Cucurto: lo anómalo y el Continente Cartonero

Por Jonás “Eveready” Domínguez.

Decir que Washington Cucurto responde a las mitologías e imaginarios propios de la literatura es casi un lugar común. Cierto es que el pseudónimo de Santiago Vega (Quilmes, 1973) se convirtió en genio y figura dentro del panorama actual de la literatura sudamericana al proponer una poética que podríamos llamar de carácter testimonial -todo lo que el autor siente, ve y vive a través de su personaje, ‘Cucurto’- el cual funciona al aproximar al lector a relatos apasionadamente vívidos (con una fuerte influencia del cómic, de allí su amplia convocatoria), en los que encontramos retazos autorreferenciales, anécdotas de vendedores ambulantes, ligues en bailes cumbiamberos en las orillas de Buenos Aires, sátira a las tensiones sociales y cierto énfasis en visibilizar los efectos de la globalización entre los migrantes de Perú y Paraguay, principalmente, y del Caribe (Dominicana).

A lo largo de tres lustros, Santiago Vega ha publicado, como Cucurto, más de media docena de poemarios: (La máquina de hacer paraguayitos (2000), ¡Oh, tú dominicana del demonio! (2002), los sampleos de 20 pungas contra un pasajero (2003), Hatuchay (México, 2005), Como un paraguayo ebrio y celoso de su hermana (2005), Upepeté. Noticias del Paraguay, El tractor (2009), (2009), Poeta en Nueva York (2010), El Hombre polar regresa a Stuttgart (2010). Cuenta además con varias publicaciones de narrativa: Las aventuras del Señor Maíz (2005), Hasta quitarle Panamá a los yankis (2005) y Mi ticki cumbiantera (2007), entre otras, así como ocho novelas -entre las que resaltan sus relatos de (des)amor o “lujuria sentimental” así como La culpa es de Francia (2012), jocoso policial.

Sus libros aparecen, mayoritariamente, en editoriales alternativas como Mansalva, Vox, Interzona, Eloísa Cartonera, y se publican también de manera dispersa por Sudamérica (Estruendomudo, Cuarto Propio, Yerba Mala Cartonera, etcétera), conformado así diferentes conjuntos narrativos; sin embargo, pese a la dificultad de rastrear su obra, tanto en la prensa como en la academia ya se han hecho profusas lecturas de la obra cucurtiana -traducida al francés, inglés, alemán y portugués-, sobre todo, de las aventuras que ‘Cucurto’ relata en sus “cumbielasNoches vacías (que retoma el título de una canción de Gilda) y Panambí (2003) o en las novelas Cosa de negros (2003), El curandero del amor (2004), o El amor es mucho más que una novela de 500 páginas (2008).

Pese a los variados textos literarios en los que se difumina la poesía con el relato, siempre en tono antisolemne y nutridos por un lenguaje coloquial/marginal, hay quienes proclaman su pronto congelamiento, su clausura (Guido Gallardo dixit), apelando -en un tono similar a los prejuicios que producen los best seller- al oxidamiento de una de las voces más dinámicas y festivas de la región, como si esta obra hubiese sido leída en todo el mundo y sobre todo, como si Cucurto hubiese perdido ese bello don de la rescritura.

Literatura periférica que, en correspondencia, burla toda inclusión en el espectro de la “literatura culta”, incluso cuando retoma de ésta motivos o aspectos siempre velados o encubiertos tras la máscara marginal -digamos el uso primario de las siglas W.C.- sumando una estética que es proclive a resaltar lo “anómalo” en el español sudamericano. Justo como dice Sergio Ramírez: “en lo anómalo está la creatividad“, creatividad cucurtiana que lo asemeja a una tradición literaria prosaica, sardónica incluso de la propia tradición literaria. Pensemos en Copi, Laiseca, Arlt, Zelarayán…

“Evolución Cucurtiana”. Tomada de la página web de Interzona Editora.
Evolución Cucurtiana

Un continente cartonero

Imposible dejar de lado las ediciones cartoneras cuando se piensa en Cucurto, cofundador de Eloísa Cartonera, iniciativa editorial en forma de cooperativa que ha sido replicada en más de una docena de países. Reducto de una pequeña editorial llamada Eloísa Latinoamericana, surgió a fines de 2002 en La Boca, Buenos Aires, tras la gran crisis económica que inauguró el siglo XXI. Es de sobra conocido que el nombre de ‘Eloísa’ proviene de una chica boliviana de la cual estaba enamorado el diseñador Javier Barilaro, cofundador también de este sello cuyo leit motiv cumple a cabalidad aquel ideal de José Martí por editar “libros baratos y útiles“.

Para la creación de la primera editorial cartonera de Latinoamérica se optó por comprar cartón de desecho y usarlo para producir los forros de una publicación artesanal hecha a partir de fotocopias. Imposible saber que esa iniciativa que hoy cuenta con el Premio Principal Príncipe Claus de Holanda, tendría una viralidad por todo el mundo, o que sería objeto de documentales, tesis doctorales y mesas de discusión. “Pasa que es muy barato hacerlo“, dice, como si no hubiera gran ciencia. Y sin embargo, las ediciones cartoneras surgen en el momento en que la industria editorial, como casi todas las industrias de entretenimiento, comenzó su colapso.
De esta manera, las editoriales cartoneras suponen una crítica de facto a la industria editorial. Su apuesta es crear un vínculo con el lector de manera directa, que mantenga aspectos “movilizadores” (social, económico y estético), por así decirlo.

Cucurto afirma que su labor de editor se ciñe más a un juego. Este divertimento personal se publicita como el “catálogo más puntiagudo de Suramérica” e incluye fragmentos de obra de Aira, Piglia, Lamborghini, Pauls, Casas, Zelarayán, Fowgill, o del propio Cucurto, así como de otros autores locales, desconocidos en el medio literario internacional: “Siempre me pareció buena idea editar libros de autores que admiraba mucho”. Enlista: Gonzalo Millián, Gerardo Deniz, Oscar Hahn…”, autores a quienes nunca encontraba ni en la calle Corrientes, ni en las famosas librerías de los barrios de Buenos Aires.