Entre cuatro esquinas, de Aldo Rosales

Por Hugo César Moreno Hernández.

Colocarse en un lugar visitado con anterioridad, pero con otras herramientas, con otra vocación -más allá del cuerpo- tiene la capacidad de herir con el recuerdo, con la añoranza, con el desprecio al futuro, con el anhelo. Ponerse entre las cuatro esquinas, arroparse con el encordado y desnudar el bulto físico para recibir el aluvión de miradas y llaves al cuello, a las lágrimas, al corazón, armado con historias sobre el devenir de los huesos, puede ser penoso… quizá también gozoso, no lo sé. Quien lo sabe bien es Aldo Rosales, practicante de los dos quehaceres que producen Entre cuatro esquinas. Como narrador, muestra que sabe caer, recibir el cuerpo adversario, rodar la lona, estirar las cuerdas, contrallaves a ras de lona. No sé si sepa volar, no lo imagino de acróbata, lo imagino más a la vieja escuela, aplicando llaves, echando maromas.

Dije que sabe caer. Lo sabe bien. Cada historia de que conforma este volumen cae con su peso equilibrado, con la aplicación correcta de fuerza, para provocar dolor, no lesiones, para levantar al público conocedor al momento de aplicar una llave ya en desuso. Rosale ama la lucha libre de buena manufactura, no esa donde las palabras someten a las evoluciones estéticas del pancracio. Por ello los cuentos reunidos tejen un amor con palabras, exactas, insertas en el cuerpo. Por ello, cada cuento, todo el libro, tiene un tono sepia melancólico que reproduce el devenir del cuerpo y nos deja saber que “la lluvia formaba una miopía inorgánica difícil de vencer” imponiendo a las imágenes la deformación que viene con el llanto, a pesar de que “las únicas lágrimas que le son permitidas a un luchador es cuando sufre la derrota, cuando ve caer su máscara, no más”. Entre cuatro esquinas es un compendio de derrotas. No habla sobre el triunfo, aunque se le halle entre líneas, como recuerdo.

Compendio de derrotas aplicadas con dureza al cuerpo, entendiendo que este cuerpo derrotado por el tiempo es ya un cuerpo ganador de dolor y estilo, de máscara y nombre, del prestigio de los luchadores, de aquellos que no se tuercen al primer descontón. El cuerpo de cada alma enmascarada esta forjado a fuego, “eso es el estilo, algo que se aprende bien y jamás se olvida, nunca, ni aunque te maten o te retiren se olvida. Eso es el estilo”, los músculos cansados por la repetición virtuosa, el aprendizaje corporal que disuelve la escisión subjetiva entre cuerpo y psique, entre cuerpo y alma, entre razón y deseo. La dupla es inseparable, como los milagros, “los milagros siempre llegan de dos en dos. En pares, el dos es un número que parece detestar a la soledad”, las desgracias, en su réplica ominosa del goce, también vienen de dos en dos: la máscara retirada que descubre el rostro y elimina el nombre ganado a duelos de tres caídas sin límite de tiempo.

Las historias de Entre cuatro esquinas se lanzan al rostro lector sin dejarse ver el miedo, y en un giro espectacular, filtran el terror a la vida, al final de la función. Sin aparentar miedo, pero sangrando y manchando las venas, alcanzando esos tonos pardos, casi sepia, de la sangre exhalada por las fibras del esparadrapo protector. “Porque cuando a uno se le sube el miedo en el ring, ya no hay mucho que hacer, y basta que el otro se dé cuenta para que uno esté perdido”. Estas líneas podrían definir la obra de Aldo Rosales, es así porque ilustran el temor interior sobre la lona que se transmite sin intermediarios al lector, el miedo a morir y matar, el miedo a la derrota, al error dramático. El miedo a perder el cuerpo gota a gota, a sudor, lágrimas y sangre: “Y de su cuerpo se le escapaban dos cosas a la vez: la sangre por las rodillas y el orgullo por los ojos”. Historias sobre y del cuerpo, de dolores identificables, de especificidad corporal. Quizá Entre cuatro esquinas podría titularse también ‘Sangre en las rodillas’. Me gusta esa opción, porque las rodillas aparecen constantemente y sólo alguien consciente de sus rodillas, del dolor, del trabajo hecho con ellas en las caídas, los lances, las llaves, la recepción del cuerpo adversario, entendería la importancia central de esa parte del cuerpo entre las cuatro esquinas.

El cuerpo y el alma amancebados tras la máscara, tras ese artilugio emblema del vencedor, derrotado por la fuerza de la estirpe. Los árboles genealógicos son otra coordenada de la corporalidad construida por Aldo Rosales y el drama de la desviación es doloroso. El cuento Desviaciones trama este dolor, la mujer evadida, el hijo encumbrado en el deporte sin estética. Cuando la mujer se va se lleva mucho, “y también se había llevado los motivos para no beber tan seguido”, lo mejor o lo peor, continuidad trágica sobre los kilómetros de lona.

El sepia no sólo lo otorga la sangre seca, quizá llega con más bríos en el cuerpo ajada y la memoria atascada en la victoria, el cuerpo presente en el dolor y la traición de los años. El cuerpo se va quedando solo, visitado por dolores y remordimientos: “Sus rodillas nunca despertaron de aquella operación. Sólo él despertó, o mejor dicho, lo que quedaba de él”, porque las rodillas son el centro y la fuerza, su pérdida la antesala de la soledad mosntruosa, esa que se opaca a medias con los fantasmas gritando sobre el sonido de una radio vieja: “Siempre dejaba la radio encendida, para que cuando volviera, las voces, aunque sin vida, ya hubiesen inundado el cuarto, nunca soportó el silencio, menos el que dura tanto” y duele más después de estar acostumbrado al griterío, los abucheos y el aplauso.

Entre cuatro esquinas sabe a sangre, tonos sepia y máscaras encumbradas, dinastías extintas y soledad. Estos sabores hacen de su lectura intromisión al gimnasio, al ring, a la lucha cotidiana.

Rosales, Velázquez Aldo. Entre cuatro esquinas. México, Tierra Adentro-CONACULTA. 2013.