Rocanrol suicida, de Rogelio Flores

Por Hugo César Moreno Hernández.

Melancolía, Rogelio se puso pedo y casi me atropella conduciendo con tristeza interior su Rocanrol suicida. Cantaba con gritos horripilantes un descascarado remedo de Bowie o Bogüi Estardus. Frenó a tiempo, pero no evitó ponerme varios madrazos. Quedé en el pavimento y este cuerpo que hoy cargo se levantó a velocidad murmullo y tuvo tiempo para reconocer el sabor de las lágrimas. Pero me levanté, “nos miramos a los ojos y le sonreí, él correspondió y noté un extraño parecido entre ambos”. Entonces descendió de la nube en que andaba y propuso seguir por ahí, algún barecillo de quinta, no por lo barato, sino porque ahí, seguramente, no encontraríamos mujeres hermosas y nuestras almas hallarían un gramo de solaz y porque “escuchar cómo llora un puto cuando le estás partiendo la madre, te revuelve el estómago”, sobre todo si el jotolón ése está al otro lado del espejo. Acepté, no para pasar un rato divertido, a esta edad los eventos alegres son artificiales, cagantes, peste, algo inasible, “la alegría de los chicos no parece real, de hecho creo que los hombres siempre estamos tristes” y en la tristeza nos subimos para cagarnos el mundo, aplastándonos por y en nuestra molicie. Ya con la primera chela en mano, brindé y le comenté que estaba de acuerdo con él, que de repente me da esa mierdilla interior, que tenía razón o, al menos, a mí me lo parecía a fuerza de padecer la sensación de realidad aquella de que “con la llegada de los treinta años se experimenta una aversión hacia los más jóvenes; un tipo de envidia que aparece en tu estómago cuando un veinteañero fanfarrón acompaña a una mujer hermosa, simpática y muy por encima de él”. Sí, dan ganas de rociarles gasolina y encenderles fuego y disfrutar cómo se cocinan entre efluvios de pasión, puaj.

En ese momento me encontré con la sonrisa de la mujer más linda que había visto en mi vida, cosa que me pasa muy seguido cuando estoy borracho” y nos miramos y debatimos sobre quién podía ser tan triste como para arrancarle una mirada al afiche publicitario de Ana Claudia Talancón con la botella de agua azuzándonos a ser buenos niños con el planeta. Nos cagamos de la risa, porque un hombre ya no sonríe, sólo suelta carcajadas acres con aire de malevolencia y melancolía, porque “todo el que sonríe en el mundo, es un idiota, un retrasado mental”. Agüevo. Entonces la sonrisa nos empantanó en el siempre difícil tema de las mujeres. Coincidimos en lo complicado de hallar algo más, en que ahora las mujeres, bellas o feas, resultan lejanas y que es complicado hallar, por lo menos, “sexo violento y triste”, ese sexo vacío, animal, sin placer. Puro acto bestial.

Melancolía. Antes Rogelio salía, caminaba y miraba el entorno. Ahora se ha ensimismado en sus ahogos. Sentí cómo caía hacia sus adentros con cada palabra, como le creía cuando decía que “todos somos hijos de una timidez criminal y vulgar, herederos de nada” y miraba mis pequeñas manos desnudas, sin nada. Pedí otra cubeta. Una mesera gorda, avejentada, pero de nuestra edad, las llevó. Al mirarla supe: hemos heredado nada y la malgastamos como si fuéramos amos de la totalidad. Comenzaba a deprimirme y miré el reloj, alcanzaba el metro sin broncas. Era domingo y al otro día tenía clase mañanera. Esta es la última, mi Roger, porque mañana hay jale y “si hay algo peor que trabajar crudo, es improvisar una clase ante un grupo de chicos indiferentes”. No respondió, me miró con conmiseración. Sí, es cierto. La última…, la última cubeta.

Nostalgia. Los relatos de Rogelio huyeron al pasado y cada chela era una pieza de un rompecabezas incompleto. La clave estaba en la coincidencia, en el atropello, en esa sensación constante de tristeza. Fui a orinar y me miré al espejo, me reflejó “un pinche treintón, deprimiéndose en otro baño, no mames”. Reprimí el llanto sin sentido, regresé a la mesa metálica con el viejo logotipo de Carta Blanca y remití mis pensamientos a mi propia nostalgia, a mis músicas infantiles, mis conciertos adolescentes y la perenne convicción de ser demasiado viejo para seguir en este trote mezclada con la certeza de que aún me quedan dos gramos de fuerza, pero no demasiada. Terminamos la cubeta, ambos ofrecimos invitar, nos fuimos pagando cada quien una. Me despedí ahogando un suspiro, esperando encontrarlo pronto. Caminé mirando al piso, buscando mi oscuridad privada, con una media borrachera caladora en la cabeza, convencido de que, de todos modos, al otro día sufriría una cruda dolorosa y no podría preparar clase.

Nostalgia, melancolía. Hay momentos en que no debes encontrarte con amigos para recordar el pasado y herirte. Pero sobre todo, es mejor no convertir a los nuevos en viejos amigos, como si hubieras compartido una década de andanzas. A Rogelio apenas lo conozco, pero los golpes que dejó su Rocanrol suicida, me endilgaron una cruditas de esas que queman. Desperté “enterrado vivo, amortajado por una cruda moral y física. Así despierto casi todos los días”, qué más da. Sin embargo, ya me voy cansando, pues “no es agradable ser un treintón con el corazón roto.”

Flores, Rogelio. Rocanrol suicida. México: 2011.