Entrevista a Luis Bugarini, autor de la trilogía novelística Europa

Por Nahum Torres.

“Todos deberían desear para sí una edad avanzada”.
Schopenhauer.

La mirada sobre la decadencia y la fragilidad de la voluntad humana presente en las novelas breves Estación Varsovia, Perros de París y Memoria de Franz Müller, que componen la trilogía “Europa”, así como la uniformidad y solidez lógica de los breves ensayos que integran Hermenáutica -todas ellas obras nutridas por una curiosidad intelectual eurocentrista- ponen de relieve una prosa intimista y un sello reflexivo que ya son rasgos característicos en los textos de Luis Bugarini (Ciudad de México, 1978).

Hermenáutica (Editorial Abismos, 2014) abre con “cuarenta disparos críticos” y continúa con una serie de apuntes en los que intercala anotaciones a diversas lecturas especulativas con fragmentos de diario personal, lo que permite compenetrarse con estos (re)descubrimientos escriturales -denominados por el autor como “utópicos”, “distópicos”, “atípicos” o “entrópicos”.

Por su parte, la trilogía novelística se sitúa en ciertos “escenarios magnéticos“, ciudades europeas “con una perspectiva ruinosa en consonancia con la fatalidad“, esa “fuerza que no se puede dominar y que siempre termina por doblegar el destino de todos los protagonistas“, un tanto en asociación con la manera en como todos vivimos, dice Bugarini: “como si estuviesemos dentro de una mesa de billar, en una carambola de golpes laterales, sin saber la lógica, simplemente sobreviviendo“.

Frases de Bernhard, Proust, Camus, Walser son el epígrafe de esta trilogía, ¿qué otros autores, piensas, podrían alimentarla?
La historia se escribió hace muchos años y podría decir que es una novela esencialmente existencialista. La escribí no sé, a los 18 o 19 años. Me recuerdo escribiéndola y creo que todas mis lecturas eran europeas. De alguna manera, cuando estaba muy chavo, tenía la mala percepción de que aún no estábamos en un punto de madurez desde la literatura latinoamericana -no me recuerdo leyendo a García Márquez durante la juventud, por ejemplo, me parece muy desbordante, demasiado colorido. Me gusta una narrativa muy austera, desadjetivada e incluso corta, en el sentido de que no está abordando tramas e intratramas sólo para darle vida a la narrativa. Desde un aspecto formativo pienso en (Constantino) Cavafis, Adonis (Ali Ahmad Said), T.S. Eliot… su poesía me estuvo acompañando en el estante -lo que siempre termina impactando un proyecto escritural. Por como he tenido que vivir, los libros de poesía me ha acompañado porque no me puedo comprometer con libros muy largos. Vivo a salto de mata entre esto y lo otro.

Pitol también está citado aquí y en tus ensayos de Hermenáutica a casi todos ellos, salvo Proust, los has catalogado de escritores “atípicos” y, por tanto, enigmáticos. ¿Te interesa remarcar cierta tradición atípica al punto de inscribirte en ella?
Sí, totalmente. Me parece que uno de los atributos principales de la literatura es buscar una taxonomía de atipicidad. Finalmente, en la estructuración masificada del mercado siempre se tiende a la homologación y, por el contrario, digamos que siempre he tratado de ser fiel a lo que se me ocurre, no obstante, me han dicho que está trozado de un sentir generacional -(la trilogía) existe un poco al margen porque son libros que se lanzaron en una editorial prácticamente inexistente y que se han ido pasando de mano en mano, entonces quien los ha leído ha sido por una cuestión meramente accidental.
Por otra parte, mi trayectoria de lector, de descubridor del hecho literario, fue totalmente atípica: provengo de una familia de profesionistas liberales sin mayor aprecio por la cultura. Recuerdo que mi papá siempre asoció la bohemia a un modo autodestructivo de sobrevivencia, cuando en realidad el arte puede ser un modo de liberarse o de reinventarse constantemente. A los once años leí al Marqués de Sade y fue como un gran golpe. Obviamente pasados los años se va decantando un modelo de escritura y del hecho literario, pero recuerdo haber pensado que si eso era la literatura a mí me interesaba porque la literatura estaba lejos de ser un modelo monumental sino que puede ser un ejercicio libérrimo del ingenio. Ahora lo leo (al Marqués) como un escritor panfletario que quizá sería un asesino serial o líder de un partido político -eso sí es verdaderamente maquiavélico- pero creo que no sería un modelo a seguir; sin embargo, alguien que escribió con sangre y mierda desde una prisión es ejemplar en términos morales porque su dedicación y vocación al oficio están fuera de toda duda.

———————————————————————————————

Despliegue autobiográfico-escritural: “Disfruto hallar una línea que me refleje, pasados los años” (Hermenéutica, p.51) en contraposición con la reflexión: “Leí algunas frases de nuevo. Pudo haberlas escrito otra persona. La letra era mía, pero desconocía lo que decían.” (Estación Varsovia, p.54)

——————————————————————————————–

Escrita a la manera de un diario de viaje, no exenta de una poética existencialista, la nouvelle que abre esta trilogía (Estación Varsovia, Sediento Ediciones, 2013) podría pensarse más como una temporada climática que un lugar en sí mismo, “una estación ventosa y amarga llena de soledad y desazón. Una temporada en el purgatorio del amor” -a decir del escritor y periodista Daniel Rodríguez Barrón. La primera entrega narrativa de Bugarini es alimentada por la melancolía y el desencanto, no en vano, abre con una cita a Thomas Bernhard sobre la falta de esperanza.

Bernhard sostenía que los hombres somos despreciables, por lo que sólo mantenía relación con mujeres. En Estación Varsovia podría decirse que el eje es un momento en la vida de un hombre con cierta problemática en su relación con las mujeres (ex esposa, universitaria, colega, abuela/madre, prostituta)… Y si se mira de manera global, en las tres novelas los personajes femeninos son pasajeros, cumplen una mera satisfacción sexual.
Esencialmente sí. Creo que es una trilogía masculina y no había tenido en perspectiva esta lectura instrumental de la mujer. Me han dicho que el protagonista de Estación Varsovia es como (el señor ‘Meursault’ de) El extranjero, que no logra ningún contacto trascendente: está aislado en Varsovia por el lenguaje y su entorno está problematizado por seres del sexo femenino -o por la ausencia de- pero, al final de todo, el coito no lo es. Como decía Salvador Elizondo: sólo es una descarga y un llenado pero no atiende a necesidades más profundas. Creo que más que con lo sexual tiene que ver con que lograr nexos entre las personas sigue siendo tan complicado como al inicio del género humano. Pienso en La llama doble, de Octavio Paz -debajo de la llama azul, la del erotismo, está la llama roja, la amorosa, que es la que nutre el fuego- y esta incapacidad de acceder en el otro que puede darse desde la amistad verdadera como en el amor más candoroso -tal y como lo es durante los años de la adolescencia, cuando se vive un amor continuado sin una proyección a futuro y la vejez es una quimera que jamás nos va a alcanzar.
He llegado a pensar que esta incapacidad tiene que ver con la vida actual. La vida moderna nos está orillando a una velocidad insospechada aun para el movimiento del Futurismo (italiano, ruso). La incomunicación es el gran debate de nuestro tiempo, porque no obstante de que estamos interconectados es más difícil sostener una conversación de gran aliento o que aborde temas fundamentales. Estamos inmersos en el culto de los listados de lo que sí y lo que no debes hacer con tu pareja cuando, en realidad, nos hace falta descubrir lo que hay en el otro. La paradoja de nuestra sobrevivencia se basa en obtener el mejor equipo de intercomunicación para estar con los otros y de manera paradójica, no estar con ellos.
Regresando al tema: como narrador estoy empezando a visualizar los alcances del hecho narrado. La salida fácil es hablar desde el ‘yo’ y tal vez llegar como Sándor Márai a escribir novelas desde una voz femenina, pero bueno… eso está por verse. (En Memoria de Franz Müller) también hay una mujer, que padre e hijo comparten, y bueno, desde el punto de vista instrumental también es un cuerpo en el cual aterrizar. Tal vez aquí me arriesgo un poco pero creo que la mujer cumple la función de cobijo. Los hombres somos seres menos adaptados para el vaivén de las circunstancias.

Memoria de Franz Müller nos presenta una drama genealógico que puede recordar a los Machado o a los Panero…
El protagonista se plantea construir una pluma con la que pueda hacer los caracteres más bellos, un objeto inalcanzable que, al final de cuentas, sigue siendo el ‘Captain Ahab’ y ‘Moby Dick’; esa piedra filosofal fue lo que motivó esta novela pero, lentamente, mientras la fui escribiendo, las relaciones filiales se fueron insertando, estas fricciones de cómo los padres nos forman y a su vez nosotros tratamos de crear sobre eso. Hay una frase de Jean Paul Sartre: “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros“. La descubrí tarde pero me hubiera gustado que ese epígrafe hubiese estado en la novela porque, efectivamente, en términos aspiracionales, podemos actuar sobre ciertos límites de lo que podemos emprender. Cualquier hijo está llamado a intentar sobrepasar el legado del padre o a radicalizar el fracaso -una forma invertida del éxito- porque si te destruyes antes y mejor o con mayor espectacularidad, terminas destronando al padre. Y hay que adaptarse a esa línea de secuencias porque, eventualmente, nos tocará a nosotros ocupar ese sitial y ser señalados y despreciados por la siguiente generación.

Poco se ha mencionado las reflexiones entrelíneas sobre el acto de la creación que a manera de metarrelato pernoctan en las tres novelas, eje también en Hermenáutica
Me interesa mucho el tema de la creación porque estamos en un país de tercermundo -perdón por la gastada expresión, pero es verdad- en el que si alguien se propone ejercitar una actividad artística debe enfrentarse contra todo: el descrédito de los demás, la burla familiar, la falta de apoyo. Sigue vigente la idea de que toda creación es producto de un mago en un laboratorio especial, con el dedo de dios, cuando en realidad cualquier persona tiene derecho a escribir, y al escribir equivocarse; de publicar sus libros y ofrecerlos como parte de un flujo de manufactura de objetos verbales. La intención sería destronar la sacralización del crítico, del narrador, del poeta y también burlarse de ello y de los premios que se obtenga pues son irrelevantes.
En este tema consigue su objetivo el más testarudo, porque es muy fácil pensar que la solución es tirar lo que uno hace en vez de volver a ello con nuevos ojos. Al escribir Estación Varsovia muchas veces llegué a pensar en abandonarla. De hecho era una novela más larga, pero una meditación interior de este tipo no puede prolongarse porque termina en un vértigo que se vuelve impráctico -los libros largos, considero, son un abuso para el lector. Pensemos en David Foster Wallace o Thomas Pynchon… son objetos imprácticos. Me interesa mucho lo que hace Cesar Aira con novelas muy cortas, muy al punto, en las que parece que no pasa nada. Relatos que quizá parezcan más un cuento largo pero por la densidad y los brazos que sugieren son novelas. Creo que sobre esa línea se debería explorar mucho más.

La trilogía incluye imágenes fotográficas, un recurso que alimenta y a la vez transgrede el lenguaje escrito…
Son imágenes que intentan no ser festivas. Es este ojo que camina y de repente parpadea, a la manera de Roland Barthes. Son como instantáneas robadas. No hay una intención per se de establecer un discurso lateral desde el lenguaje fotográfico como perspectiva artística sino de alguien que lo utiliza para efectos de la memoria. Recortes de la nostalgia que de ser irrelevantes pasan a ser un objeto atesorable. Estaba dudoso en incluirlas o no pero ya cuando vi el armado descubrí que reverberaban en el juego del objeto narrado. Creo que ahí está tejido ese juego y ahí mismo termina -no obstante que estoy escribiendo sobre temas de fotografía para otro libro.

—————————————————————————————————-

La trilogía Europa y el libro misceláneo Hermenáutica se abocan al viaje y, además, es el viaje (literario) una motivación en sí, lo que provoca entonces una curiosidad extra literaria: ¿el lugar desde el cual escribe Luis Bugarini será reflejo de ese caos personal que caracteriza a sus personajes?


—————————————————————————————————-

Esta trilogía y Hermenéutica son, digamos, tus obras “primogénitas”… ¿cuáles son tus nuevas búsquedas?
Siempre estoy trabajando en algo. De hecho vienen más libros que ya se están trabajando. La crítica literaria me toma más tiempo porque los juicios de valor se tienen sopesar mucho más, es una búsqueda de adjetivos dentro de un pozo porque uno siempre está preguntándose cómo será leído, mientras que la narrativa es más libre y esencialmente es irreprochable, y si gusta o no eso ya es otro asunto. Un libro como Hermenáutica está muy pensando en su selección de autores porque, creo yo, fija un estamento de la sensibilidad de mi historia personal como lector, como participe de la vida cultural. Son notas que aparecieron en los periódicos -que se completaron o recortaron o se actualizaron. No veo en la crítica una fuente secundaria o residual sino una lectura autónoma en la que la imaginación funciona para establecer conexiones; pero no descarto otros registros: viene un libro de poesía, otro de cuentos (Cuaderno de Hanoi)… en mi cabeza ya están sucediendo otras cosas que bien podríamos estar viendo (publicadas) en otros cuatro o cinco años.
Tengo la teoría de que no le hablamos a los contemporáneos, desconfiamos de nosotros y la comunicación es difícil, tienen que pasar muchos años. Esperaría que, eventualmente, alguien descubra estas novelas: los lectores que vienen ya no tendrán prejuicios generacionales ni toda esa política propia de la vida literaria que pone filtros a las lecturas…