Los jóvenes en México, de Rossana Reguillo (coordinadora)

Por Hugo César Moreno Hernández.

Los jóvenes en México se instala en la perspectiva de análisis que asume a los jóvenes (según su pluralidad, por ello sería más acertado decir las juventudes) como plataforma de observación desde la cual analizar al resto de la sociedad. Esta es una postura teórica y epistemológica que cada uno de los aportes integrantes del volumen tiene como eje.
Los autores son aquellos que a lo largo de un periodo de más de dos décadas han estudiado el fenómeno de las juventudes desde distintitos ángulos, y estas miradas enfocadas hacen de Los jóvenes en México un mapa capaz de dar cuenta de la diversidad tocando casi todas las simas, quedando un poco a la zaga en lo que respecta a las cimas, como apunta en el epílogo Nestor Garcia Canclini y comprende en su aportación Rossana Reguillo, sobre los jóvenes “integrados”: “los jóvenes se repliegan en lo microsocial o lo íntimo. Una vez más recordemos que no es pertinente generalizar. Tal descripción corresponde a amplios sectores, pero para precisar el alcance de esta visión necesitaríamos estudios sobre los jóvenes de clases altas y medias que quieren integrarse y logran hacerlo” (García Canclini: 437). A pesar de esta carencia, la profusión de miradas, el encuentro con las juventudes mayoritarias (a lo largo del camino va quedando claro que el mapa localiza el mayor número en las simas), producen un documento capaz de mostrarnos un perfil detallado de las juventudes mexicanas.

En Género, clase y etnia. Los modos de ser joven, Maritza Urteaga hilvana su exposición desde tres puntos de partida complejos para pensar “de manera procesual y cualitativa las vidas de los jóvenes como experiencias de participación en la transición del ciclo de la vida, más que como zonas de exclusión” (Urteaga: 17), para ello explora la construcción teórica de los jóvenes a través de la categoría clase social, cómo se fue independizando del poderío conceptual para lograr una elaboración desde lo joven inscrito en un entorno socioeconómico (clase), importante para comprender ciertas dinámicas de asociación (como los chavos banda, por ejemplo), pero enfatizando la capacidad de agentes culturales y autogestión de los jóvenes, enfocándose más en las producciones simbólicas del “modo de estar juntos”, hacia una socialidad más que una socialización puramente vertical. El análisis de Urteaga permite observar cómo se dio, conceptualmente, la relación entre la categoría clase social y la diversidad de enfoques sobre lo juvenil.

El segundo eje, la etnia, se forja como una propuesta de estudio sobre los jóvenes indígenas migrantes, al respecto sostiene que:

Ser “joven”, ser “indio” y ser “migrante” son posiciones de frontera en la medida que los sentidos de los actores sobre estos tres términos están siendo construidos dentro de una zona nueva, pero fuera de las fronteras de los mundos que hasta hace poco parecían fijos e inmutables y los cuales sirven de referentes –aunque no sean los únicos– en la construcción de sus formas de vida (Urteaga: 41).

En la sección sobre el género, Urteaga ubica la construcción institucional del género entre los jóvenes, a través de las prácticas sexuales, productoras de “problemáticas” (embarazos en adolescentes, aborto, salud reproductiva, etcétera), estableciendo la necesidad por orientar estudios sobre las juventudes desde una perspectiva de género que visibilice, sobre todo, a las mujeres, tomando en cuenta que un número importante de estudios tienen a los varones como sujetos de análisis.

Por su parte, José Antonio Pérez Islas, en su aportación Las transformaciones en las edades sociales. Escuela y mercados de trabajo, analiza cómo se construye el peso de las edades, a través de la definición de las clases de edad, noción relacionada con instituciones socializadoras: la escuela y, a partir de la mitad del siglo XX, los mercados de trabajo. Estas instituciones marcan las edades sociales mediante las formas de instrucción para el trabajo y el cambio hacia la institucionalización de las profesiones. Así, la escuela producirá un entorno de encuentro entre pares. “Las clases de edad juvenil están marcadas: la explosión demográfica, la masificación de la enseñanza, la industrialización galopante y la hegemonía de los medios delinearán los contornos de lo que significa ser o no joven” (Pérez Islas: 74). Este proceso, en el momento actual, se juega en torno a las complejidades de precarización de los mercados de trabajo, produciendo tres formas de inscripción que definen la manera en que los jóvenes se relacionan con el resto de la sociedad: sobreexplotación, que les impone la condición de desechables; la competencia, fin de los proyectos de largo alcance, irrupción de los proyectos temporales como manera de inscripción a los mercados laborales, esto es, el fin de la procrastinación; y la resistencia, que coloca el riesgo como elemento de valoración de la fuerza de trabajo, siendo el crimen organizado quien mejor baza obtiene de esto.

En Desafíos de una relación en crisis. Educación y jóvenes mexicanos el disciplinamiento de los jóvenes, devela la tensión entre escuela y juventudes, donde la primera ha perdido capacidad de orientación para las segundas: “La escuela se ha vuelto incapaz de cumplir la misión específica que le asignó la sociedad moderna: abrir a los jóvenes horizontes del presente y del futuro y brindarles la sensación de que pisan, o que pisarán cuando menos algún día, tierra firme” (Suárez Zozaya; 97). Tensión con tintes de crisis que se intensifica ante las nuevas formas de socialización fuera de la escuela (nuevas tecnologías) y los bríos empresariales que delinean los contornos del mandato actual para la escuela como control e instancia de formación para el trabajo, no para la complejidad de la vida, “se está entregando al mercado el instrumento político privilegiado (la educación) que tienen las sociedades y sus estados para proyectar valores e ideales humanos y sociales” (ibíd.: 107), una privatización de la educación que implica orden, control y exclusión para los jóvenes según se integren o no tanto a la educación como al trabajo. Suárez Zozaya concluye que la escuela precisa de transformase en un nuevo lugar de encuentros: tecnologías, comunicaciones, mercados y consumos que logren tejer un entramado de posibilidades para acoger a los jóvenes.

Lourdes Pacheco, por su parte, visita a los jóvenes indígenas desde su condición de jóvenes en Los últimos guardianes. Jóvenes rurales e indígenas. El entorno rural e indígena es un campo de juventudes que se arraiga en la comunidad pero que, en el contexto actual, se ve atenazado por migraciones laborales, escolaridades divergentes, y nuevas construcciones simbólicas (iglesias) y sociales devenidas de los encuentros con el afuera comunitario: “La desestructuración de la comunidad rural da pie a una fractura social y generacional a partir de la cual los jóvenes rurales generan sus propias respuestas de supervivencia, las cuales se encuentran cada vez más cerca de los márgenes de la sociedad, vinculados con espacios de informalidad económica, laboral, social y legal” (Pacheco: 140). Esto ha tenido como efectos identitarios la individualización por el trabajo y la concepción de propiedad, el primordial motor de la modernidad definido por el “tener algo propio”, no común o comunal.
La individualización de los miembros de la familia, significa un paso más hacia fuera de las relaciones comunales, dejando también de lado los lazos familiares que conectan con la comunidad; la diferenciación familiar a través del trabajo, “las familias indígenas son introducidas en la lógica mercantil vía la incorporación al trabajo asalariado” (ibíd.: 145). El trabajo se convierte en dinero y rompe lazos simbólicos comunitarios, convirtiéndose en dispositivo de intercambio y prestigio. La obtención de bienes dinero, introduce a los jóvenes indígenas en marcos de discriminación y generación de vínculos sólo económicos. Esto es producto del encuentro entre el trabajo comunal y la economía mercantil que va produciendo tensiones generacionales y desencuentros que, si bien, no son rupturas explosivas, pues se mantienen los dobles de la relación (trabajo comunal y asalariado, dinero y tequio), como una forma de explotación, pues las formas previas son extraídas por las relaciones laborales que se les enciman.

Tecnologías y subjetividades juveniles, es la aportación de Gabriel Medina, quien observa desde el uso de nuevas tecnologías, el decurso del uso para el disfrute colectivo al goce individual, lo que repercute en la aparición de nuevas formas de socialidad mediadas por dispositivos individualizados , como el celular, donde la comunicación y la construcción de pares generacionales sucede a través de lenguajes exclusivos, casi excluyentes para los adultos, como la grámatica, semántica y ortografía de los mensajes de texto, “dispositivos inscritos en la cotidianidad de la experiencia juvenil, es decir, como dispositivos que generan las condiciones de enunciación y producción de nuevas subjetividades” (Medina: 161). Las nuevas tecnologías son dispositivos culturales, medios de socialización y construcción de sentido, espacios de comunicación y transgresión, como blogs, páginas web, foros, chats, capaces de desplazar la intimidad hacia lo público, asunto observable en los cambios en la práctica de la sexualidad mediada por las nuevas tecnologías y sus dispositivos.

Con Expresiones juveniles en el México contemporáneo. Una historia de las disidencias culturales juveniles Rogelio Marcial hace un recorrido por las diversas identidades juveniles que han marcado, sobre todo, las grandes urbes del país, desde el rock, en términos de su subterraneidad y marginación social y los movimientos que lo hicieron un derecho cultural, para desembocar en el punk y otras identidades juveniles, como aquella afiliada al culto a la muerte de los darks y góticos. Pasando por expresiones cercanas al rock como el ska, el reggae y su capacidad de imponer el poder instituido al usar clandestinamente los espacios públicos y privados, como el cuerpo con sus looks, perforaciones, tatuajes, vestimentas, etcétera, para alejarse más hacia los cholos y el hip-hop. Esta amplitud de las identidades juveniles quizá se resuma entendiendo que los acuerpa: “La defensa de un territorio, de un pedazo de espacio, ante jóvenes similares pertenecientes a otras bandas y frente a estas acciones de la policía es el recurso asequible para que la existencia del grupo cobre sentido y tenga visibilidad. Desde allí, la relación con el resto de la sociedad será siempre defensiva” (Marcial: 213).

En Performatividad. Cuerpos juveniles y violencias sociales, Alfredo Nateras desarrolla una exposición partiendo de la asunción que la exclusión social es característica de las juventudes latinoamericanas y que las instituciones sociales -antes fuertes- viven procesos de debilitamiento, dejando al cuerpo como territorio de resistencia, ostensible en el uso de drogas, legales e ilegales, modificaciones como el branding, las escarificaciones, perforaciones, extensiones quirúrgicas, etcétera.

En esos resquicios, pliegues y despliegues donde se da cabida a lo construido de los cuerpos y a las propias decisiones; en la puesta en escena de las adscripciones identitarias juveniles (su performatividad) con sus accesorios y emblemas culturales anclados a sus cuerpos, es donde se activan, en las escuelas, conflictos y tensiones en las relaciones cotidianas entre los maestros, las autoridades educativas y los alumnos, particularmente por los tatuajes y las perforaciones corporales que traen inscritos en sus pieles y carnes (Nateras: 250)

María Martha Collingnon Goribar y Zeyda Rodríguez colaboran con el capítulo Afectividad y sexualidad entre los jóvenes. Tres escenarios para la experiencia íntima en el siglo XX, desde el que observan los estilos de amor en tres regímenes históricos: la continuación de una herencia, referido a la primera mitad del siglo XX, donde está presente una sexualidad moralizada, restringida por normas institucionales; un segundo régimen, donde los jóvenes se visibilizan en el marco de la revolución sexual, obteniendo mayor libertad y el sentido de la vida de las mujeres comenzó a ir más allá de tener un marido y ser madres, gracias a las políticas de control de la natalidad y la cientifización de la sexualidad; el tercer régimen es identificado a partir de los ochenta y se vincula con las afectaciones estructurales padecidas por los jóvenes, lo que las autoras llaman desempoderamiento juvenil: “Los jóvenes pasaron de ser los actores protagonistas de la sociedad moderna, a ser sujetos de segunda clase, pre-ciudadanos” (Collingnon y Rodríguez: 295), además de la aparición del VIH-sida, lo que implicó un retrotraimiento moral, y el funcionamiento de las tecnologías inscritas en la vida privada. Las autoras concluyen que “Es posible que los cambios en el terreno de las prácticas afectivas y sexuales entre los jóvenes se encamina tímidamente hacia un nuevo modelo se vida amorosa al que algunos autores han denominado posromántico” (ibíd.: 304).

José Manuel Valenzuela presenta Juventudes demediadas. Desigualdad, violencia y criminalización de los jóvenes en México. En el marco de los escenarios del miedo analiza el reforzamiento de mentalidades criminalizantes que han motivado la transformación de identidades juveniles, adscripciones, pertenencias y estructuraciones sociales en que miles de jóvenes se desenvolvían. Por ejemplo, si “las pandillas expresaban entramados densos conformados por amistades tejidas desde la infancia, en que se articulaban biografías construidas a partir de similares condiciones objetivas de vida” (Valenzuela: 328), las maras (pandillas transnacionales), barrios transfronterizos o transnacionales, ante el recrudecimiento de la marginación y la criminalización tienden hacia una mayor violencia y visibilidad mediática que, a su vez, en circularidad viciosa, amplifican el foco de criminalización.

Violencias y jóvenes. Enclaves de la masculinidad de Juan Carlos Ramírez Rodríguez, observa la relación entre violencia y masculinidad, revisando las agregaciones, pandillas, bandas, porros, paramilitares y los números de homicidios con relación al crimen organizado y las muertes violentas a través de una ardua revisión estadística, para entender cómo la violencia se constituye en factor importante de las construcciones identitarias, “es claro que para muchos jóvenes las violencias son actos performativos que les permiten construir identidad” (Ramírez Rodríguez: 390). Desde ahí analiza la manera que la masculinidad, la competencia y la adscripción permiten a la violencia proyectar trayectorias de muchos jóvenes:

No basta con ser aceptado: se trata de determinar la posición del individuo en relación con los oponentes, que son los integrantes del propio grupo de pares, antes que cualesquiera otros. La competencia es un elemento sutil, inadvertido pero presente. En ocasiones reconocido, las más de las veces es negado. Es la tensión constante entre el yo, el nosotros y los otros. Es un juego entre la subjetividad del sujeto y la intersubjetividad vivida con el grupo, con quien el individuo construye su identidad (Ramírez Rodríguez: 385).

Los jóvenes en México cierra con la aportación de Rossana Reguillo, mediante el capítulo la condición juvenil en el México contemporáneo. Biografías, incertidumbres y lugares. Ahí identifica dos juventudes, una mayoritaria, precarizada y desconectada y otra conectada e incorporada. En primera instancia observa a quienes denomina descapitalizados, desde las orientaciones teóricas de Pierre Bourdieu, según la devaluación de sus capitales cognitivo-escolar, social y político. En ese sentido, explica: “Me permito plantear que son tres las instancias clave que están hoy operando como espacio para la ‘reinscripción’ o ‘reapropiación’ del yo juvenil: 1) las estructuras del crimen organizado o narcotráfico; 2) la diversidad de ofertas y ofertadores de sentido, y 3) el mercado a través de sus ofertas de identidad”.
Esas tres instancias se concretizan en la paralegalidad, un orden paralelo de códigos, normas y rituales; la teología de la prosperidad, ostensible en pertenencias, creencias, prácticas y cultos, libros de autoayuda; y producciones de sentido mercantilizadas, horizontalizando las relaciones y las posibilidades de producri sentido en un mundo cada vez más ineficaz para brindárselos: “Hoy más que nunca, el grupo de pares opera como ámbito de seguridad, como cinturón de protección tanto frente a la adversidad como frente a la ausencia de sentido” (Reguillo: 414).
A partir de estas falencias del sistema de sociedad, el mercado y sus dobles, el consumo, la estética y la piratería se consolidan como dispositivos para producir presencia, tanto simbólica, como física e, incluso, ética.

Reguillo, Rossana. Los jóvenes en México. México: Fondo de Cultura Económica-CONACULTA, 2010.