentos, así de justos, así de certeros que no pude dejar de copiar y pegar aquí:

Dado que hemos despolitizado la política –y en esto apuntamos al futuro, sólo en esto somos modernos, auténticos pioneros, el mundo perecerá o se helvetizará–; dado que de la política ya no cabe esperar nada, ni milagros ni una vida nueva, tal vez sólo, y poco a poco, carreteras algo mejores, impera la gratitud por cualquier interrupción de la vida cotidiana y todo cambio es bienvenido, tanto más cuanto que el desfile anual de los gremios no logra sustituir ni de lejos, con su encorsetada dignidad, al inexistente martes de carnaval.

Dios sin barba, ten misericordia:

¿Acaso nuestra era de paz, que millones de personas se empeñan en conservar haciendo manifestaciones, llevando pancartas, cantando música pop y rezando, no ha asumido hace ya tiempo la forma de aquello que, en otros tiempos, llamábamos guerra, toda vez que, a fin de apaciguarnos, incorporamos a nuestra paz las catástrofes?

Entonces fue que abrí el libro:

No en la elevación del espíritu humano —prosiguió Moses Melker—, ni en esa larga serie de ideas sublimes que por lo demás El mismo puede pensar, se ve reflejado en el Gran Viejo, sino en la escoria de la humanidad, en vosotros, los criminales. El los ama tal cual sois, porque vosotros lo amáis a El tal cual es. Para los pobres y los ricos, pero también para los eternos justos que a lo sumo llegan al fraude tributario, al blanqueo de dinero negro, a la sustracción de títulos de transporte y a la política, El es el querido buen Viejo que pasa por alto muchas cosas; para vosotros en cambio, es el jefe inexorable.

; )

3.- Ibargüengoitia y el niño revolucionario que todos llevamos dentro

Maestrazo de la sutileza, Ibargüengoitia procede por acumulación, como todo buen humorista. Por eso el azar podría no hacerle justicia, pues su lectura depende de un contexto específico y continuado. Así que con él, preferí atenerme al índice de su libro, no tan célebre como otros; Viajes en la América ignota. Y apareció sin más el Cuento para el niño revolucionario, que es eso: puro cuento para educar al niño hipotético que todavía no cuestiona si el Estado mexicano se sostiene sobre bases sólidas o es pura engañifa de charlatanes usureros. Entonces basta evidenciar un par de contradicciones, que comienzan así, con el pan nuestro de cada día, dado ayer y hoy en las pajareras educativas:

Todo lo que vemos a nuestro alrededor, niño revolucionario, es producto de la Revolución Mexicana, que como todos sabemos, empezó como movimiento armado y se transformó más tarde en un movimiento social en el que participaron todos los mexicanos sin distinción de clase social, que tiene por finalidad alcanzar una más justa distribución de la riqueza, e igualdad de oportunidades y de trato con la ley.

Todo lo que vemos, más acá de nuestras narices. El mito mexicano vuelto a contar, una y mil veces, no podía ser menos claro, más cínico, niño revolucionario de las contradicciones. Y lo que sorprende es el nivel de corrupción oculto tras una aparente transparencia, siempre en avance superando sus técnicas y su descaro. Que el discurso sea más o menos similar a como era desde un principio, sorprende, pues ni siquiera requieren de voluntad plástica para cumplir su cometido. Entonces es que nos damos cuenta; todo mito fundacional termina por convertirse en una mala broma, niño revolucionario de la salación y la impunidad…

Pues bien, niño, este señor que ves aquí, tocando el claxon del Mustang para que la criada venga a abrirle la puerta, es un humilde revolucionario a quien la Patria ha recompensado sus esfuerzos en pro de la justicia social. La altanería que le notas no es aire de aristocracia, sino el orgullo propio de nuestra raza; nos bastan dos años de no pasar hambres para sentirnos de la mejor sociedad.

Si ese es el rumbo de los tiempos, y aquellos intentan cuadrar la necesidad de sus deseos con privilegios sacados de una correspondencia incierta de valores, así, sin más, como dote divino, como vacuos recipientes de egocentrismo y lugar común ¿qué habremos de hacer, niño revolucionario de las causas milenarias en proceso? Quizá nada, pura quejadera en los agujeros que nos devuelven a nuestro conformismo sarcástico y solipsista. O quizá también mayor crítica activa, más subjetividad hacia el despilfarro no objetivo en el humor compartido. Nada que comprometa un goce de vivir a pesar de esa estupidez concreta de nuestros semejantes —¡ay, resaturantes de Polanco en los que he oído las peores sandeces!—. Humor a la yugular, como la mordida cuyo veneno debe perfeccionar el paso del tiempo, con cierto sosiego urgente, como el de quien cuida el filo de una espada. Pero sobre todo, sin duda, nunca dejar que cierta alegría no conformista —rabiosa, si se quiere— deje de ponerle flores a esta locura.

4 (pilón).- Ya se confundió con tantas… en ese trabalenguas que él mismo fue construyendo…

Trabalenguas nivel Peña Nieto

 

*César Cortés Vega (Ciudad de México). Escritor y productor visual. Ha publicado novela, ensayo y poesía; y presentado obra plástica en México, España, Dinamarca, Irlanda, Japón y Ecuador. Dirige la revista Cinocéfalo.