La subversión del libro

La subversión del libro.

Por César Cortés Vega

La botarga corre hacia mí; un libro con sonrisa y ojos centelleantes en la portada. Tiene patas, claro, como toda botarga, y avanza con los brazos extendidos —quizá no deba añadir que lleva guantes blancos y cuatro dedos en cada mano. Es el mundo de la lectura; desea abrazarme de nuevo, algún promotor proactivo, una bellísima edición, quizá algún autor iluminado —pienso. Entonces recuerdo a aquel grupo de radicalidad intangible, cuyo único objetivo era derrumbar a todo doctor Simi que agitara sus nalgas sobre la faz de la tierra. Entendí su lucha, su razón de ser, la animadversión justificada que le sustenta. Sin embargo, yo no tengo nada en contra de las botargas, ni mucho menos contra los pobres hombres mal alimentados que queman calorías dentro de una identidad de peluche que no es la suya. Mi problema es con el estado sonriente de las cosas vanas. Quiero decir; la banalidad, es más banal si es que sonríe, y a eso hay que oponerle una recia carcajada de burla, incrédula, sin concesiones. No sólo si se trata de la promoción del libro mediante estas técnicas de amensamiento wltdisneyesco, sino también si es plétora de optimismo documental que alabe superficialmente algo que siempre resultará abaratado por aquella simpleza. Porque ¿habrá que ensalzar los fetiches tan cándidamente, sólo porque lo dicen quienes en nuestra infancia nos convencieron desde la muerte con aquel cuento de la acumulación de conocimiento? Y es que así, nos sentimos obligados sutilmente, pues pareciera que lo que somos ha sido construido en buena medida con las herramientas de aquella autoridad. Entonces los buenos hombres occidentalizados nos sentimos en deuda, y procedemos a resguardarnos bajo el cobijo de la comodidad ilustrada.

Yo mismo me recuerdo cubierto por el sudor matutino del verano, niño todavía, hojeándolos por horas mientras mi vista repasaba los caracteres secuenciales, la marcha obsesiva de la lengua y sus subterfugios. Una línea concatenada de tinta impresa acompasando mi soledad. Luego con ello, la batalla del sentido parecía mejor librada. La combinación de razonamientos daba poder, territorio ganado con las armas con las cuales se consigue abatir al incauto y al ojete, obligarlo a tragarse sus palabras. Aquello que la moral convencional guardaba en los amigos necios, en las novias fascistoides o en la familia conservadora, era fácilmente desbaratado. El imperio de la razón construye sus fortalezas en la inmaterialidad de las ideas, pero con ladrillos bien concretos… Ladrillos. Así les llamaba mi abuela materna mucho antes de enloquecer —una mujer a duras penas letrada, desde una educación hispana de conservadurismo mediano. Y es que ella era la que tenía que sacudirlos cuando mi abuelo no los sacaba en años de sus estantes. Libros inmensos, algunos de los cuales yo heredé; extrañas ediciones adquiridas en la Lagunilla de la década de los años cuarenta. Objetos, pues, familiares en sentido amplio.

Y aquello parecerá un privilegio. Y en efecto lo es en la medida del poder adquirido gracias a ellos. No valdría por eso el intentar tirar la estatua, sino en todo caso, jugar con ella y sobre ella. Pitorrearse bien, sánamente. El berrinche del ciudadano medio es, por supuesto, criticable. Sin embargo algunos de sus herederos somos al menos capaces de devolver los fetiches consagrados a su pasividad, de manera contrahecha. Hemos ocupado mucho tiempo en jugar con ellos, así que difícilmente podremos regresarlos como lo que eran antes. Hemos enloquecido incitados por su motivación, recibido la inoperancia de su convencionalidad. Estamos asqueados de las mentiras que gracias a ellos pasaron por verdades, pero a la vez, tocados por su gracia polivalente. Entonces, si un libro es el reducto de una serie de operaciones vinculadas a ello, ¿cómo darle la vuelta? ¿Cómo, pues, negarlo y gracias a qué?

En la multicitada introducción a Mil Mesetas, Deleuze y Guattari realizan al respecto algunos comentarios muy oportunos:

Un libro no tiene objeto ni sujeto, está hecho de materias diversamente formadas, de fechas y de velocidades muy diferentes. Cuando se atribuye el libro a un sujeto, se está descuidando ese trabajo de las materias, y la exterioridad de sus relaciones. Se está fabricando un buen Dios para movimientos geológicos.

El buen Dios es apariencia en el mapa concebido como territorio. Quizá el pater familias latino que organiza el centro, dispone y categoriza según su posición. La vida en su nombre, es la muerte de aquello que no se organice en torno suyo. El derecho a existir como origen evolutivo de la gran perogrullada que es el genio creador y la amenaza de muerte sobre aquella subjetividad que no se ciña a ello. El vitae necisque potestas; poder sobre la vida y la muerte. Foucault, por su parte, hace una diferencia acerca del poder soberano que ejerce su derecho sobre la vida, tan sólo desde su derecho a administrar la muerte. Distinto a la biopolítica, ejercida desde una gestión sobre el supuesto mejoramiento de la vida, en su administración. Quizá la botarga contemporánea, es entonces esta segunda actualización y ridiculización invisibilizada. Se le acepta, porque las razones para su negación están ocultas. Sin embargo, la figura centralista permanece; libro orgánico en el nombre de aquel que signa un punto de vista. La amenaza se ciñe sobre el sujeto en formación, entonces, sobre su pertenencia y adaptación que es apenas un problema de escala. Una mirada que realiza acercamientos y alejamientos según el orden de subjetividades articuladas en un proceso. No sólo la forma concreta de una apariencia, un deseo de materialización en el mapa. También la cantidad de privilegios en las trampas de la representación.

Entonces, al hablar de los otros libros —como en aquella obra documental del poeta y editor mexicano Raul Renán— es necesario descentrar aquella articulación bibliófila que banaliza y riza el rizo en su posición centralista. Aquello que es otro, establece una distancia de lo uno, del que reniega por estrategia. De nuevo en Rizoma:

En un libro, como en cualquier otra cosa, hay líneas de articulación o de segmentaridad, estratos, territorialidades; pero también líneas de fuga, movimientos de desterritorialización y de desestratificación. Las velocidades comparadas de flujo según esas líneas generan fenómenos de retraso relativo, de viscosidad, o, al contrario, de precipitación y de ruptura.Todo eso, las líneas y las velocidades mesurables, constituye un agenciamiento (agencement). Un libro es precisamente un agenciamiento de ese tipo, y como tal inatribuible. Un libro es una multiplicidad.

¿Cuál libro? No aquel dosificado en la finitud de un espacio, sino en todo caso, uno total. Una biblioteca dentro de un libro, que a su vez se desarticula y reorganiza. Un libro que no es un libro. Irrepresentable desde una imaginería que sustente el sistema de signos para el reconocimiento citadino. Un libro que es la vida y no su sedimentación administrada. Inatribuible, justo porque es indeterminado a la forma. Su subversión, su descentramiento y ruptura. Los segmentos aparecerían ahí por contaminación o contiguidad. Nada hay que entender de ellos, porque cada espacio significa una ramificación nueva.

En el ensayo El libro por venir, Jacques Derrida se sitúa en un espacio en el cual reconoce estos flujos como una constante

[…] lo que hoy sucede, lo que se anuncia como la forma misma del por-venir del libro, todavía como libro, es, por una parte, más allá de la clausura del libro, la disociación, la dislocación, la disyunción, la diseminación sin reunión posible, la dispersión irreversible de ese códice total (no su desaparición sino su marginación o su secundarización, de acuerdo con unas modalidades sobre las que habrá que volver) pero simultáneamente, por otra parte, la constante reinvestidura del proyecto libresco, del libro del mundo o del libro mundial, del libro absoluto, el nuevo espacio de la escritura y de la lectura de la escritura electrónica que viaja a toda velocidad desde un punto del mundo al otro y conecta, más allá de fronteras y derechos, no sólo a los ciudadanos del mundo en la red universal de una universitas potencial, de una enciclopedia móvil y transparente, sino a todo lector como escritor posible o virtual, etc.

Aquella banalidad reprochable pasa también por este entramado de mútiples relaciones. Es tan sólo una de sus ramas. Se toma como todo cuando es tan sólo una parte, mínima. Una ridícula botarga que sin embargo se ha convertido en el centro de nuestras relaciones burocráticas. Espectáculo pesadillezco, monumental, conmemorativo. Como la política democrática de propaganda electoral. Payasos o futbolistas postulándose para cargos públicos, sin otra cosa que ofrecer sino filiaciones fraudulentas, absorbidos por su propia representación. Libros cerrados, moralistas, llenos de sarcasmos pequeños y trampas del lenguaje. Ocultamiento de la vida en la validación del estereotipo. La tergiversación. Una inversión de caricaturización especular.  Y su escala trágica es que, en efecto, como decía Guy Debord, en aquel mundo realmente invertido, lo verdadero sea un momento de lo falso.

 

 

*César Cortés Vega (Ciudad de México). Escritor y productor visual. Ha publicado novela, ensayo y poesía; y presentado obra plástica en México, España, Dinamarca, Irlanda, Japón y Ecuador. Dirige la revista Cinocéfalo.