Lo real y lo demasiado real

Lo real y lo demasiado real.

Por César Cortés Vega

Amanece con los muertos / te deseo buena suerte…

En la canción “Rey del terror” de El mató a un policía motorizado.

 

Joya de panorama.- Los vemos en la pantalla, aplaudiendo. Sus rostros parecen tranquilos. Gestos afables, que simulan no tener malicia. Se yerguen para presentar sus respetos, suponiendo que su imagen recorrerá el país entero a través de los diarios, en las señales televisadas e incluso en la memoria de aquellos a los que les duele olvidar. Porque se ven siendo vistos. Porque son mirada y a la vez suposición de lo mirado. Figuras políticas construidas en el imaginario de una nación que se resquebraja. Ficciones del Estado, que gracias a una somera comprensión de los artificios, han conseguido estar ahí haciéndonos suponer que son eso que aparentan. Son ellos; el todo que ahora nos determina, y a la vez el indicador de una posibilidad de refuncionalizar nuestra mirada y la mente que la traduce, para hacerlos desaparecer, para que semejantes necios se alejen de nuevo. Porque está claro; muchos no los queremos ahí, y sin embrago ellos intentan suprimir ese deseo, lo figuran desvaneciendo la contundencia de su propio montaje. No sólo con su presencia mediática, sino con la objetualización de sus subjetividades. La memoria, la razón, la comunicación, la vida misma juegan ahora a su favor. Es decir; las ideas generales acerca de estos conceptos que ya no le dicen mucho a un sujeto, de por sí desconfiado gracias a los flujos de una economía siniestra de vejaciones. Y lo paradójico es que, aún teniendo claro este panorama de simulación, sigamos exigiéndoles veracidad, respeto… ¡bonhomía!

Imaginar que se dice verdad.- Pero es que nosotros intentamos decir con precisión milimétrica, y aún así somos incapaces de ser honestos. Nos ceñimos a la contundencia de nuestro ánimo, observándolo sin desesperación. Lo puntualizamos. Calculamos a la vez el laberinto de lo otro que espera, que ajusta aquello que atiende según sus propias convicciones. Tiempo impreciso en esa negociación que si se toma en serio, atolondra a comunes y especialistas, los confunde y los hace necesariamente crédulos.

Nietzsche decía que no existen hechos, sino interpretaciones. El juego de posibilidades está ahí, una negación moral de la verdad fraudulenta, que la condene registrando el territorio desde el cual se realiza esa confrontación. Porque cuando se dice verdad, no se dice en verdad la verdad, ya sabemos. En todo caso, se dice la veracidad de una construcción modulada. Por ello la dicotomía entre la verdad y la mentira es compleja. Hay un recurso, por ejemplo, sugerido por primera vez por el filósofo alemán Friedrich Schleiermacher, empleado para administrar los flujos de entendimiento, llamado círculo hermenéutico. Se trata de un modelo que brinda ciertas temporalidades al esfuerzo de comprensión de algo. Un orden racional que regula presupuestos e ideologías para diferenciar paulatinamente lo particular de lo general. Heidegger dice de él que no debe convertirse en un círculo vicioso, sino que por el contrario hay en su correcta utilización la posibilidad de acercarse a un conocimiento originario. Como muchos otros, este es un sistema que raciona los momentos de manera que para una cultura determinada puedan pasar por plausibles. Otra manera de describir el logocentrismo, pues en todo caso, se trata de un método que especifica una dirección hacia la veracidad en un momento histórico determinado. Su realidad es tan específica, que parecería un dispositivo para construir ficciones radicalmente determinadas.

Algo sutilmente distinto ocurre en la escritura de ficción, donde es posible descentrar los objetivos. Un escritor, por ejemplo, necesita las verdades de un personaje, convoca la revelación de sus motivos secretos. Una serie de dispositivos que nos permitan alejarnos de nuestras necesidades discursivas inmediatas para atender las de un modelo vivencial distinto. La literatura tiene ese posible objetivo; ser lo suficientemente creíble en su estructura, modular con elegancia el discurso para que lo que se dice pase por ser una versión veraz. No busca engañar, sino representar aquello que no está colocado en el territorio de la convención. Y, atendiendo a esta mínima razón, es posible también decir que tanto la escritura de ficción, como la que no lo es, proceden de manera más o menos similar, en diferentes intensidades. Por supuesto, todas las estrategias de temporalidad en el texto de ficción tienen el objetivo de hacernos creer, aunque sea por breves instantes, que aquello que se narra se comporta como una realidad no percibida normalmente. Y si, como dice Spinoza, el orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas, entonces todo depende ahí de su economía y regulación.

Maurice Blanchot dice en el breve texto El diario íntimo y el relato:

Hay que ser superficial para no faltar a la sinceridad, gran virtud que también exige valor. La profundidad tiene sus comodidades. Por lo menos, la profundidad exige la resolución de no limitarse al juramento que nos liga a nosotros y a los demás por medio de alguna verdad.

Definir la mirada, recomendarle estrategias de observación, es abandonar ciertas convicciones. Porque en los días comunes no parece haber nada extraordinario si uno intenta observar desde esa superficialidad que reproduce los objetos y los sucesos tal como se cree que ya son. Sin embargo, como el mismo Blanchot apunta, el relato no opera para revelar lo extraordinario —pues en lo ordinario ya es posible encontrarlo si uno abandona aquella mirada utilitaria— sino imantar lo real hacia lo que no es verificable, lugar donde se sitúa para así responder a la fascinación de su sombra. Y, en un ataque de lucidez, Blanchot agrega:

(…) no hay nada más ajeno a la realidad donde permanecemos, en la certidumbre del hombre común, que la casualidad (…)

La ficción no relata acontecimientos no ocurridos, sino aquellos que no representan un centro reconocible en el que anidan lo que llamamos verdades. La fascinación de la que es objeto depende de su posibilidad, que al momento de la lectura es difusa, pero que comporta aplicabilidad futura. Su política radica en la incorporación de lo ha sido negado, ya sea por ceguera común, o por represión. Y aquello que llamamos “casualidad” de los acontecimientos, es sólo un nombre que le damos a un conjunto de realidades no verificables por medios convencionales, parecidas, aunque de un modo abyecto, a aquel círculo hermenéutico mencionado antes:

Se narra lo que no es reseñable. Lo que es demasiado real para no arruinar las condiciones de la medida realidad que nos pertenece.

Y, en una licencia incontinente, agregaría que el reverso de esto que dice Blanchot, su violación discursiva, es quizá justo un arma lo suficientemente poderosa para modificar los rumbos. Porque ¿no son esas ficciones una especie de muertos que habría que regresar a la medida realidad que cada vez nos pertenece menos?

Demasiada realidad.- Observar plásticamente el orden de esas verdades, su composición. Y no sólo porque hoy sea difícil en términos estrictos mantener una confrontación inamovible frente a la organicidad fraudulenta en la que vivimos, sino porque quizá eso permita concebir modos de saltarse las trancas de una realidad hiperdeterminada, que procede por ocultamiento de los procesos con los que compone su canto de muerte. Dejarnos ver por su ojo, es una especie de suicido entonces. Porque su hechizo está realizado en la estructura que aparentemente nos sostiene. Entonces lo posible es operar en otros registros; un delirio que se mantenga en la ruptura de esas seguridades de la apariencia. La fragmentación de la identidad, el abandono de la presencia, el tachoneo del discurso, el vaciamiento de la plenitud, son un par de ejemplos de esa observación activa para confrontar aquella realidad convencional, con demasiada realidad.

*César Cortés Vega (Ciudad de México). Escritor y productor visual. Ha publicado novela, ensayo y poesía; y presentado obra plástica en México, España, Dinamarca, Irlanda, Japón y Ecuador. Dirige la revista Cinocéfalo.