Enfermario, de Gabriela Torres Olivares

Por Hugo César Moreno Hernández

En la idea de enfermedad sucede el proceso ontológico spinoziano del poder de afectar y ser afectado, en todo caso una alteración, un paso a una forma distinta de la normal, un acceso a lo patológico, lo distinto, no necesariamente dañado, tampoco exactamente la antesala a la muerte. Del latín infirmitas, se supone una alteración de la salud y de ahí una alteración moral es también patológica, una desviación de la normalidad moral. Del hebreo la raíz jal, jet lamed indica los extremos de lo enfermo, tanto lo débil como lo fuerte, lo dulce o lo amargo. Así pues, la afección puede debilitar o fortalecer. En Enfermario de Gabriela Torres Olivares las enfermedades resultan así, una forma de conectar los extremos en el lugar límite de la desviación. En el desvío: el encuentro con la fuerza o la debilidad, pero siempre un desvío, un toqueteo con la otredad y la infección.

Enfermario es un paseo por la geografía humana, pero en una especie de turismo favelero, tocando puntos siempre visibles en la cotidianidad pero no marcados en el mapa de la normalidad y la salud social y moral. Un sí a la oscuridad iluminada por cierta seducción, al lector “le pide que le sobe la nada, que la nada quiere que la soben” adolorida por la ausencia, por la extirpación de un pedazo de alma. Y todos hemos sido testigos de operaciones tan viles, en el metro, en la calle, en un café, donde sea miramos cirujanos mugrosos arrancando pedazos de alma, debilitando o fortaleciendo a la víctima, como pasa con los amores, como pasa cuando el estómago nos repele y quiere salir huyendo a un bote de basura, pues “sintió vergüenza, no pena, sino vergüenza, no compasión, sino vergüenza, pura y vil vergüenza porque la vergüenza es algo que te obliga a desear morir”. Enfermarse de ausencia (¿quién no? Que aviente la primera sonrisa el sanote de espíritu).

Gabriela Torres diagnostica con tino burlón, pero con tono serio, incluso en la benevolencia descubre la normalidad de lo patológico, la cura de la enfermedad, pone su estetoscopio para mirar, con la mano en el sexo, “el sonido de un pene que entra y sale de la vagina virginal de su hija. El sonido no de una violación por parte del que te engendra. Éste es el sonido de un trato. El sonido que evitará que busques en las calles lo que te da tu familia”.

Otro foco de infección brutal: la familia. En Enfermario la familia provoca las afecciones más dementes, los maltratos más amorosos, las filias hermosísimas de la destrucción del sujeto, o su conformación, su fortaleza, su habilitación para existir en este mundo ojete. Así la madre destruida por el hijo “le dice hijita porque hace unos momentos le confesó que le gusta que le diga hijita y no hijo de puta, como solía decirle antes de mencionar que su padre lo había violado y que por eso decidió convertirse en mujer”. Bueno, tanto amor sólo puede tomar sustancia cuando los fluidos, sangre, sudor, semen, se convierten en el cemento de la relación familiar. Así, cuando algún miembro vomita sobre la mesa durante la cena, se comprende. Y la familia es también claustro para cuarentena, para evitar contagio. Cómo no desear entonces “acariciar otro cuerpo y penetrar otra vagina que no lo haya parido”. Gabriela descubre cómo aminorar los estragos de una pandemia convirtiendo a la familia en un centro de implosión mortal, nomás para que no salpiquen las iniquidades. Porque “cuando la otredad no responde al amor, simbiosis no existe” y la familia en su mismidad anula el contacto externo, enfermándose hasta la muerte.

La familia muere y el sujeto queda solitario, indefenso, medio muerto o a un paso del sepulcro, algo tan anormal que cae en lo inefable y “si es imposible traducir la sensación de un premuerto, igual de imposible parece la transcripción del desamor: gritar saudade con la boca llena de canicas. El premuerto anhela vida, el desamado, muerte”. Sin embargo, la muerte no es la cura de un estado enfermo, pues, como dije antes, la enfermedad aquí es, acaso, condición, lecho de vida, “rojiza húmeda cama en agonía”, pero vida al fin, donde los deseos, aún desfasados de lo requerido para ser considerado un cabal ser humano, hacen bullir lo vital encastrado en el ser humano.

En este compendio de cuentos, la mirada de Gabriela Torres recurre al equívoco para acertar en la prescripción, “los ojos blancos blandos que no distinguen entre la vestida y la puta gorda. Que no distinguen entre la semiótica de la necesidad y la del ritual” son perfectos para perforar las costras duras de una realidad que miente cuando se le descubre su padecimiento.

Torres Olivares, Gabriela. Enfermario. México: CONACULTA-Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010.